Señor,
Permíteme estar cansado, cansado de recibir golpe tras golpe, cansado de la mala suerte y los errores propios y ajenos. Permíteme dudar de ti, de tu reino, de tus palabras vacías y de tus esperanzas vanas de cuellos doblados y servidumbre ad-eternum.
Permíteme dudar de ti como dudo de mí y de mi capacidad, permíteme no dudar de tu duda e incapacidad para proveer los dones y la justicia y la bondad y el amor que dices que provees y que no existe más que en la retórica de las serpientes arremolinadas a tu sombra esperando medrar a mi costa.
Permíteme estar tumbado en la cama de espinas que son cada una de las costillas rotas por tus coces inesperadas y velos de acero británico. Languidezco en tu círculo vicioso, vicioso, vicioso. Enfermo, enfermo. No me sonríes, permíteme que no te sonría ni te dé la patita a cambio de un premio en forma de alcohol, mujer desquiciada o miserable trabajo donde me apago sin contemplaciones mentira a mentira.
Permíteme odiarte, como me odio, como me odias.
Permíteme mirar mal a quien me agreda, seguirle y quemar su casa tras violar a su esposa e hijas. Nadie me ha enseñado qué es la piedad, la supe desde que nací, sin embargo tus acciones me han echo olvidarla. Si valgo cuatro veces lo que gano, permíteme devolver cuatro veces el dolor que sufro con tus caprichos y tus historias de las que no quise ser protagonista.
Permíteme ver la muerte cara a cara, sin romanticismos, sin maquillajes ni falsos trucos de feria. Los muertos, los vivos, los que se mueven y los que están bajo tierra. Los que se aferran a mí, los que beben mi aliento, los que medran, los que cuelgan. Mirarlos por lo que son: esqueletos cubiertos por carne putrefacta y harapos, incapaces de dar un paso sin mi fuerza. Permíteme verte a ti entre ellos, también alimentándote de mí, porque vives de mi recuerdo y pensamiento.
Permíteme ocupar tu trono en la creación. Si yo, herido y cansado, soy tu máxima y mejor obra, entonces no mereces el cargo. Deja el paso a tu hijo pródigo. Al menos soy sincero.
Atentamente,
V.
He vuelto.
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miércoles, enero 11, 2012
viernes, enero 06, 2012
El sicario
Cuando aquel sicario incrustó el cañón de su cuarenta y cinco en mi cráneo a través de la oquedad que la naturaleza, sabiamente, decidió llenar con un globo ocular y un párpado, no pude evitar reír. Era un tío enorme, de tamaño sobrehumano y deforme como si lo hubiera dibujado un capricho interdimensional Lovecraftiano ebrio de creatividad. Me preguntó de qué cojones me reía, me llamó quillo, y me hundió más su arma hasta lograr que me cayera de espaldas. Recuperar la sensación de existencia de mi ojo, no de un infinito quejío ocular, fue agradable, no lo niego, saber que iba a morir con ese gustito me hizo recuperar mi anterior sonrisa, a partir del semblante de susto que se me había puesto cuando casi vi mi cabeza partida contra alguna piedra, o peor aún, un estúpido esguince que me hiciera cagarme de dolor en mis últimos minutos de vida.
Le pregunté por qué quería descerrajarme un tiro. Me dijo que por él no era, que estaba trabajando. Que si fuera por su gusto como si me dedicaba a chupar pollas en la parte baja de la rambla. Con ese cacharro, le repliqué señalando con la mirada la cuarenta y cinco, es muy fácil, que es más divertido matarse uno mismo tecla a tecla. Tras llamarme hijo puta con su acento ilocalizable bajó un poco su semiautomática. El Sol, a sus espaldas, no me dejaba verle bien la cara, enmarcada por unas gafas de aviador y un pelo muy corto. Las lentes de espejo me miraron con una gravedad inquisitorial. Una vez fui como tú, también curré de picateclas, otro programador más, pero es una puta mierda y después de cargarme a mi jefe no me quedó más remedio que largarme de mi país y venirme aquí a liquidar a gilipollas como tú.
¿Cuál es mi pecado, padre? Le pregunté.
Me contestó diciéndome que mi pecado consistió en creer que la única diferencia entre mi jefe y yo era que ambos podíamos convivir en la misma oficina. Le pregunté si fue él quien le contrató y asintió. Quién cojones más iba a querer tu muerte. Volví a sonreír.
El Sol fue bajando lentamente, a medida que postergaba segundo a segundo mi postrer aliento. Yo a ti te conozco, le dije. Su cara empezaba a sonarme.
Tengo una cara muy común, me respondió, y no es raro que me confundan. Muchas veces han llegado a decir de mí que soy como un doble de mi cliente.Así es más fácil mi trabajo. Por eso no te diste cuenta que te estaba siguiendo, por eso no te diste cuenta que te he estado acompañando durante toda tu vida esperando este momento, me comentó. Básicamente, siguió, soy quien tú quieras que sea, a tus ojos, quillo.
Le escuchaba, era agradable tener una compañía tan interesante en mi ejecución-funeral-entierro-canonización. Y a medida que la luz lloraba por entre sus orejas, por entre las patillas de las gafas de aviador, lo vi: normal que me sonara. Era yo mismo. Era mi jefe. Era mi amante. Era todas las personas por las que pasé, unas a tientas, otras como el mismísimo Satán. Estallé en una carcajada. Dije adiós con un guiño. Disparó y mi cabeza se convirtió en un puzzle.
Caí al suelo hecho cadáver, inerte y seco, sin poder parar de reír. Le pregunté si de verdad pensaba acabar conmigo así, destruyendo mi cabeza.
¿Aun no lo has entendido? Replicó. Lo vi ajustar su traje negro y pasar a ser yo. Me giré, ya convertido en el sicario, y vi mi propio cadáver, en mi mano noté el metálico tacto del cuarenta y cinco, tan pesado como el propio centro del universo, satisfecho por un trabajo bien hecho. Pasé mirando un tiempo indeterminado el cuerpo, los sesos, los restos del cráneo entre las malas hierbas y el suspiro final de un Sol que también moría.
Cuando se hizo de noche puse la pistola entre el pantalón y mi lumbar. Después saqué un bloc de notas de mi americana, un bolígrafo y taché mi nombre de una lista de mis nombres infinita. Miré mi siguiente nombre, sonreí.
-Otro disfraz hecho añicos. A por otro más.
Le pregunté por qué quería descerrajarme un tiro. Me dijo que por él no era, que estaba trabajando. Que si fuera por su gusto como si me dedicaba a chupar pollas en la parte baja de la rambla. Con ese cacharro, le repliqué señalando con la mirada la cuarenta y cinco, es muy fácil, que es más divertido matarse uno mismo tecla a tecla. Tras llamarme hijo puta con su acento ilocalizable bajó un poco su semiautomática. El Sol, a sus espaldas, no me dejaba verle bien la cara, enmarcada por unas gafas de aviador y un pelo muy corto. Las lentes de espejo me miraron con una gravedad inquisitorial. Una vez fui como tú, también curré de picateclas, otro programador más, pero es una puta mierda y después de cargarme a mi jefe no me quedó más remedio que largarme de mi país y venirme aquí a liquidar a gilipollas como tú.
¿Cuál es mi pecado, padre? Le pregunté.
Me contestó diciéndome que mi pecado consistió en creer que la única diferencia entre mi jefe y yo era que ambos podíamos convivir en la misma oficina. Le pregunté si fue él quien le contrató y asintió. Quién cojones más iba a querer tu muerte. Volví a sonreír.
El Sol fue bajando lentamente, a medida que postergaba segundo a segundo mi postrer aliento. Yo a ti te conozco, le dije. Su cara empezaba a sonarme.
Tengo una cara muy común, me respondió, y no es raro que me confundan. Muchas veces han llegado a decir de mí que soy como un doble de mi cliente.Así es más fácil mi trabajo. Por eso no te diste cuenta que te estaba siguiendo, por eso no te diste cuenta que te he estado acompañando durante toda tu vida esperando este momento, me comentó. Básicamente, siguió, soy quien tú quieras que sea, a tus ojos, quillo.
Le escuchaba, era agradable tener una compañía tan interesante en mi ejecución-funeral-entierro-canonización. Y a medida que la luz lloraba por entre sus orejas, por entre las patillas de las gafas de aviador, lo vi: normal que me sonara. Era yo mismo. Era mi jefe. Era mi amante. Era todas las personas por las que pasé, unas a tientas, otras como el mismísimo Satán. Estallé en una carcajada. Dije adiós con un guiño. Disparó y mi cabeza se convirtió en un puzzle.
Caí al suelo hecho cadáver, inerte y seco, sin poder parar de reír. Le pregunté si de verdad pensaba acabar conmigo así, destruyendo mi cabeza.
¿Aun no lo has entendido? Replicó. Lo vi ajustar su traje negro y pasar a ser yo. Me giré, ya convertido en el sicario, y vi mi propio cadáver, en mi mano noté el metálico tacto del cuarenta y cinco, tan pesado como el propio centro del universo, satisfecho por un trabajo bien hecho. Pasé mirando un tiempo indeterminado el cuerpo, los sesos, los restos del cráneo entre las malas hierbas y el suspiro final de un Sol que también moría.
Cuando se hizo de noche puse la pistola entre el pantalón y mi lumbar. Después saqué un bloc de notas de mi americana, un bolígrafo y taché mi nombre de una lista de mis nombres infinita. Miré mi siguiente nombre, sonreí.
-Otro disfraz hecho añicos. A por otro más.
miércoles, septiembre 29, 2010
Señor Pong
Malpario Rocaforte mira la pared. Ve cómo las hormigas suben, en fila, bordenado una vieja grieta que es anterior a los insectos, a él, y -piensa- seguramente a antes de la misma existencia de la capacidad de recordar la propia existencia. Pero eso le da igual, sabe que si quisiera podría coger el bidón de gasolina que tiene al lado y empaparlas, y prenderles fuego y verlas corretear hasta que caigan chamuscadas. Porque está por encima, es un ser superior, más evolucionado. Incluso los suyos han podido enlatar restos de las hormigas del período carbonífero en un envase también creado por ese mismo material, un sistema para la compraventa del mismo y manos para poder sujetarlo, verterlo y anticipar la muerte de ese grupo de criaturas salvajes.
Decide hacerlo, con tan mala suerte que se salpica los pantalones sin darse cuenta. Enciende una cerilla, una chispa hace su juego y hace que sus partes empiecen a arder. Se caga en Dios. Las hormigas continúan caminando, ignorantes de que han salvado sus existencias. Pierde los testículos y decide hacerse homosexual. Para ello llama al doctor: no para la operación quirúrgica, sino para que le d por culo. No le gusta. Decide volver a hacerse heterosexual: se pone pelotas de goma dentro del escroto. Pelotas que el médico le dice que le permitirán volver a sentir placer y atracción con una mujer. Lo que no le dice es que ese placer es el de las pelotas y que él se ha convertido en un simple vehículo para llevarlo hasta ahí. Es un huésped con una polla que usa para satisfacer la goma, pero no lo sabe: hasta usa preservativos cuando sus espermatozoides ya de por sí son completamente inocuos para los óvulos.
El tiempo pasa, y va perdiendo su voluntad: sus pelotas se enamoran de otras pelotas y deciden tomar el control total. La derecha sube hasta el cerebro a través de la columna vertebral y toma el control de los sentidos situados en la cabeza. La otra se encarga del sexo.
-La última vez que vieron a Malpario Rocaforte fue entrando al registro civil para cambiarse de nombre -dice un hombre con cara de pelota de goma-. Nadie supo más de él, aunque los rumores dicen que está perdido, muy dentro de la personalidad del señor Pong.
El señor Pong sonríe sarcásticamente.
Decide hacerlo, con tan mala suerte que se salpica los pantalones sin darse cuenta. Enciende una cerilla, una chispa hace su juego y hace que sus partes empiecen a arder. Se caga en Dios. Las hormigas continúan caminando, ignorantes de que han salvado sus existencias. Pierde los testículos y decide hacerse homosexual. Para ello llama al doctor: no para la operación quirúrgica, sino para que le d por culo. No le gusta. Decide volver a hacerse heterosexual: se pone pelotas de goma dentro del escroto. Pelotas que el médico le dice que le permitirán volver a sentir placer y atracción con una mujer. Lo que no le dice es que ese placer es el de las pelotas y que él se ha convertido en un simple vehículo para llevarlo hasta ahí. Es un huésped con una polla que usa para satisfacer la goma, pero no lo sabe: hasta usa preservativos cuando sus espermatozoides ya de por sí son completamente inocuos para los óvulos.
El tiempo pasa, y va perdiendo su voluntad: sus pelotas se enamoran de otras pelotas y deciden tomar el control total. La derecha sube hasta el cerebro a través de la columna vertebral y toma el control de los sentidos situados en la cabeza. La otra se encarga del sexo.
-La última vez que vieron a Malpario Rocaforte fue entrando al registro civil para cambiarse de nombre -dice un hombre con cara de pelota de goma-. Nadie supo más de él, aunque los rumores dicen que está perdido, muy dentro de la personalidad del señor Pong.
El señor Pong sonríe sarcásticamente.
martes, septiembre 21, 2010
alacranes
Corren alacranes por debajo de mi piel. Los músculos están tensos, esperando algo que no llega: una descarga, una voz, un disparo que me atraviese y me rompa en dos mitades que a su vez empiecen a deshacerse al contacto de sus entrañas con el aire, para fundirme, hundirme en el aire, desaparecer.
Y renacer como una bola de fuego que empieza a arder a mi voluntad, porque yo soy eso mismo, igual que tú, igual que la mierda que se arrastra y adopta forma humana, se pone traje y se presenta a las elecciones, gana, gobierna y se reproduce mediante imantación: junta más como él, les da su cara de mierda, les pone el uniforme del partido y le nombra sucesor a dedo.
Yo también me reproduzco por imantación.
Pero para ello debo abandonar mi cuerpo físico, ser atravesado por una bala de burocracia y de silencio, mientras tú te quedas ahí, viendo humear tu arma. Porque tú eres burocrática: a base de plazos, formularios, facturas. A eso se reduce la civilización occidental. No hay más.
Los pájaros corren por el suelo, han olvidado volar. Eso ha quedado reservado a los insectos, pero para ello necesitan usar la piel humana como pista de aterrizaje. Por eso les han gravado el derecho a cutis con un impuesto del veinte por ciento. Encima se quejan, recuerdo el caso de un enorme mosquito que, debido a su sobrepeso, cuentan algunos que llegó a los cien kilos de carne de nematócero de primera calidad; necesitaba la espalda de una puta arqueando la espalda mientras es penetrada para poder despegar, y debido a que la prostitución es algo ilegal éste, además de pagar el impuesto, debía abonar una multa. No se quejaba por la multa, puesto que se alimentaba de cuerpos desnudos, le venía de perlas el sexo humano para encontrar víctimas distraídas y agotadas, sino por los impuestos que pagaba. Creo que ahora es ministro de finanzas del nuevo estado. Pero eso no tiene importancia.
Y no lo tiene porque tú estás en la misma situación que yo. Porque también vas a explotar. Porque te consumes, lo veo en tus ojos. Lo veo en tus músculos tensos.
Y todo esto para probar una conexión a internet.
Y renacer como una bola de fuego que empieza a arder a mi voluntad, porque yo soy eso mismo, igual que tú, igual que la mierda que se arrastra y adopta forma humana, se pone traje y se presenta a las elecciones, gana, gobierna y se reproduce mediante imantación: junta más como él, les da su cara de mierda, les pone el uniforme del partido y le nombra sucesor a dedo.
Yo también me reproduzco por imantación.
Pero para ello debo abandonar mi cuerpo físico, ser atravesado por una bala de burocracia y de silencio, mientras tú te quedas ahí, viendo humear tu arma. Porque tú eres burocrática: a base de plazos, formularios, facturas. A eso se reduce la civilización occidental. No hay más.
