La trompeta con sordina
llora entre tanquetas
de policía,
papeleras en llamas,
piedras, pintura,
cargas de antidisturbios.
Corro delante de un tío
con chaleco antibalas,
a él le pagan,
a mí también
pero mi salario es cicatriz,
solo quiero un mundo mejor.
Una mujer me pregunta
por una tienda de Vodafone,
¿y yo qué sé?
empezamos a correr otra vez.
Antisistema profesionales,
prosistema alimentados con vísceras,
baile de revueltas inútiles:
teatro de cadáveres,
sarpullidos de comatoso,
la trompeta acabó el réquiem.
He vuelto.
Mostrando entradas con la etiqueta fracasados. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fracasados. Mostrar todas las entradas
miércoles, febrero 09, 2011
viernes, junio 11, 2010
condiós
halitosis a necrosis
de un muerto por sobredosis,
un momento de esperpento
en sus ecos de lamento
mordisquea cuando arquea
su axila maniquea
tan valiente que de frente
es un eco muy corriente
cuantas vidas perdidas
por escuchar sus paridas
ni político raquítico
ni texto del levítico
aún no sé cómo empecé
a creer su paripé
tal vez su memez
me habría dejado pez
menos mal que al carcamal
le puse un buen final
¡adiós! ¡ve con Dios!
y como dicen aquí: ¡toca el dos!
de un muerto por sobredosis,
un momento de esperpento
en sus ecos de lamento
mordisquea cuando arquea
su axila maniquea
tan valiente que de frente
es un eco muy corriente
cuantas vidas perdidas
por escuchar sus paridas
ni político raquítico
ni texto del levítico
aún no sé cómo empecé
a creer su paripé
tal vez su memez
me habría dejado pez
menos mal que al carcamal
le puse un buen final
¡adiós! ¡ve con Dios!
y como dicen aquí: ¡toca el dos!
lunes, febrero 15, 2010
Fondo de maquillaje
Blanca nunca fue una persona muy ordenada, sin embargo sí mantenía una escrupulosa y metódica organización en lo referente a los productos de higiene personal, en el maquillaje. Era algo casi automático, un proceso que empezaba y acababa y donde el cerebro siempre quedaba relegado a un agradecido letargo después del duro trabajo que supone madrugar y ducharse. Los miró, puestos a la derecha del grifo según la prioridad de uso y después se miró al espejo, igual que siempre. Se fijó en sus ojos verdes. Le encantaban. Era lo único que le gustaba de su cuerpo minusvalorado. Se fijó en sus labios que le parecían demasiado finos, y en sus orejas, o en su pelo lacio, no del todo perfecto.
Tenía las facciones cansadas, tristes. Más tristes de lo normal. Llevó su atención hacia los productos, tomando la esponjilla, haciéndola rozar sobre el fondo (esa mañana había pensado en aplicarse algo sencillo, poco llamativo; no estaba con ánimos) y llevándola hacia el punto de su mejilla donde siempre aplicaba la primera caricia cromática.
Se detuvo.
La esponjilla estaba a un centímetro de su piel, pero la imagen devuelta por el espejo no era ella. Técnicamente sí, pero con unos cuantos años menos, no le costó reconocerse. Se quedó paralizada, lo único que se desplazaba era una lágrima que, triunfal, paseaba mejilla abajo. Era la niña que llevaba dentro, la que empezó la situación en la que se encontraba, y su mirada le pedía una explicación.
Pestañeó, pero nada cambió. La mirada de ella niña se volvió más dura.
-¿Por qué ha pasado todo ésto? ¿Por qué lo has permitido?
Blanca sentía sus lágrimas resbalándose más y más rápido, hacían lo mismo por su ella niña. Eran las mismas. No podía hablar. La esponjilla cayó desde sus dedos, su mano descendió lentamente. Las respuestas se anudaron en su garganta. Dolía. Como su cabeza, su pecho, su estómago.
-¿Por qué? -repitió ella niña.
Se sentía a punto de desmoronarse. Débil, herida de muerte. Pestañeó.
El rostro, con el pestañeo, perdió vida, piel, carne. Se convirtió en una faz putrefacta, llena de pústulas, sangre, y hueso en algunas partes. Las cuencas de los ojos vacía.
-¿Por qué me has matado?
Un puño agredió la puerta desde fuera.
-¿Quieres salir de una puta vez del baño? Maldita seas.
Se giró, asustada. El pestillo la protegía. Cada una de las sílabas y los golpes en la puerta la atravesaron como si su cuerpo fuera de mantequilla. Hacía tiempo que sus palabras tan solo le causaban sufrimiento, eso y sexo egoísta (ya no podía recordar la última vez que llegó a un orgasmo con él, si es que lo había hecho alguna vez) era lo único que recibía a cambio de su devoción. Cuando volvió al espejo comprobó que su rostro volvió a ser el mismo de siempre, el de la devota de un Dios Caído, un Diablo disfrazado con las ropas que ella le puso. Su cara estaba cubierta de lágrimas, desnuda. Vacía de vida desde hacía años. Por eso era para ella tan importante maquillarse, era no pensar en el asco que se daba a ella misma.
