
La vieja Margot, fumando en un portal
aun recuerda sus años de Carnaval,
ser el centro de miradas y pasiones
en un tiempo de encorsetadas emociones
Pensaba en la copa de vino vacía
esperando el saludo de un nuevo día
entre hoteles y camas de matrimonio,
secretos de hombres de gran patrimonio.
Innumerables besos generosamente
desperdiciados desesperadamente
buscaba hallar en el amor de entrepierna
algo que hiciera hervir su alma eterna.
Se recuerda bailando sola en la pista,
acto único y central de la revista,
seduciendo con sus ojos de hielo
desde la nube gris de terciopelo.
Rememora, sentada,
la belleza destronada,
su época dorada
de amantes sin amor.
Con los dedos abrasados
por cigarros olvidados,
es la princesa sin soldados
y la marchitada flor.
Los años fueron pasando, y los sueños
mudaron en pesadillas de mil dueños.
Vive alquilada en la pensión Indigencia,
cerca del río, calle indiferencia.
Pasó de acariciar torsos a pedir
clemencia entre gentes de mal vivir,
Con suerte alguien logra reconocerla
pero, ¡ay! que a veces es mejor no verla.
Los que antes eran caldos de Borgoña
hoy son de Don Simón, y es la ponzoña
de las noches sin luna la que envenena
su corazón consumido por la pena.
Y hoy la vieja Margot, sombra de ella misma,
reina exiliada en una marisma,
viviendo de cabeza cuentos sin fin
y agitando la quijada de Caín.
Rememora, sentada,
la belleza destronada,
su época dorada
de amantes sin amor.
Con los dedos abrasados
por cigarros olvidados,
es la princesa sin soldados
y la marchitada flor.
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(Imagen extraída de: ELPAÍS.com)