Los pájaros corren por el suelo, han olvidado volar. Eso ha quedado reservado a los insectos, pero para ello necesitan usar la piel humana como pista de aterrizaje. Por eso les han gravado el derecho a cutis con un impuesto del veinte por ciento. Encima se quejan, recuerdo el caso de un enorme mosquito que, debido a su sobrepeso, cuentan algunos que llegó a los cien kilos de carne de nematócero de primera calidad; necesitaba la espalda de una puta arqueando la espalda mientras es penetrada para poder despegar, y debido a que la prostitución es algo ilegal éste, además de pagar el impuesto, debía abonar una multa. No se quejaba por la multa, puesto que se alimentaba de cuerpos desnudos, le venía de perlas el sexo humano para encontrar víctimas distraídas y agotadas, sino por los impuestos que pagaba. Creo que ahora es ministro de finanzas del nuevo estado. Pero eso no tiene importancia.
Y no lo tiene porque tú estás en la misma situación que yo. Porque también vas a explotar. Porque te consumes, lo veo en tus ojos. Lo veo en tus músculos tensos.
Y todo esto para probar una conexión a internet.
lunes, junio 14, 2010
Paraguas
Estoy sentado en una de las sillas reservadas a ancianos, tullidos o embarazadas del tren subterráneo de Barcelona sosteniendo un paraguas víctima de la lluvia que azota el mundo exterior unos cuantos metros más arriba. Hoy ha sido un día de perros, he hecho más de cien minutos extra, remunerados con nada. Estoy estresado. Cansado. Y lucho por mantener los ojos abiertos en el vagón semidesértico.
Semidesértico si no fuera por la niña que está sentada ante mí. No más de trece años, mallas atigradas color café - negro y una camiseta que no sé por qué me ha hecho acordarme de Kurt Cobain si éste hubiera llevado camisetas negras estampadas. Hasta hace dos paradas estaba con una amiga, rubia. Ella es morena, y lleva gafas. Muy pequeña para mí, demasiado incluso para adoptar por un instante la personalidad de Humbert Humbert y desearla. Eso sí, le agradezco a su voz chillona de adolescente no haberme dormido una vez pasada la estación de Sagrada Familia.
Hace dos paradas se bajó su amiga, más guapa, sin gafas ni curvas, era un palo. Más pija.
Hace dos paradas se quedó la niña sola. A su derecha, más allá del asiento dejado por su partenaire hay un hombre de menos de treinta años, moreno y muy delgado. Es un tipo extraño: no deja de mirar a la niña. Viste elegantemente, y sus zapatos estarían en perfecto estado si no fuera por la lluvia. Me da mala espina. Mi instinto no se fía de él.
Mi instinto no es mu ágil, sin embargo lo tengo en cuenta cuando me dice algo. Y lo que me dice no me gusta.
Pronto el varón me da otra razón para desconfiar. Le dice algo a la niña. Intenta ser simpático. Es delgado, y su rostro es desasosegante. No por rasgos extraños. No por rasgos afilados. No por cicatrices. Justo como un depredador disfrazado para no asustar a la presa.
La niña le ríe la gracia, y me mira durante menos de un segundo. Está claro: no soy el único con esa sensación. El hombre vuelve a hablar, y veo su mandíbula deslizándose bajo la piel. El metro empieza a frenar y la niña se levanta, siendo respondida con un hasta luego. La sigo con la mirada y su ausencia de formas me vuelve a dar la razón: unos trece años. Miro al hombre, miro su mirada. La sigue. Para mala suerte de la niña apenas hay gente en el metro. Gracias a que éste gira puedo observar cómo se para en la penúltima pureta del último vagón.
A todo esto estoy con la cabeza medio ladeada, los ojos entrecerrados, y no porque tuviera sueño. Observo, preocupado por la niña.
Observo cómo el hombre se levanta. Es altísimo, por lo menos metro noventa. Lo vi acercándose a la puerta. Me levanto poco después. No me mira. Bajamos. Le sigo a la distancia.
Lo que pensaba. Sigue a la niña.
Salimos del metro. No llueve. Primero ella, a la distancia él. Yo más alejado. Llevo el paraguas en la mano derecha. Pienso que me peude ser útil.
Es una zona poco iluminada y aún menos transitada. Me acerco al hombre. Él se acerca a la niña. Acelera. Acelero. Se queda a pocos metros. La niña camina tranquila, no parece que se haya dado cuenta. En cambio yo sí.
Cuando queda nada decido pasar a la acción. Doy un par de zancadas más largas para alcanzarlo, y pregunto con suficiente voz como para que la niña pueda oírme -la calle está desierta- si me puede decir la hora. Se gira, visiblemente cabreado. Con un leve gesto cambio mi centro de atención a la chiquilla. Parece que por fin se ha dado cuenta de la situación y desaparece por una de las calles. El hombre hace un leve gesto para decirme que me vaya a la mierda, apreta instintivamente los puños.
Me dice que son las ocho y media, intenta girarse. Le vuelvo a preguntar si sabe dónde está la calle Verdi. Yo sé dónde está: cerca. Es una calle importante. Veo odio en sus ojos. Me indica mal. Sé que es a posta. Me hago el turista y pido más referencias. Cuando aprieta los labios decido dejarlo estar. La niña ya se habrá alejado lo suficiente.
Le doy las gracias y me marcho.
Vuelvo al metro, pensando en que mañana será un día muy largo. Intento no dormirme.
Semidesértico si no fuera por la niña que está sentada ante mí. No más de trece años, mallas atigradas color café - negro y una camiseta que no sé por qué me ha hecho acordarme de Kurt Cobain si éste hubiera llevado camisetas negras estampadas. Hasta hace dos paradas estaba con una amiga, rubia. Ella es morena, y lleva gafas. Muy pequeña para mí, demasiado incluso para adoptar por un instante la personalidad de Humbert Humbert y desearla. Eso sí, le agradezco a su voz chillona de adolescente no haberme dormido una vez pasada la estación de Sagrada Familia.
Hace dos paradas se bajó su amiga, más guapa, sin gafas ni curvas, era un palo. Más pija.
Hace dos paradas se quedó la niña sola. A su derecha, más allá del asiento dejado por su partenaire hay un hombre de menos de treinta años, moreno y muy delgado. Es un tipo extraño: no deja de mirar a la niña. Viste elegantemente, y sus zapatos estarían en perfecto estado si no fuera por la lluvia. Me da mala espina. Mi instinto no se fía de él.
Mi instinto no es mu ágil, sin embargo lo tengo en cuenta cuando me dice algo. Y lo que me dice no me gusta.
Pronto el varón me da otra razón para desconfiar. Le dice algo a la niña. Intenta ser simpático. Es delgado, y su rostro es desasosegante. No por rasgos extraños. No por rasgos afilados. No por cicatrices. Justo como un depredador disfrazado para no asustar a la presa.
La niña le ríe la gracia, y me mira durante menos de un segundo. Está claro: no soy el único con esa sensación. El hombre vuelve a hablar, y veo su mandíbula deslizándose bajo la piel. El metro empieza a frenar y la niña se levanta, siendo respondida con un hasta luego. La sigo con la mirada y su ausencia de formas me vuelve a dar la razón: unos trece años. Miro al hombre, miro su mirada. La sigue. Para mala suerte de la niña apenas hay gente en el metro. Gracias a que éste gira puedo observar cómo se para en la penúltima pureta del último vagón.
A todo esto estoy con la cabeza medio ladeada, los ojos entrecerrados, y no porque tuviera sueño. Observo, preocupado por la niña.
Observo cómo el hombre se levanta. Es altísimo, por lo menos metro noventa. Lo vi acercándose a la puerta. Me levanto poco después. No me mira. Bajamos. Le sigo a la distancia.
Lo que pensaba. Sigue a la niña.
Salimos del metro. No llueve. Primero ella, a la distancia él. Yo más alejado. Llevo el paraguas en la mano derecha. Pienso que me peude ser útil.
Es una zona poco iluminada y aún menos transitada. Me acerco al hombre. Él se acerca a la niña. Acelera. Acelero. Se queda a pocos metros. La niña camina tranquila, no parece que se haya dado cuenta. En cambio yo sí.
Cuando queda nada decido pasar a la acción. Doy un par de zancadas más largas para alcanzarlo, y pregunto con suficiente voz como para que la niña pueda oírme -la calle está desierta- si me puede decir la hora. Se gira, visiblemente cabreado. Con un leve gesto cambio mi centro de atención a la chiquilla. Parece que por fin se ha dado cuenta de la situación y desaparece por una de las calles. El hombre hace un leve gesto para decirme que me vaya a la mierda, apreta instintivamente los puños.
Me dice que son las ocho y media, intenta girarse. Le vuelvo a preguntar si sabe dónde está la calle Verdi. Yo sé dónde está: cerca. Es una calle importante. Veo odio en sus ojos. Me indica mal. Sé que es a posta. Me hago el turista y pido más referencias. Cuando aprieta los labios decido dejarlo estar. La niña ya se habrá alejado lo suficiente.
Le doy las gracias y me marcho.
Vuelvo al metro, pensando en que mañana será un día muy largo. Intento no dormirme.
martes, marzo 16, 2010
Fantasma
(¡ya escribiré sobre los conciertos!)
Mentiría si dijera que me lo esperaba. Si por un solo instante esa idea se hubiera afincado en mi cabeza. No, aquello fue como un puñetazo en toda la boca, arrancándome de un solo golpe la extraña idealización en la que el tiempo había convertido mi infancia. No lo reconocí: estaba sobre el escenario, aporreando una mala guitarra de propiedad ajena con más alcohol en mi cuerpo del que debería y con un incipiente cabreo porque la organización nos estaba diciendo que quitáramos canciones porque no entrábamos dentro del tiempo. El escenario situado junto a la pared del fondo del centro social okupado dominaba la estancia y subido a él podía ver la gente que nos miraba, los pocos que bailaban. Era como mirar el pálido reflejo de un pasado mejor. Salvo unos pocos amigos que habían venido a vernos expresamente la mayoría del resto eran fantasmas. Y entonces se me acercó uno de ellos.
Me dijo algo pero entre el ruido, la borrachera, los nervios y que su boca estaba al mismo nivel que mis pies no logré entenderlo. El tío me sonreía, creo que me preguntó por el nombre del grupo, pero no estoy seguro. Maldita sea, quizá eso fue otro de los que se me acercaron. Me incorporé porque a las canciones no les gusta esperar, y vi cómo se alejó. Me fijé en él: clásico chándal de yonqui azul de esos que encierran la cabeza tras una capucha, pómulos marcados, ojos hundidos, piel clara, ojos marrones, alto.
Había visto esa cara antes. Muchas veces.
Me quedé helado. Seguimos tocando, pero ya no era lo mismo. Lo miraba, y me sonrió cuando se dio cuenta de que lo había reconocido. Había perdido las ganas de continuar, tan solo quería hablar con él, saber qué le había pasado para acabar así -aunque su aspecto hablaba por sí solo-, tan destruido. La última vez que le vi fue en una manifestación en contra de una guerra ilegal, pero estaba demasiado lejos y no pude alcanzarle. La otra fue durante 4º de la ESO, en el colegio. Ahora tengo veinticinco años.
Dos canciones después se me acercó. Nos saludamos correctamente. Una chispa de emoción encendió sus ojos muertos, seguramente la primera en mucho tiempo. Le miré y supe que gracias a que me vio había retrocedido todos esos años hasta el momento en el que hablamos por última vez. En clase se sentaba a mi lado, al final de nuestras respectivas filas (éramos unos cuarenta, hacinados como jubilados en la caja de ahorros el día de paga de la pensión) y hablamos mucho. Realmente él hablaba y yo escuchaba, demasiado sumergido en mis esfuerzos por seguir las clases impartidas por unos profesores incompetentes y de letra jeroglífica. Los baquetazos de Javi me devolvieron a la realidad: estaba en medio de un concierto.
Acabó el concierto, y empezamos a llevar el equipo a la furgoneta. Fuera hacía frío. Llevé lo más rápido posible el pesado amplificador al vehículo. Lo dejé y me giré, quedándome a hablar sobre lo mal que me habían salido muchas de las canciones y lo vi caminando a lo lejos, en dirección a la nave. Grité su nombre. Se giró. Caminé en su dirección, haciendo él lo mismo. Lo miré a los ojos: no había duda, era él. Misma voz, mismos rasgos, misma altura (siempre fue alto, altísimo, metro noventa tranquilamente). Mismos ojos, pero muertos. Enterrados. Nos abrazamos. Era todo hueso debajo de las capas de ropa.
Me dijo que supo que no le había reconocido, algo normal después de tanto tiempo y por lo demacrado que estaba. No contesté. Tenía razón, estaba demacrado: un fantasma del ayer. De lo que fue. Sonreía, sorprendido por haberme visto. Lo último que se imaginaba, dijo, fue que me vería tocando la guitarra en un grupo de punk-hardcore. Cuando me preguntó cómo había llegado ahí le dije lo que le digo a todo el mundo: que sinceramente no lo sabía. Que llevaba dos años en el grupo tocando la guitarra y que poco a poco iba aprendiendo. Me dijo que me vio muy suelto y que le gustaron las canciones. Sonrió. Sus ojos hundidos tras los pómulos me impresionaban. Tenía veinticinco años y aparentaba millones. Me acordé de Yonqui, el libro de William Burroughs, y sentí asco por haber sentido curiosidad por las drogas. Luego recordé lo que había escrito el americano, su forma aséptica y casi científica de definir la adicción, y sentí una pena infinita por el que fue durante años mi colega y amigo. La heroína como forma de vida. Nada más -ni siquiera deseo sexual-. Me lo imaginé pinchándose la vena, y cómo aguijonazo tras aguijonazo iba asesinándose un poco más. Lo tenía todo: era listo, con chispa, siempre hablando de ideales, de revolución; y encima se llevaba a las niñas de calle: era mi opuesto. Lo admiraba. Y ahora estaba muerto.
Le pregunté si estaba metido en el centro social okupado, y me dijo que no, antes sí, pero que ahora estaba viviendo en la Serratella de la recogida de naranja en una casa que le habían dejado y que no sabía cuánto tiempo podría seguir viviendo allá. Eso no está lejos de aquí, y hace cosa de un par de años decidí explorar la zona con unos amigos. En una zona hay unas cuantas viejas alquerías abandonadas, con las paredes llenas de pintadas en idiomas extraños y escombros limpios. Quizá le habían dejado una de ésas. Eso es lo que te da la droga, pensé. Lo único. Nada.
Me pidió que le avisara para el próximo concierto que diéramos. Tengo su número de teléfono. Le llamaré cuando toquemos, si volvemos a tocar por aquí. Así podré volver a ver el fantasma de lo que queda de mi amigo.
Mentiría si dijera que me lo esperaba. Si por un solo instante esa idea se hubiera afincado en mi cabeza. No, aquello fue como un puñetazo en toda la boca, arrancándome de un solo golpe la extraña idealización en la que el tiempo había convertido mi infancia. No lo reconocí: estaba sobre el escenario, aporreando una mala guitarra de propiedad ajena con más alcohol en mi cuerpo del que debería y con un incipiente cabreo porque la organización nos estaba diciendo que quitáramos canciones porque no entrábamos dentro del tiempo. El escenario situado junto a la pared del fondo del centro social okupado dominaba la estancia y subido a él podía ver la gente que nos miraba, los pocos que bailaban. Era como mirar el pálido reflejo de un pasado mejor. Salvo unos pocos amigos que habían venido a vernos expresamente la mayoría del resto eran fantasmas. Y entonces se me acercó uno de ellos.
Me dijo algo pero entre el ruido, la borrachera, los nervios y que su boca estaba al mismo nivel que mis pies no logré entenderlo. El tío me sonreía, creo que me preguntó por el nombre del grupo, pero no estoy seguro. Maldita sea, quizá eso fue otro de los que se me acercaron. Me incorporé porque a las canciones no les gusta esperar, y vi cómo se alejó. Me fijé en él: clásico chándal de yonqui azul de esos que encierran la cabeza tras una capucha, pómulos marcados, ojos hundidos, piel clara, ojos marrones, alto.