-!Joder! -dijo la desagradable voz masculina.
-¿Era esto lo que querías, Blanca? -masculló, luchando por no volver a sus tres años, por no morir por un abrazo que le dijera que todo estaba bien. Que todo se arreglaría.
Porque sabía que nada se arreglaría ya, se veía sin fuerzas.
Ya estaba muerta.
Tenía las facciones cansadas, tristes. Más tristes de lo normal. Llevó su atención hacia los productos, tomando la esponjilla, haciéndola rozar sobre el fondo (esa mañana había pensado en aplicarse algo sencillo, poco llamativo; no estaba con ánimos) y llevándola hacia el punto de su mejilla donde siempre aplicaba la primera caricia cromática.
Se detuvo.
La esponjilla estaba a un centímetro de su piel, pero la imagen devuelta por el espejo no era ella. Técnicamente sí, pero con unos cuantos años menos, no le costó reconocerse. Se quedó paralizada, lo único que se desplazaba era una lágrima que, triunfal, paseaba mejilla abajo. Era la niña que llevaba dentro, la que empezó la situación en la que se encontraba, y su mirada le pedía una explicación.
Pestañeó, pero nada cambió. La mirada de ella niña se volvió más dura.
-¿Por qué ha pasado todo ésto? ¿Por qué lo has permitido?
Blanca sentía sus lágrimas resbalándose más y más rápido, hacían lo mismo por su ella niña. Eran las mismas. No podía hablar. La esponjilla cayó desde sus dedos, su mano descendió lentamente. Las respuestas se anudaron en su garganta. Dolía. Como su cabeza, su pecho, su estómago.
-¿Por qué? -repitió ella niña.
Se sentía a punto de desmoronarse. Débil, herida de muerte. Pestañeó.
El rostro, con el pestañeo, perdió vida, piel, carne. Se convirtió en una faz putrefacta, llena de pústulas, sangre, y hueso en algunas partes. Las cuencas de los ojos vacía.
-¿Por qué me has matado?
Un puño agredió la puerta desde fuera.
-¿Quieres salir de una puta vez del baño? Maldita seas.
Se giró, asustada. El pestillo la protegía. Cada una de las sílabas y los golpes en la puerta la atravesaron como si su cuerpo fuera de mantequilla. Hacía tiempo que sus palabras tan solo le causaban sufrimiento, eso y sexo egoísta (ya no podía recordar la última vez que llegó a un orgasmo con él, si es que lo había hecho alguna vez) era lo único que recibía a cambio de su devoción. Cuando volvió al espejo comprobó que su rostro volvió a ser el mismo de siempre, el de la devota de un Dios Caído, un Diablo disfrazado con las ropas que ella le puso. Su cara estaba cubierta de lágrimas, desnuda. Vacía de vida desde hacía años. Por eso era para ella tan importante maquillarse, era no pensar en el asco que se daba a ella misma.
-!Joder! -dijo la desagradable voz masculina.
-¿Era esto lo que querías, Blanca? -masculló, luchando por no volver a sus tres años, por no morir por un abrazo que le dijera que todo estaba bien. Que todo se arreglaría.
Porque sabía que nada se arreglaría ya, se veía sin fuerzas.
Ya estaba muerta.
sábado, noviembre 29, 2008
Piromanía

Nunca había querido contarme su historia,
ni hablar de cómo había llegado
hasta ese punto de
descontrol en el que se encontraba.
Lo único que me había revelado
de su anárquica historia
lo contaba a través del graznido del vaso
al chocar contra la mesa,
pidiendo más alcohol.
Cuando lo escuché cinco veces
en menos de un minuto
empecé a comprender:
algo iba mal en su vida.
Su vidriosa mirada se abrió
de par en par.
Una capilla encontré
entre el cristalino y la retina,
con un lienzo al fondo, compuesto
a base de parches de papel moneda
y tiempo gastado en construir
algo que (no sé por qué
se extraña tanto) siempre
ha acabado por derrumbarse.
En vez de cúpula una gran vidriera
dejaba pasar una luz extraña:
sus colores, entre pastel y lúgubre,
hablaban de un modelo, un
arquetipo,
un objetivo irrealizable.
Bajo semejante faro
nada podía brillar con luz propia,
acelerando su fin.
Pude ver en medio un hombrecillo
con su aspecto,
con bidones de una gasolina
con aromas etílicos a su alrededor
y tres cerillas en la mano derecha.
Su torva sonrisa proyectaba
una irrefrenable piromanía;
quién sabe: hoy, mañana...
acabará en el buche
de alguno de los buitres
de tirada nacional.
sábado, junio 07, 2008
En el muelle

-Guapo, ¿buscas compañía?