Había visto esa cara antes. Muchas veces.
Me quedé helado. Seguimos tocando, pero ya no era lo mismo. Lo miraba, y me sonrió cuando se dio cuenta de que lo había reconocido. Había perdido las ganas de continuar, tan solo quería hablar con él, saber qué le había pasado para acabar así -aunque su aspecto hablaba por sí solo-, tan destruido. La última vez que le vi fue en una manifestación en contra de una guerra ilegal, pero estaba demasiado lejos y no pude alcanzarle. La otra fue durante 4º de la ESO, en el colegio. Ahora tengo veinticinco años.
Dos canciones después se me acercó. Nos saludamos correctamente. Una chispa de emoción encendió sus ojos muertos, seguramente la primera en mucho tiempo. Le miré y supe que gracias a que me vio había retrocedido todos esos años hasta el momento en el que hablamos por última vez. En clase se sentaba a mi lado, al final de nuestras respectivas filas (éramos unos cuarenta, hacinados como jubilados en la caja de ahorros el día de paga de la pensión) y hablamos mucho. Realmente él hablaba y yo escuchaba, demasiado sumergido en mis esfuerzos por seguir las clases impartidas por unos profesores incompetentes y de letra jeroglífica. Los baquetazos de Javi me devolvieron a la realidad: estaba en medio de un concierto.
Acabó el concierto, y empezamos a llevar el equipo a la furgoneta. Fuera hacía frío. Llevé lo más rápido posible el pesado amplificador al vehículo. Lo dejé y me giré, quedándome a hablar sobre lo mal que me habían salido muchas de las canciones y lo vi caminando a lo lejos, en dirección a la nave. Grité su nombre. Se giró. Caminé en su dirección, haciendo él lo mismo. Lo miré a los ojos: no había duda, era él. Misma voz, mismos rasgos, misma altura (siempre fue alto, altísimo, metro noventa tranquilamente). Mismos ojos, pero muertos. Enterrados. Nos abrazamos. Era todo hueso debajo de las capas de ropa.
Me dijo que supo que no le había reconocido, algo normal después de tanto tiempo y por lo demacrado que estaba. No contesté. Tenía razón, estaba demacrado: un fantasma del ayer. De lo que fue. Sonreía, sorprendido por haberme visto. Lo último que se imaginaba, dijo, fue que me vería tocando la guitarra en un grupo de punk-hardcore. Cuando me preguntó cómo había llegado ahí le dije lo que le digo a todo el mundo: que sinceramente no lo sabía. Que llevaba dos años en el grupo tocando la guitarra y que poco a poco iba aprendiendo. Me dijo que me vio muy suelto y que le gustaron las canciones. Sonrió. Sus ojos hundidos tras los pómulos me impresionaban. Tenía veinticinco años y aparentaba millones. Me acordé de Yonqui, el libro de William Burroughs, y sentí asco por haber sentido curiosidad por las drogas. Luego recordé lo que había escrito el americano, su forma aséptica y casi científica de definir la adicción, y sentí una pena infinita por el que fue durante años mi colega y amigo. La heroína como forma de vida. Nada más -ni siquiera deseo sexual-. Me lo imaginé pinchándose la vena, y cómo aguijonazo tras aguijonazo iba asesinándose un poco más. Lo tenía todo: era listo, con chispa, siempre hablando de ideales, de revolución; y encima se llevaba a las niñas de calle: era mi opuesto. Lo admiraba. Y ahora estaba muerto.
Le pregunté si estaba metido en el centro social okupado, y me dijo que no, antes sí, pero que ahora estaba viviendo en la Serratella de la recogida de naranja en una casa que le habían dejado y que no sabía cuánto tiempo podría seguir viviendo allá. Eso no está lejos de aquí, y hace cosa de un par de años decidí explorar la zona con unos amigos. En una zona hay unas cuantas viejas alquerías abandonadas, con las paredes llenas de pintadas en idiomas extraños y escombros limpios. Quizá le habían dejado una de ésas. Eso es lo que te da la droga, pensé. Lo único. Nada.
Me pidió que le avisara para el próximo concierto que diéramos. Tengo su número de teléfono. Le llamaré cuando toquemos, si volvemos a tocar por aquí. Así podré volver a ver el fantasma de lo que queda de mi amigo.
miércoles, marzo 03, 2010
Georgia on my mind
Siempre me he preguntado qué extraño giro de guión de tantas películas españolas me han escondido para hace que el futuro suicida acabe con el cañón de una pistola en la boca mientras disfruta de sus postreros pensamientos como ser vivo. Ahora que yo tengo una entre mis dientes me doy cuenta que eso ha de ser lo último que tiene que pasar por la cabeza de alguien que quiere quitarse la vida. El cañón está frío y el punto de mira se me clava en el paladar, justo detrás de los incisivos. Es muy incómodo tener una Beretta 92 en la boca, pero la decisión ya está tomada.
Estoy de pie en el salón de mi bonita casa, o más bien la casa del banco ya que aún no he conseguido acabar de pagarla, mientras la voz de Ray Charles lo envuelve todo: está llorándole a su querida Georgia. Quizá no es la canción que habría elegido otro, pero a mí me transmite la suficiente tranquilidad como para apretar el gatillo. Me sorprende el peso de la pistola. No me tiembla el pulso -gracias Ray- sin embargo los 950 gramos de la semiautomática italiana hacen que se parezca tan poco a mis ideas preconcebidas basadas en esas armas que con tanta ligereza llevan los actores en sus películas y series y que disparan corriendo, con el corazón a mil y consiguen reventar la cabeza del malo, o bueno, de turno. Yo no podría, pero claro, soy una persona normal.
Miro de reojo la nota de despedida que he dejado, si me esfuerzo puedo hasta entender mi letra: Amada María: lo siento mucho pero... y en el resto de líneas explico por qué lo voy a hacer. No creo que me entiendan, es más, nadie lo hará ya que se supone que tengo una vida plena como padre de familia, trabajador, con mi casa, mi coche y tantos proyectos en mente. Ni yo lo acabo de entender si he de serme sincero. En el texto le digo que no es por ella, ni por nadie, simplemente he perdido las ganas de vivir. Que la quiero mucho, y que espero que algún día me perdonen tanto ella como Sandra, mi pequeña Sandra. Las echaré tanto de menos.
Tampoco es que crea que hay otra vida y que voy corriendo a abrazarla. No, no soy un imbécil de esos que creen que existe un Paraíso, un Purgatorio o un Infierno; aunque el mismísimo Dante Alighieri se me aparaciera ahora mismo para gritármelo e intentar sacarme la Beretta de mi boca. Eso sería mentirme, y realmente me da igual qué es lo que me pasará después del acto. Mancharé la pared con mi sangre y mis sesos, que seguramente harán un gran círculo viscoso en alguno de los cuadros que tengo detrás. Mi cabeza saldrá disparada hacia atrás, latigueará y con suerte se me reventará alguna vértebra por la potencia del impacto y rebotará toda la energía; y caeré al suelo poco después de que lo haga el casquillo vacío.
Hoy es mi cumpleaños. Cuarenta años, ni uno más ni uno menos, y me voy a hacer el mayor regalo que uno puede hacerse a sí mismo: voy a ponerle fin a mi vida. Solo he hecho que retrasar este momento desde hace veinte, y si esperara veinte más lo único que haría sería aumentar ese impasse hasta otro posible fin, percutado, ahorcado o cortado. Tengo la sensación de que todo lo que he hecho ha sido ver pasar días, meses y años, y caras vacías, y vidas vacías, y la mía se ha convertido en una de ellas. Ahora le encuentro un pequeño sentido: morir. Es lo único que hay, absoluto, incontestable: nacemos para morir, y qué mayor poder puede tener una persona que decidir el cómo, cuándo y por qué de esta necesidad. Pienso en las alegrías y las tristezas, las caras, las voces, los polvos, las mujeres, las drogas, la diversión; y lo veo todo falso, insulso. Llevo ya veinte años muerto, de eso estoy seguro, y de los veinte primeros no quiero ni recordarlos, no sea que me dé cuenta de cómo desde que nací fui enterrado vivo por mí mismo, con la ayuda de aquellos a quien llamé familia, amigos, novias. Mucho llevo ya intentando verle un sentido a todo esto, y es ahora cuando lo he encontrado: no tiene, la muerte.
Intento vocalizar las esas palabras, la y muerte, lo único que me sale es un sonido extraño y gutural más similar a ahueque. Sonrío. Esa será mi última palabra: ahueque. Eso es lo que voy a hacer, ahuecar para los demás, retirarme del servicio. Lo apuntaría en la nota, pero nadie lo entendería. Ese pensamiento también me hace sonreír. Y qué mejor que morir con una sonrisa en la boca, en torno al cañón. Al final hasta haré que ésto sea divertido, yo que me esperaba cagarme de miedo. ¡Mira papá, ya soy mayor; me voy a reventar la sesera y lo voy a hacer lo mejor posible! Joder, todo parece ahora tan lejano, tan gris; lo que antes me hacía vibrar ahora lo veo como una soberana gilipollez. Me enterré vivo y cavé hacia abajo, ahora miro atrás y por la tierra se filtra algo de luz, ¿o es alguna central nuclear explotando? ¿La supernova de mi cordura? Pongo el dedo sobre el gatillo. El arma está preparada, empiezo a aplicar presión con el dedo índice de mi mano derecha mientras vuelan los últimos acordes de la canción. No peace, no peace I find just this old, sweet song keeps Georgia on my mind. I said just an old sweet song, keeps Georgia on my mind.
Bang.
lunes, febrero 15, 2010
Fondo de maquillaje
Blanca nunca fue una persona muy ordenada, sin embargo sí mantenía una escrupulosa y metódica organización en lo referente a los productos de higiene personal, en el maquillaje. Era algo casi automático, un proceso que empezaba y acababa y donde el cerebro siempre quedaba relegado a un agradecido letargo después del duro trabajo que supone madrugar y ducharse. Los miró, puestos a la derecha del grifo según la prioridad de uso y después se miró al espejo, igual que siempre. Se fijó en sus ojos verdes. Le encantaban. Era lo único que le gustaba de su cuerpo minusvalorado. Se fijó en sus labios que le parecían demasiado finos, y en sus orejas, o en su pelo lacio, no del todo perfecto.
Tenía las facciones cansadas, tristes. Más tristes de lo normal. Llevó su atención hacia los productos, tomando la esponjilla, haciéndola rozar sobre el fondo (esa mañana había pensado en aplicarse algo sencillo, poco llamativo; no estaba con ánimos) y llevándola hacia el punto de su mejilla donde siempre aplicaba la primera caricia cromática.
Se detuvo.
La esponjilla estaba a un centímetro de su piel, pero la imagen devuelta por el espejo no era ella. Técnicamente sí, pero con unos cuantos años menos, no le costó reconocerse. Se quedó paralizada, lo único que se desplazaba era una lágrima que, triunfal, paseaba mejilla abajo. Era la niña que llevaba dentro, la que empezó la situación en la que se encontraba, y su mirada le pedía una explicación.
Pestañeó, pero nada cambió. La mirada de ella niña se volvió más dura.
-¿Por qué ha pasado todo ésto? ¿Por qué lo has permitido?
Blanca sentía sus lágrimas resbalándose más y más rápido, hacían lo mismo por su ella niña. Eran las mismas. No podía hablar. La esponjilla cayó desde sus dedos, su mano descendió lentamente. Las respuestas se anudaron en su garganta. Dolía. Como su cabeza, su pecho, su estómago.
-¿Por qué? -repitió ella niña.
Se sentía a punto de desmoronarse. Débil, herida de muerte. Pestañeó.
El rostro, con el pestañeo, perdió vida, piel, carne. Se convirtió en una faz putrefacta, llena de pústulas, sangre, y hueso en algunas partes. Las cuencas de los ojos vacía.
-¿Por qué me has matado?
Un puño agredió la puerta desde fuera.
-¿Quieres salir de una puta vez del baño? Maldita seas.
Se giró, asustada. El pestillo la protegía. Cada una de las sílabas y los golpes en la puerta la atravesaron como si su cuerpo fuera de mantequilla. Hacía tiempo que sus palabras tan solo le causaban sufrimiento, eso y sexo egoísta (ya no podía recordar la última vez que llegó a un orgasmo con él, si es que lo había hecho alguna vez) era lo único que recibía a cambio de su devoción. Cuando volvió al espejo comprobó que su rostro volvió a ser el mismo de siempre, el de la devota de un Dios Caído, un Diablo disfrazado con las ropas que ella le puso. Su cara estaba cubierta de lágrimas, desnuda. Vacía de vida desde hacía años. Por eso era para ella tan importante maquillarse, era no pensar en el asco que se daba a ella misma.
-!Joder! -dijo la desagradable voz masculina.
-¿Era esto lo que querías, Blanca? -masculló, luchando por no volver a sus tres años, por no morir por un abrazo que le dijera que todo estaba bien. Que todo se arreglaría.
Porque sabía que nada se arreglaría ya, se veía sin fuerzas.
Ya estaba muerta.
Tenía las facciones cansadas, tristes. Más tristes de lo normal. Llevó su atención hacia los productos, tomando la esponjilla, haciéndola rozar sobre el fondo (esa mañana había pensado en aplicarse algo sencillo, poco llamativo; no estaba con ánimos) y llevándola hacia el punto de su mejilla donde siempre aplicaba la primera caricia cromática.
Se detuvo.
La esponjilla estaba a un centímetro de su piel, pero la imagen devuelta por el espejo no era ella. Técnicamente sí, pero con unos cuantos años menos, no le costó reconocerse. Se quedó paralizada, lo único que se desplazaba era una lágrima que, triunfal, paseaba mejilla abajo. Era la niña que llevaba dentro, la que empezó la situación en la que se encontraba, y su mirada le pedía una explicación.
Pestañeó, pero nada cambió. La mirada de ella niña se volvió más dura.
-¿Por qué ha pasado todo ésto? ¿Por qué lo has permitido?
Blanca sentía sus lágrimas resbalándose más y más rápido, hacían lo mismo por su ella niña. Eran las mismas. No podía hablar. La esponjilla cayó desde sus dedos, su mano descendió lentamente. Las respuestas se anudaron en su garganta. Dolía. Como su cabeza, su pecho, su estómago.
-¿Por qué? -repitió ella niña.
Se sentía a punto de desmoronarse. Débil, herida de muerte. Pestañeó.
El rostro, con el pestañeo, perdió vida, piel, carne. Se convirtió en una faz putrefacta, llena de pústulas, sangre, y hueso en algunas partes. Las cuencas de los ojos vacía.
-¿Por qué me has matado?
Un puño agredió la puerta desde fuera.
-¿Quieres salir de una puta vez del baño? Maldita seas.
Se giró, asustada. El pestillo la protegía. Cada una de las sílabas y los golpes en la puerta la atravesaron como si su cuerpo fuera de mantequilla. Hacía tiempo que sus palabras tan solo le causaban sufrimiento, eso y sexo egoísta (ya no podía recordar la última vez que llegó a un orgasmo con él, si es que lo había hecho alguna vez) era lo único que recibía a cambio de su devoción. Cuando volvió al espejo comprobó que su rostro volvió a ser el mismo de siempre, el de la devota de un Dios Caído, un Diablo disfrazado con las ropas que ella le puso. Su cara estaba cubierta de lágrimas, desnuda. Vacía de vida desde hacía años. Por eso era para ella tan importante maquillarse, era no pensar en el asco que se daba a ella misma.
-!Joder! -dijo la desagradable voz masculina.
-¿Era esto lo que querías, Blanca? -masculló, luchando por no volver a sus tres años, por no morir por un abrazo que le dijera que todo estaba bien. Que todo se arreglaría.
Porque sabía que nada se arreglaría ya, se veía sin fuerzas.
Ya estaba muerta.
lunes, enero 11, 2010
Pestañas
Cada una de sus pestañas era como una fina y pequeña cuchilla que me cortaban el alma cada vez que sus párpados caían como sólo ella sabía dejarlos caer. No necesitaba más para arrastrarme a su terreno para después lanzarme en el pozo sin fondo del deseo y ser su títere. Le gustaba sentir dolor, pero sólo cuando nuestros cuerpos luchaban en un tête-à-tête de cuero, látex y piel. Era caprichosa, al igual que las marcas que dejaba en mi cuerpo mientras la vorágine de nervios excitados enterraba su mojigata y habitual forma de ser.
Se ha marchado. Miro la hora: las doce del mediodía. La cabeza me da vueltas después de todo lo que bebí anoche. Los libros están esparcidos por la habitación, hay restos de ceniza. Me pregunto si volveré a verla, y si realmente quiero hacerlo. Estoy muy mal: tengo el cuerpo dolorido y amoratado, y hay restos de sangre en las sábanas. Sé que es de los dos. Puedo olerla todavía. Me excito. Su aroma me recuerda a todo lo que pasó la noche anterior, en cómo la conocí a la salida de la discoteca y acabamos en esta habitación. Fue todo tan rápido que incluso me parece sacado de la fantasía de un pajero quinceañero que lucha por encontrar nuevo material porno en la época de los módems de 56K. Taxi y hasta aquí. Es su habitación. Es su casa. Me levanto y decido darme una ducha.
Miro mi desnudez en el espejo: la barba de tres días, el tatuaje en el hombro derecho, la sangre reseca. Pienso que voy a necesitar una gran excusa que contarle a mi pareja, intento encontrar alguna y acabo decidiendo que lo mejor será contárselo. Ella ya me conoce. Y si se enfada me va a dar igual, tampoco va a pasar nada si la pierdo, así es la vida. Sí, me gusta, creo que se lo diré cuando empiece a insultarme y, quién sabe, a lanzarme cosas.
Me meto en la ducha y abro el grifo. El agua hierve, irritando las heridas. Duele. El dolor me traslada a anoche, a la diosa castigadora que me infligió tanto que me ha hecho perder el norte de mi vida. Cierro los ojos y la veo sobre mí, mirándome y con sonrisa de loca. Es una bestia desbocada, y lo único que hice fue decirle 'hola, ¿nos acostamos?'. Algo tuve que haber despertado sin querer, estas cosas no me pasan nunca y lo que suelo recibir como respuesta son risas o alguna mala mirada; pero no, ella me miró como una poseída por el mismísimo diablo, y entreabrió los labios. La siguiente vez que los entreabrió así fue para morderme el pecho ya sentada sobre mí y herirme.
Pasó la lengua por sus labios cubiertos con mi sangre, esparciéndola. Y luego me besó, y me mordió el labio. Fue salvaje, un ritual animal donde millones de años de evolución se esfumaron triturados bajo el peso del animalismo que nos recorría. La mordí en un pezón y gritó de dolor, y de pasión. Cuanto más sufría, más se excitaba, y más me excitaba yo también. La abofeteé girando su rostro, y al volver a mirarme sus ojos ardían con aún más fuerza. Se lanzó sobre mí, y se sentó exhalando de un golpe los últimos restos de consciencia que le quedaban. Empezamos a movernos al unísono, violentamente. Nos mordíamos, apretábamos, y nos estrangulábamos. Follamos sin parar. Fue salvaje.
No sabría decir si mientras duró me gustó, tengo un recuerdo enfrentado: lo más a lo que puedo asociarlo, y aún así ni de lejos se le asemeja, es lo que puedo vivir en una montaña rusa. Ahora que ya ha pasado lo único que sé es que nada volverá a ser igual. Creo que la amo.
Estoy muy excitado. Dijo que volvería pronto. Salgo de la ducha. Escucho sus llaves y miro hacia la puerta. Sonrío. Es ella, y trae nata.
Se ha marchado. Miro la hora: las doce del mediodía. La cabeza me da vueltas después de todo lo que bebí anoche. Los libros están esparcidos por la habitación, hay restos de ceniza. Me pregunto si volveré a verla, y si realmente quiero hacerlo. Estoy muy mal: tengo el cuerpo dolorido y amoratado, y hay restos de sangre en las sábanas. Sé que es de los dos. Puedo olerla todavía. Me excito. Su aroma me recuerda a todo lo que pasó la noche anterior, en cómo la conocí a la salida de la discoteca y acabamos en esta habitación. Fue todo tan rápido que incluso me parece sacado de la fantasía de un pajero quinceañero que lucha por encontrar nuevo material porno en la época de los módems de 56K. Taxi y hasta aquí. Es su habitación. Es su casa. Me levanto y decido darme una ducha.
Miro mi desnudez en el espejo: la barba de tres días, el tatuaje en el hombro derecho, la sangre reseca. Pienso que voy a necesitar una gran excusa que contarle a mi pareja, intento encontrar alguna y acabo decidiendo que lo mejor será contárselo. Ella ya me conoce. Y si se enfada me va a dar igual, tampoco va a pasar nada si la pierdo, así es la vida. Sí, me gusta, creo que se lo diré cuando empiece a insultarme y, quién sabe, a lanzarme cosas.
Me meto en la ducha y abro el grifo. El agua hierve, irritando las heridas. Duele. El dolor me traslada a anoche, a la diosa castigadora que me infligió tanto que me ha hecho perder el norte de mi vida. Cierro los ojos y la veo sobre mí, mirándome y con sonrisa de loca. Es una bestia desbocada, y lo único que hice fue decirle 'hola, ¿nos acostamos?'. Algo tuve que haber despertado sin querer, estas cosas no me pasan nunca y lo que suelo recibir como respuesta son risas o alguna mala mirada; pero no, ella me miró como una poseída por el mismísimo diablo, y entreabrió los labios. La siguiente vez que los entreabrió así fue para morderme el pecho ya sentada sobre mí y herirme.
Pasó la lengua por sus labios cubiertos con mi sangre, esparciéndola. Y luego me besó, y me mordió el labio. Fue salvaje, un ritual animal donde millones de años de evolución se esfumaron triturados bajo el peso del animalismo que nos recorría. La mordí en un pezón y gritó de dolor, y de pasión. Cuanto más sufría, más se excitaba, y más me excitaba yo también. La abofeteé girando su rostro, y al volver a mirarme sus ojos ardían con aún más fuerza. Se lanzó sobre mí, y se sentó exhalando de un golpe los últimos restos de consciencia que le quedaban. Empezamos a movernos al unísono, violentamente. Nos mordíamos, apretábamos, y nos estrangulábamos. Follamos sin parar. Fue salvaje.
No sabría decir si mientras duró me gustó, tengo un recuerdo enfrentado: lo más a lo que puedo asociarlo, y aún así ni de lejos se le asemeja, es lo que puedo vivir en una montaña rusa. Ahora que ya ha pasado lo único que sé es que nada volverá a ser igual. Creo que la amo.
Estoy muy excitado. Dijo que volvería pronto. Salgo de la ducha. Escucho sus llaves y miro hacia la puerta. Sonrío. Es ella, y trae nata.
jueves, agosto 06, 2009
el cuadro del payaso
Son las cinco de la mañana y estoy mirando el extraño cuadro que preside la pared que está situada frente a mí. No consigo comprender qué pretendió el decorador poniendo un cuadro como ése (una especie de payaso decimonónico triste) en una habitación de un hotel de estilo y decoración minimalista. La primera vez que lo vi, unas horas antes, lo asocié con un comentario del programa de televisión de Iker Jiménez, algo así como que hace más de cien años estuvo de moda una serie de pinturas de niños cuya principal característica era que los modelos estaban muertos. Sin duda, la sensación que me transmite el cuadro es la misma; su expresión quieta, triste, cansada me habla de años y años contemplando pasar el tiempo, viendo el ir y venir de personas: parejas jóvenes que buscan intimidad, comerciales durmiendo unas horas entre cliente y cliente, excelentes maridos y esposos que buscan desahogar sus más bajos instintos con prostitutas o adulterios descarriados. Y el payaso del cuadro mirando sin poder si quiera conversar, tan solo mirando. Exactamente como lo estoy mirando yo ahora mismo. Estoy tumbado en la cama, solo, pensando en todo lo que ha sucedido hace unas horas. "¿Y tú qué opinas, payaso muerto?", digo en voz alta rompiendo el silencio. Poco antes de medianoche Azucena estaba acariciando mi pecho con sus dedos, Azucena tiene veintiún años aunque aparenta haber dejado atrás la adolescencia muy poco antes, unos pechos pequeños y sus rasgos faciales frágiles, redondeados, presididos por dos ojos color miel, ligeramente almendrados y candorosos.
-Qué fuerte estás -dijo mientras admira mis músculos.
-No exageres, si estoy más gordo que otra cosa.
Levantó sus ojos y buscó los míos. Sonreí, ella no.
-¿Te imaginas -cambió de tema- una casita a las afueras, con su jardincito, tú, yo, los niños corriendo con un perrito? Sería bonito, ¿verdad?
-Sí, sería bonito -contesto sin prestar mucha atención.
-Toda la familia, tú yendo a trabajar, yo en casa cuidando de los peques...
Empecé a escuchar. "¿A dónde va? ¿Qué pretende?" me pregunté. En mi cabeza se dispararon miles de posibles respuestas, pero solo una dominaba mis neuronas. Decidí dejarla hablar, mientras notaba cómo una bola de cristal empezaba a moverse por mis entrañas.
-...casarnos...
"¡Lo ha dicho!" Me quedé pálido. Aquello no entraba en mis planes. Me costó percibir el silencio. Me estaba mirando.
-¿Estás bien? -se interesó.
-S... sí. Azucena...
No sabía cómo explicarle que ni se me había pasado por la cabeza la idea de casarme. Y menos con ella: era una chica maja, me gustaba pero no la conocía tanto como para formalizar la relación. No tuve mucho tiempo para pensar, se me adelantó.
-¿Es que no te gusto? -dijo, dejando atrás la expresión de felicidad.
-Sí que me gustas, pero... -no sabía qué decir. Ahora tampoco, y eso que han pasado cinco horas.
Intenté hacerla ver que nunca había pensado en casarme, que aquello no era para mí, que solo con dos meses una persona no sabe si la otra es con quien quiere pasar el resto de su vida.
-Pues yo sí lo sé, quiero pasarla contigo.
Me callé. Estaba lívido, y uno de los lacrimales de sus ojos color miel dejó escapar una gota. Se separó de mí. Me incorporé en la cama e intenté acariciarla.
-¡No me toques!
Se levantó y se metió en el baño. La escuché llorar un buen rato hasta que me levanté y le pregunté desde el otro lado de la puerta si estaba bien.
-¡Déjame, necesito pensar!
-Pues si no abres te esperaré aquí -y me senté en el suelo, al costado de la puerta.
Salió cerca de una hora después con los ojos hinchados. Yo me había adormilado en la incómoda posición que había adoptado antes, creo recordar que me sonrió (si fue una mueca o alguna otra cosa diferente no lo sé, ahora, mientras escribo estas líneas, dudo). Se acostó en la cama. La seguí, me tumbé a su lado y la abracé. Estaba fría, distante, ya no era la Azucena de una hora antes. Se dejó besar mientras se hacía la dormida. Al poco me dormí.
Escucho la cisterna del baño. Va a salir. Me despertó cuando se levantó, dudo que haya dormido algo esta noche. Veo su figura aparecer en la habitación, iluminada por la poca luz que atraviesa la persiana. Se tumba a mi lado, me da un beso y se duerme dándome la espalda.
-No hay quien las entienda, ¿verdad, payaso? -le susurro al cuadro.
-¿Dices algo? -me contesta Azucena girándose, demostrándome así que me había equivocado al pensar que se había dormido.
-No, nada.
-Te quiero -me dice.
-Yo también -contesto. Me callo el resto de la contestación: "pero no tanto como tú a mí".
-Ya lo sé -Sonríe y me abraza. ¿Me ha leído el pensamiento? -Buenas noches mi amor.
PD: ¿Te parece suficientemente emotivo, María José?
-Qué fuerte estás -dijo mientras admira mis músculos.
-No exageres, si estoy más gordo que otra cosa.
Levantó sus ojos y buscó los míos. Sonreí, ella no.
-¿Te imaginas -cambió de tema- una casita a las afueras, con su jardincito, tú, yo, los niños corriendo con un perrito? Sería bonito, ¿verdad?
-Sí, sería bonito -contesto sin prestar mucha atención.
-Toda la familia, tú yendo a trabajar, yo en casa cuidando de los peques...
Empecé a escuchar. "¿A dónde va? ¿Qué pretende?" me pregunté. En mi cabeza se dispararon miles de posibles respuestas, pero solo una dominaba mis neuronas. Decidí dejarla hablar, mientras notaba cómo una bola de cristal empezaba a moverse por mis entrañas.
-...casarnos...
"¡Lo ha dicho!" Me quedé pálido. Aquello no entraba en mis planes. Me costó percibir el silencio. Me estaba mirando.
-¿Estás bien? -se interesó.
-S... sí. Azucena...
No sabía cómo explicarle que ni se me había pasado por la cabeza la idea de casarme. Y menos con ella: era una chica maja, me gustaba pero no la conocía tanto como para formalizar la relación. No tuve mucho tiempo para pensar, se me adelantó.
-¿Es que no te gusto? -dijo, dejando atrás la expresión de felicidad.
-Sí que me gustas, pero... -no sabía qué decir. Ahora tampoco, y eso que han pasado cinco horas.
Intenté hacerla ver que nunca había pensado en casarme, que aquello no era para mí, que solo con dos meses una persona no sabe si la otra es con quien quiere pasar el resto de su vida.
-Pues yo sí lo sé, quiero pasarla contigo.
Me callé. Estaba lívido, y uno de los lacrimales de sus ojos color miel dejó escapar una gota. Se separó de mí. Me incorporé en la cama e intenté acariciarla.
-¡No me toques!
Se levantó y se metió en el baño. La escuché llorar un buen rato hasta que me levanté y le pregunté desde el otro lado de la puerta si estaba bien.
-¡Déjame, necesito pensar!
-Pues si no abres te esperaré aquí -y me senté en el suelo, al costado de la puerta.
Salió cerca de una hora después con los ojos hinchados. Yo me había adormilado en la incómoda posición que había adoptado antes, creo recordar que me sonrió (si fue una mueca o alguna otra cosa diferente no lo sé, ahora, mientras escribo estas líneas, dudo). Se acostó en la cama. La seguí, me tumbé a su lado y la abracé. Estaba fría, distante, ya no era la Azucena de una hora antes. Se dejó besar mientras se hacía la dormida. Al poco me dormí.
Escucho la cisterna del baño. Va a salir. Me despertó cuando se levantó, dudo que haya dormido algo esta noche. Veo su figura aparecer en la habitación, iluminada por la poca luz que atraviesa la persiana. Se tumba a mi lado, me da un beso y se duerme dándome la espalda.
-No hay quien las entienda, ¿verdad, payaso? -le susurro al cuadro.
-¿Dices algo? -me contesta Azucena girándose, demostrándome así que me había equivocado al pensar que se había dormido.
-No, nada.
-Te quiero -me dice.
-Yo también -contesto. Me callo el resto de la contestación: "pero no tanto como tú a mí".
-Ya lo sé -Sonríe y me abraza. ¿Me ha leído el pensamiento? -Buenas noches mi amor.