He de reconocer que aquella puta era muy hermosa. Su largo cabello rubio caía ondulado sobre la espalda; su cuerpo, exhuberante, apenas era retenido por una minifalda negra y un top rojo, ambos de material plástico. Sus largas piernas estaban cubiertas por una malla, y bajo sus pies unos zapatos cuyo exagerado tacón obligaba a su musculatura inferior a estar en constante tensión. Me maravilló su forma de moverse, de agitar el bolso a juego, tanto en color como material, con la falda. Sus ojos, fieles imitaciones de la luna, brillaban como las estrellas de aquella noche oscura.
Por desgracia no había arrastrado mi cansado cuerpo hasta la zona portuaria atraído por la generosa oferta sexual. De una fuerte calada sentencié el cigarrillo que se consumió apoyado en mis labios. Tiré la colilla y la pisé. Aquel gesto, desde siempre, había actuado como un catalizador en mi cerebro: había llegado el momento. Inicié la marcha buscando mi objetivo. Ya lo tenía controlado de anteriores noches. Pensé que era el encargo más sencillo que jamás había recibido.
Me cuesta olvidar aquella luna menguante reflejada sobre el océano y las estrellas que caprichosamente salpicaban el firmamento nocturno, algunos pesqueros anclados en el otro lado del puerto y el perfil de la ciudad como fondo. A la derecha, escondido en los soportales de la lonja estaba él. Dormía. Extraje de la cartuchera mi más que fiable Colt 1911 y le coloqué el silenciador.
Contemplé su aspecto detenidamente. Hacía poco que había superado la cuarentena aunque aparentaba tener mil años. Su barba hirsuta convertía su perfilada barbilla en una selva de alfileres. Su ropa hablaba de antiguas batallas vencidas, de una gloria que le abandonó cuando las cosas empezaron a ponerse feas.
-Don Manuel -dije, con la intención de despertarlo.
-Ya era hora que viniera alguien a por mí -me sorprendió su gesto relajado-. Lo esperaba. ¿Cómo te llamas?
-Eso no importa.
-Me vas a matar, dime tu nombre y te contaré mi historia.
Aquello me interesó, así que me inventé un nombre falso y dejé que me hablara. A pesar del fuerte olor a alcohol aprecié que estaba completamente sobrio.
-Una vez, y no hace mucho tiempo, yo y los que éramos como yo lo tuvimos todo. Todo, ¿entiendes, Javier? -pues así le dije que me llamaba- Cada vez que alguien necesitaba ayuda para cumplir los sueños nos consultaba, cada vez que alguien necesitaba un apoyo para hacer felices a los suyos nos llamaba. Nosotros hicimos todo lo que puedes ver. Fíjate, al otro lado de la bahía, esos impresionantes edificios, esos antiguos barrios donde antes sólo había putas y yonquis, ahora todo eso son zonas residenciales de alto standing, ¿gracias a quién? A Nosotros. Y ahora observa, no soy más que un mendigo esperando que el arcángel vengador me llene de plomo y me lance al mar.
Su historia no me conmovió. Levanté el arma, apuntándole directamente a la testa. Tuve la impresión de que mi sencillo gesto desmoronó toda su máscara de orgullo y honor; empezó a lloriquear como un niño.
-¿No sientes lástima por este pobre viejo que ya no puede hacerle nada a nadie? -suplicó- Aquí no soy nadie, ¡esto es peor que la muerte! Si hubiera sido más valiente me habría suicidado, pero ni siquiera me atrevo a hacerlo. ¡Déjame aquí! ¡Te lo ruego!
-Levántese -ordené.
Intentó ponerse en pie pero sus piernas le fallaron. Al retirar la manta que le cubría me golpeó la peste a orina y excremento que desprendía su cuerpo consumido. Se había hecho sus necesidades encima. Me acerqué y puse mi cañón a un metro de él. El olor era insoportable. Ni en los peores barrios había encontrado algo así; éste no sólo provenía de las heces, sino de lo más profundo de su pútrida alma de ladrón y estafador.
-Vamos, dese la vuelta.
-¿Qué haces? -me contestó con voz histérica- ¿No me vas a matar?
-Le aconsejo que no grite, será peor. Ponga las manos tras la espalda.
Me mareé ligeramente. Le puse las esposas y de un empujón le obligué a caminar hacia mi vehículo. Lo noté más agradecido que confundido por haberle salvado la vida.
-¿A dónde me llevas? ¿Quién te ha encargado encontrarme?
-No se lo diré, aunque seguro que se lo imagina.
-No... a ellos no. Por favor, no lo haga. ¿A los acreedores? ¿O a los que dejé tirados en la calle y con enormes deudas? ¿A todos ellos juntos?
Sonreí, aunque él, que caminaba frente a mí, no me pudo ver. Había acertado a la segunda. Tenían muchísima sed de sangre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)