PD: ¿Te parece suficientemente emotivo, María José?
miércoles, julio 29, 2009
La llegada
La contemplé como si fuera la última cosa que fuera a ver en esta vida. Venía directa hacia mí como el proyectil que atravesó la cabeza del presidente Kennedy, con su largo cabello moreno ondulado cayendo sobre sus hombros y extendiendo el movimiento de sus caderas; su semblante decidido se clavaba en mis retinas y no corría porque, tal y como me dijo una vez, su madre le enseñó de pequeña que eso de correr es para desesperadas o ansiosas y "una señorita nunca, nunca, ha de correr salvo para salvar su vida". El aeropuerto estaba a rebosar. No sé desde dónde me había visto o cuánto tiempo acercándose, tenía muy buena vista, incluso se jactaba de que podía alcanzar a ver la pequeña estrella junto a la Osa Menor que los árabes usaban para probar la valía de sus vigías, pero cuando fui consciente de su aparición aparentemente medía un palmo. La reconocí con facilidad aun a pesar de los años transcurridos desde la última vez que la vi, su forma de caminar era única (como para no reconocerla) y gracias a que la conocía sabía que estaba ansiosa por verme, controlando como podía sus impulsos ya que lo suyo siempre había sido la sutileza, los movimientos microscópicos cargados de miles de significados yuxtapuestos, y no clavar los tacones en el suelo con celeridad. Decidí apoyarme contra la pared y dejar caer la maleta junto a mi tobillo derecho.
-No esperaba verte tan pronto, ¿cómo sabías que llegaba ahora?
-Me lo chivó Juan. ¿Sabes? Yo también me alegro de verte.
Ya no era la hippie que conocí tiempo atrás, su ropa había mutado a de mayor calidad sin caer en la excentricidad del nuevo rico tan de moda últimamente, le favorecía. Pero si aparentemente había progresado económica o socialmente su rostro estaba, aun a pesar del maquillaje, cicatrizado por el cansancio y una edad superior a la que revelaba su DNI. Sus ojos verdes se habían vuelto profundos, oscuros, tan inquietantes que no me quedó más remedio que preocuparme.
-¿Qué tal tu vida? ¿Qué has estado haciendo estos años? -me preguntó.
Le hice un pequeño resumen de las ciudades donde había estado mientras íbamos a la cafetería del aeropuerto, necesitaba urgentemente un café para combatir el jet-lag. Ella pidió una horchata y por un momento me arrepentí de mi comanda. "Nota mental: horchata", me dije.
-Le dije que sí.
-Lo sé. Jamás pensé que te acabarías casando, y más con él.
-¿De qué te sorprendes? Te fuiste, ¿recuerdas?
-Habrás cambiado de vida, pero veo que sigues siendo tan directa como siempre.
No me sorprendí porque se hubiera casado, era algo perfectamente factible, lo que provocó la sorpresa no fue el matrimonio, sino las emociones que dejaba entrever tras la supuesta mueca de alegría. Le pregunté por qué se casó si no era feliz con él.
-Porque desapareciste, imbécil.
-¿No era lo que querías?
-Ya, pero entonces no te soportaba, siempre has sido tan... raro.
-Yo también te quiero -la interrumpí.
Me contestó con una media sonrisa y una mirada intensa, mezcla de irritación y alegría.
-Ves, a eso me refiero. No sé cómo lo haces, pero parece como si pudieras manipular mi cabeza a voluntad, cambiar mis emociones, y no podía con eso, me sentía desnuda, desprotegida contigo cerca. Ah, y no, no era lo que quería, aunque te lo dijera. Fuiste tú quien me dejaste, ¿recuerdas?
-También recuerdo que me mentiste.
-Aquello fue una tontería, ¿me lo vas a estar recordando toda la vida?
-Quedamos en ser sinceros, yo lo fui contigo y te lo conté todo, en cambio tú...
-No volvamos a repetir nuestra última conversación. ¿Dónde vas a dormir?
Agradecí el cambio de tema, ella también.
-No lo sé, había pensado en mirar alguna pensión mientras busco una habitación.
-No seas idiota. Vente a mi casa, tengo un cuarto libre.
-No creo que deba. ¿Y tu marido?
-Yo me encargo. Le diré que vas a quedarte un par de noches mientras buscas algo. Además, así estarás tú para protegerme.
No la entendí, y aunque no me entusiasmaba la idea acepté.
-Pero solo un par de noches, no quiero ni okupas ni parásitos en mi casa, ¿vale?
Sonreí.
-No esperaba verte tan pronto, ¿cómo sabías que llegaba ahora?
-Me lo chivó Juan. ¿Sabes? Yo también me alegro de verte.
Ya no era la hippie que conocí tiempo atrás, su ropa había mutado a de mayor calidad sin caer en la excentricidad del nuevo rico tan de moda últimamente, le favorecía. Pero si aparentemente había progresado económica o socialmente su rostro estaba, aun a pesar del maquillaje, cicatrizado por el cansancio y una edad superior a la que revelaba su DNI. Sus ojos verdes se habían vuelto profundos, oscuros, tan inquietantes que no me quedó más remedio que preocuparme.
-¿Qué tal tu vida? ¿Qué has estado haciendo estos años? -me preguntó.
Le hice un pequeño resumen de las ciudades donde había estado mientras íbamos a la cafetería del aeropuerto, necesitaba urgentemente un café para combatir el jet-lag. Ella pidió una horchata y por un momento me arrepentí de mi comanda. "Nota mental: horchata", me dije.
-Le dije que sí.
-Lo sé. Jamás pensé que te acabarías casando, y más con él.
-¿De qué te sorprendes? Te fuiste, ¿recuerdas?
-Habrás cambiado de vida, pero veo que sigues siendo tan directa como siempre.
No me sorprendí porque se hubiera casado, era algo perfectamente factible, lo que provocó la sorpresa no fue el matrimonio, sino las emociones que dejaba entrever tras la supuesta mueca de alegría. Le pregunté por qué se casó si no era feliz con él.
-Porque desapareciste, imbécil.
-¿No era lo que querías?
-Ya, pero entonces no te soportaba, siempre has sido tan... raro.
-Yo también te quiero -la interrumpí.
Me contestó con una media sonrisa y una mirada intensa, mezcla de irritación y alegría.
-Ves, a eso me refiero. No sé cómo lo haces, pero parece como si pudieras manipular mi cabeza a voluntad, cambiar mis emociones, y no podía con eso, me sentía desnuda, desprotegida contigo cerca. Ah, y no, no era lo que quería, aunque te lo dijera. Fuiste tú quien me dejaste, ¿recuerdas?
-También recuerdo que me mentiste.
-Aquello fue una tontería, ¿me lo vas a estar recordando toda la vida?
-Quedamos en ser sinceros, yo lo fui contigo y te lo conté todo, en cambio tú...
-No volvamos a repetir nuestra última conversación. ¿Dónde vas a dormir?
Agradecí el cambio de tema, ella también.
-No lo sé, había pensado en mirar alguna pensión mientras busco una habitación.
-No seas idiota. Vente a mi casa, tengo un cuarto libre.
-No creo que deba. ¿Y tu marido?
-Yo me encargo. Le diré que vas a quedarte un par de noches mientras buscas algo. Además, así estarás tú para protegerme.
No la entendí, y aunque no me entusiasmaba la idea acepté.
-Pero solo un par de noches, no quiero ni okupas ni parásitos en mi casa, ¿vale?
Sonreí.
lunes, julio 20, 2009
Señor Hormiga
(Cerebro de Hans) Una veces las puertas se cierran en silencio, casi sin que ella misma se dé cuenta de que ha dejado de unir habitaciones para pasar a separarlas. Otras, simplemente, chocan contra el marco tan violentamente que acaba derrumbándose el propio marco, la pared, la casa y si la fuerza inicial es suficientemente fuerte, tirando la ciudad entera. Como cuando el graciosete del hermano mayor sopla el castillo de naipes que tanto esfuerzo le ha costado hacer al niño de cuatro años. Joder, cuando te das cuenta estás rodeado de cascotes, cubierto de polvo y pedazos de ladrillo; todo lo has perdido y en las manos tienes cortes, también en los brazos, por protegerte del derrumbe.
Al menos los huesos siguen enteros y en su sitio.
------------------------------------------------------------------
Hans tuvo que esperar a que se disipara la cortina de escombros pulverizados para comprobar que solo su casa había sido la afectada. Vecinos y curiosos se aproximaron, preguntándole si estaba bien, pero Hans no sabía qué responder. Estaba aturdido. Recuperó el sentido justo en medio de una pregunta:
-...en la casa?
Hans miró a su derecha, hacia el origen de la voz. Era un policía.
-¿Eh? -contestó.
-Si había alguien más en la casa.
-Entonces no ha sido un desvarío -dijo para sus adentros- se ha cerrado la puerta.
-¿Perdone? No le he entendido -replicó el policía, intentando entender algo de lo que escuchaba-. Por favor, conteste: ¿había alguien más en la casa?
-Ah, no.
-¿Qué ha sucedido?
-No -titubeó-, no lo sé.
-¿Qué estaba...
Su cerebro no pudo más. Se desmayó. Al despertar vio que le habían llevado al hospital general. Se sorprendió al ver una hilera de puntos negros que trepaban por la pared, por el techo, hasta una máquina que emitía pitidos constantes a la velocidad de su corazón. Hormigas. Centenares, miles de hormigas. La siguió en dirección contraria a su avance, hacia la puerta, y se topó con un hombre mayor, caucásico, escondido tras unas gafas de sol. Vestía de médico, pero su aspecto recordaba más a los mafiosos de las películas de los setenta u ochenta. En su mano sostenía una jarra con agua.
-Parece que has tenido suerte, Hans.
-¿Quién es usted? -dijo mientras se incorporaba. El cerebro de Hans zumbaba y se quejaba con cada movimiento, por muy suave que fuera. Tuvo que apretar los dientes para contener el dolor de su cabeza.
-Soy el señor Hormiga, y vengo a hacerle entrega de su premio -Hans lo miró, estupefacto. No supo qué contestar-. Venga, acérquese, le enseñaré su premio.
Hans, como pudo, se aproximó al hombre tambaleándose, mareado y aturdido.
-Vea, vea cómo inundo el hormiguero.
-¿Y? ¿Ése es mi premio?
-¡Sí! -exclamó el señor Hormiga- ¡Felicidades!
-No entiendo nada.
-Mejor aún, así podrá disfrutar mientras lo analiza y descifra. Ahora, por favor, acuérdese de evitar corrientes de aire. ¡Buenos días!
------------------------------------------------------------------
Hans se despertó, mirando la sección de anuncios por palabras del periódico sobre la que se había dormido.
-Creo que ya va siendo hora de cerrar la ventana.
Al menos los huesos siguen enteros y en su sitio.
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Hans tuvo que esperar a que se disipara la cortina de escombros pulverizados para comprobar que solo su casa había sido la afectada. Vecinos y curiosos se aproximaron, preguntándole si estaba bien, pero Hans no sabía qué responder. Estaba aturdido. Recuperó el sentido justo en medio de una pregunta:
-...en la casa?
Hans miró a su derecha, hacia el origen de la voz. Era un policía.
-¿Eh? -contestó.
-Si había alguien más en la casa.
-Entonces no ha sido un desvarío -dijo para sus adentros- se ha cerrado la puerta.
-¿Perdone? No le he entendido -replicó el policía, intentando entender algo de lo que escuchaba-. Por favor, conteste: ¿había alguien más en la casa?
-Ah, no.
-¿Qué ha sucedido?
-No -titubeó-, no lo sé.
-¿Qué estaba...
Su cerebro no pudo más. Se desmayó. Al despertar vio que le habían llevado al hospital general. Se sorprendió al ver una hilera de puntos negros que trepaban por la pared, por el techo, hasta una máquina que emitía pitidos constantes a la velocidad de su corazón. Hormigas. Centenares, miles de hormigas. La siguió en dirección contraria a su avance, hacia la puerta, y se topó con un hombre mayor, caucásico, escondido tras unas gafas de sol. Vestía de médico, pero su aspecto recordaba más a los mafiosos de las películas de los setenta u ochenta. En su mano sostenía una jarra con agua.
-Parece que has tenido suerte, Hans.
-¿Quién es usted? -dijo mientras se incorporaba. El cerebro de Hans zumbaba y se quejaba con cada movimiento, por muy suave que fuera. Tuvo que apretar los dientes para contener el dolor de su cabeza.
-Soy el señor Hormiga, y vengo a hacerle entrega de su premio -Hans lo miró, estupefacto. No supo qué contestar-. Venga, acérquese, le enseñaré su premio.
Hans, como pudo, se aproximó al hombre tambaleándose, mareado y aturdido.
-Vea, vea cómo inundo el hormiguero.
-¿Y? ¿Ése es mi premio?
-¡Sí! -exclamó el señor Hormiga- ¡Felicidades!
-No entiendo nada.
-Mejor aún, así podrá disfrutar mientras lo analiza y descifra. Ahora, por favor, acuérdese de evitar corrientes de aire. ¡Buenos días!
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Hans se despertó, mirando la sección de anuncios por palabras del periódico sobre la que se había dormido.
-Creo que ya va siendo hora de cerrar la ventana.
jueves, abril 16, 2009
Sophie
Sophie... mi Sophie, crupier del palo de corazones, si me vieras aquí sentado acordándome de ti; somos tan diferentes, tú... hermosa como una estatua griega, lástima que de todo lo que te pusieron en el cuerpo no hubieran resevado al menos un poquito para metértelo en la cabeza. Joder, tan solo quería conocerte, hablar contigo y escucharte, no limitarme a follarte como un objeto, como todos esos que te ponen como una perra. Yo quería hacerte el amor lentamente, explorar las intimidades de tu cuerpo y redescubrir la sensualidad de los pequeños gestos, las caricias que, casi sin querer, erizan la finísima piel que recubre tus huesos. Ahora lo único que acaricio es el borde de un vaso vacío con el poso del café resecado por el paso de los días sobre la mesa, acompañando otros con otros contenidos, con otros matices y gustos dejados en el paladar. Del alcohol puedo extraer sensaciones intensas, brutales, eléctricas, que me hacen revivir el olor de tu pelo, la sinuosidad de tus curvas; el sabor del café me recuerda las noches que pasamos en vela, de los claroscuros de tus carnosos labios entreabiertos, labios que invitaban más a una sesión de sexo salvaje antes que a lo que yo quise darte.
La gente no cambia. Tan solo van rotando las máscaras. Y yo te creí, creí tu disfraz y pensé que una diosa del sexo regalaría fuego al hielo de mi paranoica cabeza; las únicas llamas que conoces, para tu desgracia, son las del dinero. A mí se me acabó, y te marchaste. Como todas las diosas del sexo, como todas las estatuas griegas que he conocido: interés. Será que soy idiota y esperé algo más, ahora el silencio se apoderará de tu lado de la cama hasta que encuentre otra, vuelva a creerme sus mentiras y acabe igual, no peor ya que, como comprenderás, estoy acostumbrado. Quizá te escriba una canción, un poema, o un relato de treinta líneas donde acordarme de ti y de cómo clavaste tus avariciosos dientes en unas dentelladas ya marcadas. Esta noche un bourbon a tu salud y a seguir riendo, mañana me acordaré de ti, dentro de veinte años no lo sé, espero que no acabes casada con un rico gilipollas que te tiene de jarrón mientras te acuestas con críos veinte años menores que tú para poder encontrar algo del cariño que desperdiciaste cuando estabas como un tren y sólo querías follar como si fueras un tío.
Cada uno tiene sus prioridades (y ahora, tú no lo eres).
La gente no cambia. Tan solo van rotando las máscaras. Y yo te creí, creí tu disfraz y pensé que una diosa del sexo regalaría fuego al hielo de mi paranoica cabeza; las únicas llamas que conoces, para tu desgracia, son las del dinero. A mí se me acabó, y te marchaste. Como todas las diosas del sexo, como todas las estatuas griegas que he conocido: interés. Será que soy idiota y esperé algo más, ahora el silencio se apoderará de tu lado de la cama hasta que encuentre otra, vuelva a creerme sus mentiras y acabe igual, no peor ya que, como comprenderás, estoy acostumbrado. Quizá te escriba una canción, un poema, o un relato de treinta líneas donde acordarme de ti y de cómo clavaste tus avariciosos dientes en unas dentelladas ya marcadas. Esta noche un bourbon a tu salud y a seguir riendo, mañana me acordaré de ti, dentro de veinte años no lo sé, espero que no acabes casada con un rico gilipollas que te tiene de jarrón mientras te acuestas con críos veinte años menores que tú para poder encontrar algo del cariño que desperdiciaste cuando estabas como un tren y sólo querías follar como si fueras un tío.
Cada uno tiene sus prioridades (y ahora, tú no lo eres).
martes, abril 07, 2009
El banco del cementerio
"¿Qué se debe oír ahí dentro?", murmuro entre dientes. Estoy sentado en uno de los bancos frente a las hileras repletas de cadáveres en descomposición de lo que antes fueron personas como tú, como yo. Aquí fuera, aun en silencio, es fácil escuchar a los pájaros o el ronroneo de alguno de los gatos que vienen atraídos por mi presencia, ¿y ahí?, madera, clavos, gusanos devorando músculos, tendones y arterias hasta dejar los huesos que más pronto que tarde acabarán en un osario perdiendo su identidad. El cementerio es un lugar mágico, por alguna de las calles que hay a mi alrededor están enterrados mis abuelos, mis bisabuelos y sus vidas, y yo no sé si acabaré aquí, quemado u olvidado en alguna cuneta. Olvidado como ellos. ¿Y si resulta que al ser enterrado no estás muerto y abres los ojos y no ves nada? Todo negro, joder, recuerdo las historias que escuché sobre casos como ése y se me pone la piel de gallina al imaginarme con las uñas reventadas de tanto rascar, y la garganta rota de tanto gritar; pero por suerte es virtualmente imposible acabar así (por si acaso me tatuaré en el pecho: "si aparezco muerto pégenme un tiro, no sea que resucite"). Prefiero pensar en el silencio de la muerte, que convierte amores, heridas, odios y vendettas en lo mismo: en nada. Es un lugar tranquilo, y suelo venir cuando el estrés puede conmigo; sé que aquí nadie va a venir a molestarme. De vez en cuando me cruzo con viejas penitentes que arrastran tras de sí kilogramos de recuerdos y pecados, yendo a honrar a sus muertos, viviendo del pasado. Como el escritor que se da cuenta de que siempre escribe sobre lo mismo aunque cambien sus personajes, sus historias y la tinta de sus bolígrafos; hay que regar las flores, limpiar las lápidas y rezar por los que ya no están, al menos no pusieron flores de plástico para aparentar que sienten algún interés por recordar al fallecido, en explotar ese amor caradura que consiste en usar un trozo de mármol como valla publicitaria con un enorme "siempre nos acordaremos de ti" escrito en plata sobre negro. Alguna vez he pensado en cómo sería traerme una prostituta y hacerlo sobre las tumbas. Hay gente a quien eso le pone, yo siento escalofríos; los muertos con los muertos y los vivos con los vivos, soy de la extraña opinión de que mezclar burdeles con cementerios nunca será algo morboso, por muy decadente y grotesco que pudiera suponer ver la vieja puta, que me empeñaría en llamar Iris (métete mi polla en la boca, Iris, métetela hasta que te pongas morada y no puedas respirar), cuanto más toxicómana y más al borde de la muerte mejor, que susurraría "sí papito, hagámoslo" sin que pudiera ocultar una cara de asco por llegar hasta tal punto de perversión moral. Sus muslos estarían temblorosos, demacrados por la mala alimentación y su boca pintarrajeada de mala manera, justo como le pediría que hiciera si... pero no, no lo he hecho y no creo que lo haga. ¿O sí? Joder, que soy de los que respetan a los muertos y les pido consejo, que hoy todavía no he empezado a beber.
Sigo sobrio, en silencio, no hay ni siquiera un gato cerca, pero algunas bandadas de pájaros vuelan a lo alto y otros cantan. Creo que están ligando, intentando echar algún polvo para desahogar sus deseos más animales. Polvos reales, no como los polvos muertos que llevo encima y que yo mismo maté estrangulándolos con los cordones de mis zapatos. Por eso vine aquí, para velar por los polvos que no eché y que todavía no han enterrado (son míos, son yo, y conmigo acabarán) junto con las bocas que no mordí, los coños que no comí ni penetré y con los "buenos días" que no escuché. Como el que supongo acompañaría a la chica que tenía una sonrisa que era capaz de hacerme olvidar madrugones, enfados, discusiones... incluso mis propias depravaciones y mi nombre. Si supiera lo que pienso que haría si trajera a una ramera a este lugar, por suerte no me puede leer los pensamientos. Su número de teléfono se refleja en mis pupilas desde la pantalla del cacharro que sostengo en mi mano, hace tanto tiempo que no la veo que ella es el motivo por el que he venido hasta aquí para poder reflexionar. Tengo su número de teléfono y su nombre en la pantalla del móvil, y en mi cabeza la misma puta sonrisa que me ha hecho fracasar en tantas ocasiones y que es lo primero que me viene a la cabeza cuando, por lo que sea, algo me la recuerda: es difícil encontrar una repetición de lo irrepetible. Aprieto el botón de llamada y espero...
"¿Hola?, sí, soy yo..."
...un rato después cuelgo, busco a tientas el cuaderno y el bolígrafo mientras miro la hilera de lápidas y pienso en qué frase escribir: si "¿qué se debe oír ahí dentro?" o "tiene razón el que dijo que las cosas ocurren dos veces, una como tragedia y otra como farsa".
Sigo sobrio, en silencio, no hay ni siquiera un gato cerca, pero algunas bandadas de pájaros vuelan a lo alto y otros cantan. Creo que están ligando, intentando echar algún polvo para desahogar sus deseos más animales. Polvos reales, no como los polvos muertos que llevo encima y que yo mismo maté estrangulándolos con los cordones de mis zapatos. Por eso vine aquí, para velar por los polvos que no eché y que todavía no han enterrado (son míos, son yo, y conmigo acabarán) junto con las bocas que no mordí, los coños que no comí ni penetré y con los "buenos días" que no escuché. Como el que supongo acompañaría a la chica que tenía una sonrisa que era capaz de hacerme olvidar madrugones, enfados, discusiones... incluso mis propias depravaciones y mi nombre. Si supiera lo que pienso que haría si trajera a una ramera a este lugar, por suerte no me puede leer los pensamientos. Su número de teléfono se refleja en mis pupilas desde la pantalla del cacharro que sostengo en mi mano, hace tanto tiempo que no la veo que ella es el motivo por el que he venido hasta aquí para poder reflexionar. Tengo su número de teléfono y su nombre en la pantalla del móvil, y en mi cabeza la misma puta sonrisa que me ha hecho fracasar en tantas ocasiones y que es lo primero que me viene a la cabeza cuando, por lo que sea, algo me la recuerda: es difícil encontrar una repetición de lo irrepetible. Aprieto el botón de llamada y espero...
"¿Hola?, sí, soy yo..."
...un rato después cuelgo, busco a tientas el cuaderno y el bolígrafo mientras miro la hilera de lápidas y pienso en qué frase escribir: si "¿qué se debe oír ahí dentro?" o "tiene razón el que dijo que las cosas ocurren dos veces, una como tragedia y otra como farsa".
viernes, diciembre 19, 2008
Talk Show
Cada día me gusta más la televisión. Hoy, cuando he llegado a casa después de un largo día de trabajos forzosos la he encendido e invitado a entrar en un programa llamado... a ver, espera... no recuerdo el nombre, es uno de esos conocidos como "talk show"; a un lado del plató la presentadora, una mujer menor de treinta años, guapa y desenvuelta que ofrecía una expresión amable sobre sus facciones, escuchaba de pie a la invitada, otra fémina post-adolescente vestida con ropas ajustadas, pelo lacio y enormes aros como pendientes.
Por suerte llegué poco después de la presentación de la chica, y aunque no recuerdo su nombre sí me escuché atentamente su historia, sorprendente y emotiva a partes iguales. Eso sí, tuve que hacer de tripas corazón y perdonar la extraña costumbre de la invitada de remarcar más de la cuenta la letra s.
-...es que, o sea, cuando le he preguntado eso nunca me ha contestado, se queda callado. Me cuesta saber lo que piensa, ¿sabes?
-Imagino. ¿Y de todo lo que has contado qué es lo que más te molesta?
-Que siempre esta rodeado de perras.
-¿Perras? -preguntó la presentadora, sobreactuando a través de una mueca de sorpresa digna de Oscar al mejor guión adaptado.
-Sí, o sea, ya sabes, de esas callejeras, que van metiendo sus hocicos en cualquier parte.
-Parece que no te gustan nada sus compañías.
-Nada, y encima tiene el morro de decir que son sus amigas, ¿sabes?
-Si son sus amigas no entiendo cómo puedes mosquearte, ¿te consideras celosa?
-Es que no me gustan nada, ¿sabes?, creo que son una mala influencia. Yo he puesto mucho por mi parte en esta relación, a mis padres nunca les gustó que saliera con un chino, y él sigue haciéndolo todo igual. Es incapaz de cambiar, ¿sabes?
-Bueno, ¿qué te parece que le preguntemos a él? Por favor, ¡que entre nuestro próximo invitado!
Aproveché el momento en el que la chica abandonaba temporalmente el plató y entraba su chino para ir a la cocina a por una cerveza, que la discusión prometía. Al volver me encontré con un plano americano de la presentadora, esta vez exagerando la dureza de su expresión.
-¿Ves? Cuando le preguntas sobre esto no contesta nada -la voz de la invitada subió de tono hasta poder ser considerado sin problemas como un molesto pitido. El plano cambió a ella-, ¡siempre hace lo mismo!
-Por favor, Chow, tu novia acaba de decir que le molesta que te muevas en compañía de... perras. ¿Nos quieres contestar y decirnos qué piensas de todo esto?
La cámara se centró en su novio: un saco de unos 20kg de comida para perros marca Dog Chow que, a la defensiva, se negaba a mostrar que podría ser considerado como algo más que un objeto inanimado.
No pude evitar emocionarme con la historia. Una lagrimilla se escapó de una de mis glándulas lacrimales mientras era incapaz de contener una risa estúpida.
Por suerte llegué poco después de la presentación de la chica, y aunque no recuerdo su nombre sí me escuché atentamente su historia, sorprendente y emotiva a partes iguales. Eso sí, tuve que hacer de tripas corazón y perdonar la extraña costumbre de la invitada de remarcar más de la cuenta la letra s.
-...es que, o sea, cuando le he preguntado eso nunca me ha contestado, se queda callado. Me cuesta saber lo que piensa, ¿sabes?
-Imagino. ¿Y de todo lo que has contado qué es lo que más te molesta?
-Que siempre esta rodeado de perras.
-¿Perras? -preguntó la presentadora, sobreactuando a través de una mueca de sorpresa digna de Oscar al mejor guión adaptado.
-Sí, o sea, ya sabes, de esas callejeras, que van metiendo sus hocicos en cualquier parte.
-Parece que no te gustan nada sus compañías.
-Nada, y encima tiene el morro de decir que son sus amigas, ¿sabes?
-Si son sus amigas no entiendo cómo puedes mosquearte, ¿te consideras celosa?
-Es que no me gustan nada, ¿sabes?, creo que son una mala influencia. Yo he puesto mucho por mi parte en esta relación, a mis padres nunca les gustó que saliera con un chino, y él sigue haciéndolo todo igual. Es incapaz de cambiar, ¿sabes?
-Bueno, ¿qué te parece que le preguntemos a él? Por favor, ¡que entre nuestro próximo invitado!
Aproveché el momento en el que la chica abandonaba temporalmente el plató y entraba su chino para ir a la cocina a por una cerveza, que la discusión prometía. Al volver me encontré con un plano americano de la presentadora, esta vez exagerando la dureza de su expresión.
-¿Ves? Cuando le preguntas sobre esto no contesta nada -la voz de la invitada subió de tono hasta poder ser considerado sin problemas como un molesto pitido. El plano cambió a ella-, ¡siempre hace lo mismo!
-Por favor, Chow, tu novia acaba de decir que le molesta que te muevas en compañía de... perras. ¿Nos quieres contestar y decirnos qué piensas de todo esto?
La cámara se centró en su novio: un saco de unos 20kg de comida para perros marca Dog Chow que, a la defensiva, se negaba a mostrar que podría ser considerado como algo más que un objeto inanimado.
No pude evitar emocionarme con la historia. Una lagrimilla se escapó de una de mis glándulas lacrimales mientras era incapaz de contener una risa estúpida.
martes, noviembre 25, 2008
Sombras (XI + 0.5)
-Ha sido todo muy... muy confuso -La cabeza le daba vueltas. Tenía la sensación de que había renacido, sacando la cabeza desde la más profunda de las oscuridades del alma. Se sentía renovado, diferente. Ahora lo veía todo claro. Lo sucedido se refractaba en mil colores, bailando como recuerdos borrachos de vida-. Necesito un pitillo.
Melania, rápida, encendió y le extendió el último de los cigarrillos que le quedaban, con el pulso tembloroso. No podía quitarse el olor a muerte que infectaba sus fosas nasales, la mirada vacía de la figura que estuvo apuntándoles con un arma y que, milagrosamente, habían podido dejar atrás. Habían vuelto los recuerdos reprimidos de su niñez, los mismos que le hicieron seguir el duro camino que había recorrido como dueña de su destino en el sórdido mundo en el que conscientemente se había movido.
Los ojos de Luna brillaban. Lo había dado por muerto, y parte de su ser había empezado a marchitarse inexorablemente por el peso del cadáver a medida que se hundía inerte en el paso del tiempo.
El humo penetró hasta el último alveolo de sus pulmones viciándolos. No podía quitarse de su cabeza los ojos reptilianos del demonio que había estado jugando con él. Por suerte había podido escapar, había estado al borde de la muerte; había escapado a su destino cíclico. Empezó a recordar cosas de la experiencia: sus anteriores nombres, la evolución de su aspecto, la repetición de una historia. Ató cabos.
-¿Por qué? -susurró.
-¿Dices algo, mi amor? -Luna, excitada por la alegría, era incapaz de reprimirse. Su brazo envolvía a su compañero, su mirada era incapaz de esconder la vastedad de sentimientos que albergaba por él.
-¿Por qué... me persigue? He de encontrarlo.
-Está muerto -Melania, un poco más alejada, interrumpió.
-No. Está aquí. Está cerca. Sé que volverá. Lo presiento.
-Ahora descansa -dijo Luna-, mañana será otro día.
-Será lo mejor -confirmó desde su posición más alejada la hermana mayor, reflexiva-. Buenas noches.
Melania, rápida, encendió y le extendió el último de los cigarrillos que le quedaban, con el pulso tembloroso. No podía quitarse el olor a muerte que infectaba sus fosas nasales, la mirada vacía de la figura que estuvo apuntándoles con un arma y que, milagrosamente, habían podido dejar atrás. Habían vuelto los recuerdos reprimidos de su niñez, los mismos que le hicieron seguir el duro camino que había recorrido como dueña de su destino en el sórdido mundo en el que conscientemente se había movido.
Los ojos de Luna brillaban. Lo había dado por muerto, y parte de su ser había empezado a marchitarse inexorablemente por el peso del cadáver a medida que se hundía inerte en el paso del tiempo.
El humo penetró hasta el último alveolo de sus pulmones viciándolos. No podía quitarse de su cabeza los ojos reptilianos del demonio que había estado jugando con él. Por suerte había podido escapar, había estado al borde de la muerte; había escapado a su destino cíclico. Empezó a recordar cosas de la experiencia: sus anteriores nombres, la evolución de su aspecto, la repetición de una historia. Ató cabos.
-¿Por qué? -susurró.
-¿Dices algo, mi amor? -Luna, excitada por la alegría, era incapaz de reprimirse. Su brazo envolvía a su compañero, su mirada era incapaz de esconder la vastedad de sentimientos que albergaba por él.
-¿Por qué... me persigue? He de encontrarlo.
-Está muerto -Melania, un poco más alejada, interrumpió.
-No. Está aquí. Está cerca. Sé que volverá. Lo presiento.
-Ahora descansa -dijo Luna-, mañana será otro día.
-Será lo mejor -confirmó desde su posición más alejada la hermana mayor, reflexiva-. Buenas noches.
sábado, noviembre 22, 2008
La cena

Me dejo llevar por la corriente, flotando dentro de una pequeña caja de zapatos. La maraña eterna que es tu pelo, caótico y enredado, se derrama sobre mí atrapándome. Quedo enterrado bajo su peso. Me resisto. Forcejeo sabiendo que lo único que puedo conseguir es acabar como un simple adorno más en tu melena. Me deslizo lentamente como una gota de agua por entre los pocos mechones libres que te quedan, expandiéndome para envolverte. ¿Qué pensabas, que no sé jugar? La ropa va deslizándose atraída por la gravedad. Tu piel desnuda es un mapa muy fácil de leer con los dedos: necesidad, carencia, fuego secuestrado. Eres transparente a través los labios que, encendidos, intentan morderme: pretenden castigarme. Parece todo tan fácil, nos dejamos llevar por tus latidos, atándonos a través de palabras pronunciadas con contacto físico. Recorro el Valle de los Reyes coronado por tus pezones rosados extendidos hacia el cielo debido al arco que es ahora tu espalda. Te estremeces cuando los profano con mis afilados dientes.
Dejo atrás el ombligo, tan sensual a desde su contraluz como la mirada que se esconde tras tus párpados relajados. Con la lengua empiezo a abrir tu piel, como el bisturí que sin piedad continúa su lento avance, lento pero seguro, buscando revelar al mundo los secretos que se esconden tras los primeros velos. Tus entrañas no tienen secretos para mí aunque hasta hace cinco minutos ni te conocía, a tientas me sumerjo hasta tu corazón en pie de guerra, expectante. Pinceladas de saliva a interavalos irregulares: no es el contacto, sino la ausencia de él lo que incendia las fantasías. La incertidumbre como amante descarnada.
-¡Fóllame ya! -gritas, incapaz de controlar el orgasmo que se desencadena desde tu entrepierna.
Lucho contra los movimientos eléctricos de tu cadera, me alimento de ti hasta llevarte a la extenuación sin siquiera dejarte un segundo para recuperar el aliento, no es mi intención dejar que seas consciente de tu nuevo lugar en la cadena trófica. Aún no lo has entendido: yo soy un vampiro y tú mi cena.
____________________________________
La imagen la he robado de aquí. Ahora soy bueno y pongo mis fuentes.
miércoles, octubre 01, 2008
Sombras (XI)

Con un gesto brusco Luna cogió la manga de la casaca robada por Melania y tiró de ella hasta un rincón oscuro, aparentemente una destartalada habitación que se había quedado ya sin puerta, y desde donde se controlaba tanto la entrada como las escaleras que llevaban a las plantas superiores. Estaba pálidad, con los ojos abiertos. Sus manos se movieron rápidamente, comunicando primero que guardara silencio, después que esperara; acabó llevándose el dedo índice de la mano izquierda al oído y señalando hacia la escalera. Melania no oía nada, salvo el estruendo amortiguado de los bombardeos, cada vez más cercanos. Pasaron los minutos, y Melania, que era incapaz de oír nada, empezó a impacientarse. Miró a su hermana, intentando comprender qué es lo que había pasado. Se fijó en que su hermana aparentaba ser una estatua, no había movido un músculo.
-No te muevas -susurró cuando notó que Melania había girado la cabeza apenas unos grados para observarla. Apenas lo percibió, sin embargo aquellas tres palabras paralizaron cualquier idea de moverse en la rubia, cada vez más nerviosa. "Si al menos supiera qué pasa", pensó, asustada por la incertidumbre.
Escasos segundos después fue capaz de percibir algo diferente. La reverberación de unas botas al chocar contra el suelo descendía desde las plantas superiores del edificio. Las pisadas eran rápidas, regulares. Alguien bajaba. La esperanza de saber qué es lo que estaba pasando no la tranquilizó, como pensó; más bien al contrario. Agarró fuertemente la pistola, pensando en cómo lo hacían las chicas de las películas de espías, y vio que aquello no era para ella. El frío tacto del arma la aterrorizaba, logrando mantener la calma solo de piel para fuera, tal y como había aprendido tras años de dura profesión, en la que la apariencia de fortaleza es clave para sobrevivir.
Los pasos redujeron su velocidad a medida que se escuchaban con mayor intensidad. Melania imaginó que debía encontrarse en el entresuelo, un nivel por encima de sus cabezas. Pudo contar ocho pisadas, sintiendo cómo se desplazaban hasta la escalera. Se pararon. Se reanudaron, quien fuera empezó a descender por los escalones. El sonido de los combates, cada vez más cercanos, desaparecieron para la rubia que, para controlarse, estrangulaba la culata metálica de la Tokarev hasta sentir dolor en su delicada mano derecha. Otra vez se volvió a parar. Según cálculos rápidos tenía que estar a mitad de la escalera. Desde donde estaban escondidas no podían verlo, pocos metros y una pared les separaban. El chasquido de un mechero anunció un fogonazo que iluminó la sala. Una exhalación. Unas palabras en un idioma que a Melania fue incapaz de reconocer, en parte porque su corazón latía con tanta intensidad que retumbaba en sus tímpanos.
Otro paso. Cada vez más cerca. A medida que se aproximaba Melania se fue encogiendo, incrementándose a su vez el terror que crecía. Por su cabeza pasaron miles de imágenes a la vez, cada cual más terrorífica que la anterior. Era consciente que aquello no era una simple guerra, podía tratarse de los monstruos que periódicamente inundaban sus pesadillas, rostros deformes que la perseguían desde hacía muchos años.
La caliente mano de Luna se apoyó con cariño sobre su pierna, tranquilizándola. Melania no se atrevió ni a moverse para mirarla. Estaba paralizada. Los pasos, más pesados de lo que le parecieron unos segundos antes. El intenso olor del tabaco llegó hasta ellas. Estaba a centímetros de aparecer ante ellas. Otro paso. Un escalofrío recorrió la médula espinal, hasta las profundidades de los recuerdos de la prostituta. Un soldado rubio, bien parecido y de rasgos eslavos fumaba a pocos metros frente a ellas. Miraba hacia la puerta. De sus labios colgaba un cigarrillo que brilló más de lo habitual durante unos segundos. Echó el humo por la nariz. Melania, sin ser capaz de concretar, detectó algo extraño en aquel hombre. Algo diabólico. Lo había visto antes. Intentó orientar la tokarev hacia su cuerpo, sin embargo sus músculos todavía no reaccionaban. El hombre reanudó su marcha. Recorrió apenas dos metros cuando se volvió a detener. Melania pudo observar el fusil con la bayoneta calada que colgaba de su hombro derecho, el brazo y la pierna derecha. Sacando fuerzas de donde no había consiguió superar la parálisis, apuntando más mal que bien hacia el hombre que a tres metros estaba estático. Se giró. Las hermanas, escondidas tras la pared y cubiertas por el velo de la oscuridad, vieron cómo miraba hacia el hueco, cómo forzó los ojos, cómo desenfundó su pistola y la levantó, apuntando al frente.
El terror infantil, las pesadillas, los monstruos que, pensaba, existían solo en su imaginación, se materializaron. Tras las facciones del soldado, tras su aspecto de ruso, tras sus ojos Melania reconoció las formas, las criaturas que vivían en su subconsciente y que tanto le costó reprimir.
-Hola Melania. Cuanto tiempo. ¿Cómo estás? Salid de ahí, hermanitas.
Melania palideció. No podía ni moverse, la máscara de seguridad se había desmoronado, toda la identidad que había construido sobre la fosa de su subconsciente no estaba.
-Vamos -le susurró Luna mientras salía del escondite-. No hay otra opción.
Su hermana mayor, maravillada por la valentía de la pequeña, le hizo caso. Se dejaba llevar.
-Extrañas vueltas da el destino -dijo el soldado-. ¿Habéis venido a por vuestro amigo? Mucho me temo que ahora mismo está hundiéndose en las profundidades de la muerte -el brillo de la pistola de la mujer llamó su atención-. Suelta eso, puedes hacerle daño a alguien, boba.
Melania bajó la Tokarev. El hombre dio un paso hacia atrás, invitando con una leve sacudida de su arma a sus antiguas conocidas a avanzar. Las hermanas salieron de la habitación sin abandonar la penumbra, al contrario que el otro, lateralmente iluminado por la poca luz que llegaba desde la calle. Él las miró de arriba a abajo, a Luna, segura y desafiante, y a Melania pálida y temblorosa.
-No sabes la suerte que tienes al tener a quien tienes como hermana -dijo, dirigiéndose a la rubia-, si no fuera por ella...
-¡Déjanos! -interrumpió Luna. Su grito quedó ahogado por el sonido de ametralladoras y las cadenas de lo que parecía ser un vehículo blindado. Un obús fue disparado cerca, los tres se giraron inmediatamente hacia el exterior, viéndolo impactar al otro lado de la calle. De repente el soldado cayó de lado, como si hubiera recibido un fuerte impacto en la sien. Un grito quedó ahogado en la garganta de Melania. Luna se agachó. Tiró de su hermana hasta que bajó a su misma altura.
-De buena nos hemos librado -susurró la pequeña de las dos.
-¿Crees que está muerto?
-Sí -Luna, sin acabar de incorporarse, se dirigió hacia las escaleras-. Vamos, no hay tiempo.
Los ecos de lucha en el exterior se hacían cada vez más intensos a medida que ascendían por el edificio.
-¿Sabes dónde está?
-Sí, Mel -contestó Luna, incrementando la velocidad hasta la carrera-. Sígueme.
Pronto entraron en una de las viviendas, vacías y llenas de escombros. Al fondo, en una pequeña habitación encontraron un cuerpo recostado, inclinado hacia la derecha. Era él, lo reconocieron tras el primer vistazo. Tenía un agujero en la cabeza, una mezcla de masa cerebral y sangre se extendía bajo el cráneo.
-Joder -dijo Melania-. Está muerto.
-No del todo. Vamos.
Luna apoyó sus manos sobre el cuerpo aún caliente del varón que intuitivamente reconoció como su compañero.
-Guzmán.
El silencio en el que la consciencia de Guzmán flotaba quedó interrumpido por una voz familiar. Luna. Le costó entender las palabras. No reaccionó. Se sentía como si fuera el todo, un bienestar que en vida jamás había sentido y que le envolvía le retenía. Otra vez escuchó a su compañera llamándole. Tiraba de él. El frío le invadió. Un intenso dolor sustituyó la sensación de totalidad en la que se encontraba.
-Guzmán, despierta. -Cada vez escuchaba con mayor nitidez.
Las hermanas podían escuchar el fragor de los combates. Estaban luchando junto al edificio donde estaban. Los gritos y las explosiones ascendían por las paredes hasta la ventana que los iluminaba. Luna, en trance, repetía periódicamente el nombre del hombre que, muerto o no, estaba en el suelo. Melania, que ya había recuperado la tranquilidad, se acercó y puso sus manos junto a las de su hermana, sobre Guzmán.
-Guzmán -dijeron al unísono.
Otra voz, más grave. No la reconoció, sin embargo tiró de él con tanta fuerza como la de Luna. Empezó a recordar quién era, relacionó el nombre que escuchaba con él mismo, con una de las identidades que tenía.
-Recorre tu destino -una tercera voz, que relacionó con su abuela, le atravesó como una descarga eléctrica-, aún no ha llegado tu hora.
Las detonaciones, disparos y gritos estaban cada vez más cerca. Melania, preocupada, escuchó pasos rápidos entrando en el edificio y subiendo por las escaleras.
-¡Despierta! -ordenó Luna.
Guzmán inspiró con fuerza, abriendo la boca y los ojos. Reconoció su habitación. Le costó respirar con normalidad. A su alrededor las dos hermanas, Luna y Melania, visiblemente cansadas. Luna, agotada, sonreía, mientras Melania retiraba un mechón rebelde de delante de sus ojos.
-¿Qué ha pasado? -preguntó, casi sin voz. Vocalizó con dificultad.
-Eso vas a tener que contárnoslo tú, pequeño -contestó Luna, cuyos ojos brillaban por la alegría de verle vivo.
domingo, septiembre 21, 2008
Sombras (X)

Plantada frente a la sólida puerta de madera Melania protegía con su mano izquierda en un acto mecánicamente inconsciente la llama de un mechero de gasolina rojo, a juego con su carmín, cada vez más cercano al cigarrillo que hacía equilibrios sobre sus labios carnosos. Estaba esperando la respuesta a la pulsación del timbre que había hecho instantes antes. El humo empezó a ascender, inundando con su característico olor el portal del viejo edificio donde vivía su hermana. Apagó el mechero, lo dejó deslizarse dentro del enorme bolso que protegía su riñón izquierdo y, con la misma mano derecha, retiró un mechón ondulado que aparentaba tener vida propia. La baja temperatura, acompañada de un aire traicionero, habían convertido el trayecto entre el lugar donde pudo aparcar el coche y aquella puerta en una tortura, atravesando las medias la helada humedad hasta rebotar en los huesos. "Ha sido una suerte que cogiera la chupa", pensó. Anduvo cerca de seiscientos metros encogida, enroscada dentro de su chaqueta de cuero. Entre el frío y que nunca le gustó ir sola por el barrio de su hermana a esas horas recorrió, casi corriendo, la distancia entre donde pudo aparcar el coche y el punto en el que estaba dando una deseada primera calada.
-¿Quién es? -reconoció la voz, aun distorsionada por el portero automático, de su hermana.
-Soy yo.
Un zumbido eléctrico y Melania empujó la puerta. Le pareció más pesada que la última vez que fue a visitar a Luna. Entró y cerró, dejando la escasa iluminación fuera, en su lugar natural como elemento proveniente de la estrecha calle. Pulsó el interruptor de la luz, cruzó el pequeño recibidor directa hacia los primeros escalones y subió hasta la planta donde la esperaba su hermana. Las sombras enrejadas de la barandilla perfilaban su forma contra la pared de la escalera, con la silueta de su hermana pequeña más difuminada, vacilante e inquieta.
-Hola Luna, ¿qué...
No la dejó terminar. Luna, que se cambió la ropa a algo más presentable que un camisón, concretamente un chándal y una camiseta holgada que, a pesar de su anchura, sugería las formas de su delgado cuerpo; se lanzó sobre ella una vez Melania puso los dos pies en el descansillo. La abrazó, todavía con los nervios alterados. No había sido capaz de relajarse, provocando a su vez un aumento de la ansiedad al ser consciente de la pérdida de su autocontrol, corría el riesgo de desbordarse en cuanto ocurriera cualquier cosa, inesperada o no.
-Gracias por venir. ¿Estabas trabajando?
-No te preocupes.
-Vaya -Luna entendió que sí-. Espero que no te hayas metido en un problema.
-Soy autónoma, no tengo jefe -brillaron de simpatía sus blancos dientes. La visión de aquella sonrisa causaba siempre el mismo efecto en la pequeña de las dos hermanas: era como volver a la infancia, cuando Melania la sacaba de los líos en los que no paraba de meterse y, con ese mismo gesto, decía aquello de "todo va bien, no pasa nada".
-Estoy tan asustada -dijo, con los ojos brillantes por las lágrimas que se esforzaba en retener-, no sé qué le pasa. Está como vegetal.
-Vamos dentro, hermanita, y me cuentas -miró a su alrededor, sospechando hasta del silencio-. Este no es lugar.
-Es verdad.
Luna se apartó dejando que Melania entrara primera. Ella lo hizo después. Cerró la puerta, encendió la luz, cogió la chupa de cuero de su hermana y la colgó en un perchero junto al recibidor y caminaron hasta la cama, donde Guzmán, pálido y huesudo, tapado de cintura para abajo por una sábana, aparentaba estar en un profundo sueño.
-Vaya -se limitó a decir Melania tras contemplarlo y desplazarse hasta la sala de estar-. ¿Me explicas qué ha sucedido? Por favor, no omitas ningún detalle.
Así lo hizo, desde las pesadillas de Guzmán hasta el último sueño, sus reacciones, la pérdida de consciencia y la llamada telefónica con la que media hora antes se había puesto en contacto con ella.
-Has venido rápido. ¿Estabas muy lejos?
-No, bueno, a estas horas no hay mucho tráfico por Valencia, el problema ha sido aparcar -Melania apuró la última calada al cigarro que había estado fumando desde que entró y lo aplastó contra el cenicero de cerámica que su hermana había sacado expresamente para ella. Con ese gesto simbolizó un cambio de tema, y con él sus facciones se ensombrecieron-. Ya sabes que Guzmán nunca me gustó, te dije que no debías irte con él, eres muy joven -apenas tenía veintitres años- para estar con alguien así. Siempre me ha dado mala espina.
-Ya, ya lo sé. No me sermonees que no están las cosas para eso.
-¿Para qué me has llamado?
-Necesito que me ayudes para contactar con Guzmán, sé -puso un especial énfasis en el verbo, añadiéndole al significado una importante carga de esperanza, de fe- que aún sigue aquí. Yo, así -refiriéndose al nerviosismo-, tan implicada emocionalmente, no puedo hacer nada, pero tú...
-Ya, entiendo. Te ayudaré -Luna se iluminó de alegría, siempre había confiado ciegamente en su hermana. Melania se contagió de su sonrisa, suavizando la seriedad de su semblante-, eso sí, ya sabes que ahora me interesa más el mundo material que el espiritual, veremos qué podemos hacer. Vamos.
Se levantaron, volvieron a la habitación donde estaba Guzmán.
-Siéntate tú en la cama, a su lado -sugirió Melania-. Al otro y de pie me quedaré yo.
-De acuerdo, Mel.
Siempre, desde pequeñas, ya escucharon que las dos hermanas eran opuestas. Tenían razón, bastaba con ver cómo Luna, de físico frágil y delgado, digno de modelo de pasarela, era completamente diferente a su hermana y su cuerpo voluptuoso, sexual y aparentemente creado para provocar algo más que miradas más o menos descaradas.
-Muy bien, vamos a ello. ¿Lista? -preguntó Mel.
-Sí.
Pusieron sus manos sobre el torso y la cabeza de Guzmán. Luna, bastante más tranquila por la presencia de su hermana, logró relajarse hasta poder dejar la mente en blanco, mientras Melania hizo lo mismo con mayor facilidad.
El recuerdo de la infancia, con su abuela en el parque, fue lo último que pasó por la cabeza de Guzmán, y fue perdiendo fuerza a medida que la bala atravesaba neuronas, hueso y piel. Poco tardó en perder los sentidos y sentirse en una especie de estado de flotación, sin caer ni ascender. Estaba sumergido en una ausencia total de estímulos internos y externos. Era él, pero a su vez era mil criaturas más: mercenario en Italia, soldado soviético en la segunda guerra mundial, concubina de jefe tribal árabe, legionario en la Roma de Julio César, agricultor, sacerdotisa, etcétera. Todas sus historias, desde su nacimiento hasta su muerte estaban en él, podía verlas, estudiarlas, extraer conocimientos y aprendizajes que, unas veces eran puestos en práctica y otras no. Podía ver como en la mayoría de esas vidas se repetían los mismos patrones, las mismas acciones, errores y aciertos. Ahora, viendo en conjunto su existencia, entendía mejor las palabras del misterioso ser a quien llamaba Henri Beaumont. Muchas veces había actuado con buena fe, con el único fin de ayudar a aumentar la conciencia de sus allegados, y casi todas había acabado siendo traicionado, engañado y manipulado por seres despreciables de alma podrida y aparentemente buenas intenciones.
-¿Ya lo entiendes? -otra vez Henri, cuya voz lo inundó todo.
-Sí -replicó, sin prestar mucha atención.
-¿Aún sigues pensando en querer salvar esas almas despreciables a costa de tu propia salvación? -Guzmán ni contestó, abrumado por todas sus vidas anteriores- Entiendo.
El silencio volvió a extender sus cortinas, dejándolo aislado de cualquier otra cosa que no fueran sus recuerdos.
Luna y Melania, desconcertadas, miraron a su alrededor. Estaban en una ciudad derruida por la guerra, con bloques de cemento, vigas retorcidas, pintura desconchada y los restos de un vehículo blindado medio enterrado por la nieve.
-¿Qué es todo esto? -gritó Melania, intentando llevar la voz más allá del ruido de combate que llegaba desde el norte.
-No lo... -Luna, de repente, se calló. La sensación de peligro inminente atravesó su delgadez como una descarga eléctrica. Cogió la mano de su hermana y tiró de ella, hacia el interior de un bloque de varias plantas que aún permanecía bastante entero- ¡corre!
El tirón hizo trastabillar el seductor cuerpo de Melania, consiguiendo salvar el equilibrio in extremis. Se refugiaron tras la pared contigua a la puerta. Una sirena se aproximó desde el aire, silenciando cualquier otro sonido de refriega. La explosión las aturdió.
-¿Qué... qué ha pasado?
-Creo que ha caído una bomba -contestó Melania, levantándose con dificultad. Había caído sobre un charco embarrado formado dentro de un agujero. El agua estaba helada.
-¡Estamos en una guerra!
-Eso parece.
-¡Qué frío! -dijo Luna, empezando a tiritar. Buscó algo de abrigo, inconscientemente. Charcos, materiales destrozados, marcas de combate, ratas y oscuridad, y el hedor de la guerra que las abofeteó. En el suelo, tirado boca abajo, un cuerpo yacía inmóvil- Creo que a este no le va a ser de mucha utilidad la casaca.
Con cuidado e intentando tocar lo menos posible del cadáver helado logró quitarle la parte superior del uniforme y se lo puso.
-¿Cómo puedes ponerte eso, Luna? ¡Es de un muerto!
-A él ya no le hace falta. Ahí hay otro, te aconsejo que te tapes o si no vas a morirte de frío -Señaló a otro cuerpo que, doblado sobre sí mismo y ligeramente inclinado hacia la derecha, descansaba junto a la pared-. No seas tan escrupulosa, Mel. Esto es la guerra.
-Pareces muy suelta, hermanita, cualquiera lo diría, con lo aprensiva que eres.
-Ya ves. Mira -levantó una Tokarev. Su uniforme era ruso, al igual que el del otro cadáver.
Melania superó su resistencia a vestir con las ropas de un muerto. Una explosión lejana les recordó que estaban en zona de guerra, hecho que parecía que no acababan de asimilar.
-¿Y ahora qué? -Melania se asustó, al ver a su hermana deslizándose contra la pared hasta acabar sentada-. Luna, ¿qué te pasa?
miércoles, septiembre 17, 2008
Sombras (IX)

-¡Despierta!
Luna palpó con la yema de los dedos índice y medio de su mano derecha aquel cuello alargado buscando algún rastro de pulso sanguíneo. El hecho de encontrarlo la tranquilizó levemente. "No está muerto", pensó. Sin embargo, ella sentía el corazón golpeando con fuerza su cráneo a un ritmo cada vez más acelerado. No sabía qué hacer, no podía contener la ansiedad que empezaba a tomar las riendas de su fragilidad emocional.
-¡Vamos, reacciona!
Le abofeteó.
Se llevó el puño izquierdo a la boca para ahogar un grito que luchaba por salir de su garganta, transformándolo en un mordisco que marcó su mano. Una desagradable sensación de ahogo se apoderó de ella.
-¡Tranquilízate! -se dijo, intentando convencerse de que aquello no podía seguir así. Estaba demasiado alterada para poder pensar con claridad. Había estado temiendo que aquello sucediera desde que empezó a percibir los malos sueños de Guzmán, cuando le explicó en qué consistían la preocupación de que algo malo ocurriera se hizo cada vez más tangible. De un salto se levantó de la cama y miró al radiorreloj. Los números rojos, tan fríos y digitales, le parecieron tan reales, fieles represenaciones del paso del tiempo, que llegaron a herirla. Doce minutos pasaban de las cuatro y media de la mañana. El cambio del doce al trece funcionó como un resorte que activó algo en su cabeza. Pensó en las horas, en los minutos, en el avance inexorable, cíclico, de los números que representaban la linealidad de la existencia y la futilidad que supone atarse al descontrol del no saber qué hacer. En el intervalo correspondiente al minuto catorce las cosas empezaron a volver a su cauce, aunque no logró recuperar la estabilidad. Seguía sin saber qué hacer, sin embargo había podido abandonar la peligrosa senda que lleva al ataque de ansiedad. Volvió a palpar el cuello de Guzmán, continuaba latiendo, eso sí, a un ritmo muy bajo. Continuaba de pie, frente a la cama, iluminada por la escasa luz que lograba filtrarse por la ventana y las cortinas. Respiró profundamente. Decidió intentar algo. Intentó relajarse, vaciarse de pensamientos, liberarse de la carga emocional que bloqueaba su capacidad sensitiva. No tardó en considerar que lo había logrado, más movida por la prisa y la sugestión que por una relajación real. Puso sus manos sobre el pecho del hombre que aparentemente estaba dormido. Se esforzó en no pensar en nada, en dejar la mente en blanco. Cerró los ojos. Controló la respiración, que entre inspiración y expiración duraba cerca de veinte segundos.
-Guzmán -Lo llamó-. ¿Estás ahí? -Nada. Todo era oscuridad.
-¿Guzmán?
El silencio era la única respuesta que encontró. La asaltó la posibilidad de que su mente consciente hubiera sido destruida, quedando aquel cuerpo como un vegetal, en el que únicamente los órganos vitales funcionaban por pura inercia.
-Estoy demasiado nerviosa -se dijo, intentando convencerse de que semejante posibilidad era imposible-. No puede ser eso.
Separó las manos del tibio cuerpo. "¿Realmente está perdido?", dudó. Se negaba a aceptarlo. Decidió intentar contactar con su cuerpo astral una vez más, para ello debía relajarse "de verdad, no como antes". Cogió la silla situada junto al pequeño escritori, la puso cara a la cama y se sentó en ella, dejando caer los brazos sobre las piernas y éstas sin cruzar. Cerró los ojos. Inspiró, expiró, volvió a inspirar. Un pitido la interrumpió. Gritó, asustada. Abrió los ojos, buscando el origen del sonido. Le costó reconocerlo. Había sido el teléfono móvil, avisando que su batería estaba próxima a agotarse. Se levantó y lo cogió, con intención de ponerlo a cargar. Lo mantuvo en su mano, pensativa. "Ella me ayudará". Pensó en su hermana, Melania. Hacía por lo menos un mes que no hablaba con ella, pero era la persona en quien más confiaba. Siempre estuvieron muy unidas, sobre todo después de un extraño suceso que ninguna de las dos podía recordar sino de una forma muy vaga y orínica. Ella, su hermana mayor, su primogénita, sabría que hacer; eso pensó. Buscó su nombre en la agenda del pequeño aparato.
-Aquí está.
Apretó el botón verde, confiando en poder escuchar una voz entre soñolienta y cabreada por haber sido despertada. Sentía que era su única esperanza.
-Vamos... cógelo... Melania...
La melodía hortera, una de esas canciones de moda, de un teléfono móvil invadió la habitación donde una pareja se revolcaba entre las sábanas. La estancia, de colores cálidos, amplia y generosa en detalles, transmitía sin embargo la frialdad del paso constante de diferentes cuerpos, caras y nombres por sus cuatro paredes de suit de hotel de lujo. Sobre la cama la espalda de una mujer rubia, de cabello ondulado y largo, detuvo en seco su movimiento sexual.
-Espera -dijo.
-¿Es tuyo? No lo cojas -contestó el hombre que, bajo ella, la miraba con lujuria y deseo.
-Cállate.
La mujer, de unos treinta años, se separó de su amante bruscamente. Desnuda y con cara de preocupación se dirigó hacia su bolso. El hombre, atónito, no podía creerse lo que estaba pasando. Sus duras facciones contemplaron cómo el voluptuoso cuerpo que hasta hacía un instante estaba sobre él se alejaba en dirección al origen de la cancioncilla que había interrumpido el que, hasta el momento, le había parecido uno de los mejores polvos de su vida. Abrió el gran bolso de la marca Dolce & Gabbana, rebuscó en su interior, acabando por asomarse para poder encontrarlo entre tantas cosas que llevaba dentro. Se sorprendió al ver que, de los dos teléfonos que siempre llevaba encima, el que estaba sonando era el personal, y no el corporativo, como a ella le gustaba llamarlo. El número del teléfono que sostenía en su mano solo lo conocían los familiares cercanos y un grupo muy selecto de personas, y rara vez era utilizado.
El nombre de su hermana ocupaba la pantalla parpadeante del aparato. Lo abrió, preparada para escuchar cualquier cosa.
-¿Acaso estas son horas de llamar? -dijo- Espero que sea importante... -dejó morir la amenaza en el aire.
-¿Pero tú no eras argentina? -denunció el hombre que, desde la cama, había conocido a aquella chica bajo el nombre de Valeria, nacida en Buenos Aires y que, supuestamente, vino para estudiar pero que se quedó enamorada de España y sus varoniles hombres.
-¿Qué ha sido eso? -se oyó desde el altavoz del teléfono.
-Espera, estoy contigo en seguida -contestó Melania, tapando el micrófono con la palma de la mano izquierda y bajándolo. Se giró, mirando hacia el hombre con el que estaba compartiendo lecho- ¿Qué pasa? ¿Acaso te crees todo lo que te dicen?
Entró en el baño, obviando las protestas provenientes de la cama.
-Ya. Dime Luna, ¿qué pasa?
-¿No estarías trabajando?
-Eso da igual, cuéntame por qué me llamas a las cuatro y media de la mañana de un viernes.
-Es Guzmán.
-Ah, ese novio tuyo. ¿Se le ha caído una maceta encima o qué?
-Está mal -intentó que su voz pareciera segura, que no transmitiera la ansiedad que la reconcomía-, no sé cómo explicártelo, es difícil de contar por teléfono. Por favor, ven.
El tono asustado, nervioso, de su hermana declararon que estaba sucediendo algo grave. No dudó en ir a su casa.
-De acuerdo. Voy para allá -y colgó. Salió del baño, contagiada por el nerviosismo de su hermana, buscando la ropa que había caído caprichosa y aleatoriamente sobre el suelo, parcialmente cubierta por la sábana. El hombre, entrado en carnes y peludo, la observaba sentado, con la espalda apoyada contra el cabecero de la cama, mostraba su falta de comprensión ante la situación.
-¿Dónde crees que vas? -exclamó- ¡No puedes irte!
-Tengo un problema familiar, guapo -contestó Melania, intentando apaciguarlo mientras subía el tanga por sus piernas-. Es urgente, he de irme.
-No vas a ir a ninguna parte, he quedado contigo para toda la noche, y aún casi ni hemos empezado -estaba furioso, el deseo sexual mal satisfecho se había convertido en rabia hacia la que hasta hacía poco había considerado como poco menos que una diosa del amor-. Maldita mala puta, ¡mírala, que se cree la reina del mambo, y ni siquiera es argentina!
-A ver, cariño, dos cosas -se ajustó el sujetador sin darle la espalda a aquel hombre. Había pasado por alguna que otra situación similar, y sabía muy bien que, si bien generalmente se quedaban en solo aquello, palabras, más valía prevenir y no perder el contacto ocular con un cliente insatisfecho-. Primero: Lo único que tengo es mi familia, nada es más importante para mí y no voy a dejar que nada me impida estar con alguno de los míos cuando tiene problemas -se ajustó la blusa, cogió el bolso, los zapatos y se dirigió hacia la puerta-, y segundo: ¡la tienes pequeña, follas de pena y encima hueles mal! -exclamó, desahogándose.
Con los tacones en la mano se dirigió hacia el ascensor, pensando en el camino más rápido para llegar a la casa de su hermana, en pleno barrio del Carmen.
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