no quería tener resaca
sí saber tu nombre
que me mirases
descubrir que olvidé
la puerta abierta
no encontrármela
ya cerrada
pero la tengo
te has marchado
te busco con la mirada
en silencio
-no voy a gritar
cuando de mi garganta
solo salen gorgoteos-
inútilmente
mi cerebro entumecido
lo sabe:
dijiste que te ibas
quise entender
que volverías
ni siquiera te busqué
apareciste ante mí
volaste cuando
te dio la santa gana
aún te recuerdo
con tu vestido blanco
He vuelto.
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domingo, noviembre 07, 2010
lunes, julio 19, 2010
domingo, marzo 14, 2010
tres horas
cuando duermes tres horas
en cincuenta
las palabras se convierten en herraduras
y las herraduras en nudos
y no sé qué es peor
alguien le cantó a la magdalena festa plena
¿por qué ayer fue diferente a hoy?
no lo sé
no lo puedo saber (sí quiero, sin embargo)
quiero pensar que es el sueño el que me hace tener
los ojos cerrados.
no es eso, ¿a quién quiero engañar?
nada tiene que ver ella, o que siempre
que la veía apareciera acompañada
por alguien.
pero me cuesta tanto tener los ojos abiertos
como si dios no quisiera
su contacto
la vida es cruel
como todo
en cincuenta
las palabras se convierten en herraduras
y las herraduras en nudos
y no sé qué es peor
alguien le cantó a la magdalena festa plena
¿por qué ayer fue diferente a hoy?
no lo sé
no lo puedo saber (sí quiero, sin embargo)
quiero pensar que es el sueño el que me hace tener
los ojos cerrados.
no es eso, ¿a quién quiero engañar?
nada tiene que ver ella, o que siempre
que la veía apareciera acompañada
por alguien.
pero me cuesta tanto tener los ojos abiertos
como si dios no quisiera
su contacto
la vida es cruel
como todo
domingo, enero 03, 2010
respiración
Acelero y escucho cómo el motor responde con su ronroneo agresivo. Atrona Megadeth en la radio del coche (gracias Tanya, nunca le presté atención al señor Mustaine hasta que apareciste tú con tu verborrea y tu sexo latinoamericano) mientras miro de reojo el reloj. Las dos de la mañana. Y no hay nadie en la ciudad, está todo desértico tras la orgía politoxicómana anticrisis de pocos días antes. Porque ya estamos en dos mil diez y durante un día aquí no ha pasado nada. Miro de reojo el reloj, mientras mantengo mi atención en las señales de la carretera que me indican mi destino, pero no estoy ahí, es sólo conducir. Mi cerebro, mi condenado y cada vez más desgastado cerebro hambriento de silencios con olor a cuerpo femenino y preso de sí mismo; quiere respuestas.
Lo único que se me ocurre es: respiración. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Respiración. Es, quizá, la forma de escapar de uno mismo, de hacer caer la cerradura. Mientras pienso en la respiración no pienso en todo lo demás que me suele rondar por la cabeza, y que, joder, no es yo. Lo noto cuando busco frases, como la primera, o segunda, o la última que escribí ayer. La buena, la que lo domina todo, la que alfa-omega el texto, nace tras respirar, y luego ¿por qué contengo la respiración si sé que esa frase ya ha pasado al olvido y lo único que queda es la humedad de las gotas de rocío que tuve por unos segundos en las palmas de mis manos temblorosas? Creo que es eso, pienso en anotarlo pero cuando lo haga estaré en casa y me habré olvidado, dejando tan solo un resquemor de 'idea buena perdida', con un 'otra puta vez' delante, detrás, en medio, sobre, bajo, antes y después de. Yo no respiro. Yo tomo oxígeno, el necesario para sobrevivir, y echo el dióxido de carbono sobrante, como la máquina biológica que soy. Y analizo los aromas, y recuerdo la rubia a la que le dejé el coche la otra noche salvándole la vida como ella misma dijo, y me imagino su olor, sus olores. Me obsequio una sonrisa forzada: no estaba mal la muchacha.
Soy una puta máquina que no sabe vivir, por mucho que diga en mi carné de identidad que nací y que estoy vivo. Y todo porque no respiro, por tanto: ¿qué exhalo? Nada. Ruedo de inercia como siempre he hecho, contra una pared. Tomo una rotonda y mi cerebro viaja a uno de los mapas multijugador del Half-Life en una partida arruinada por el lag, donde los personajes aparecen corriendo contra la pared, o en el aire en perpetuo e inútil movimiento. Así soy yo, víctima de la latencia bajocero porque no sé respirar, y otra rotonda.
Seguramente ésa sea una buena respuesta a la pregunta. No lo sé, y mientras atravieso el siguiente pueblo asumo lo que hay, que lo olvidaré y seguramente en otro momento volveré a recordarlo o a llegar a una conclusión similar, y me arrancaré una sonrisa falsa recordando otra chica y lo que pudo ser y no fue porque no respiro.
¿Pero por qué quiere respuestas?
¿Qué respuestas quiere oír?
No lo sé.
Soy una puta máquina que no sabe vivir, por mucho que diga en mi carné de identidad que nací y que estoy vivo. Y todo porque no respiro, por tanto: ¿qué exhalo? Nada. Ruedo de inercia como siempre he hecho, contra una pared. Tomo una rotonda y mi cerebro viaja a uno de los mapas multijugador del Half-Life en una partida arruinada por el lag, donde los personajes aparecen corriendo contra la pared, o en el aire en perpetuo e inútil movimiento. Así soy yo, víctima de la latencia bajocero porque no sé respirar, y otra rotonda.
Seguramente ésa sea una buena respuesta a la pregunta. No lo sé, y mientras atravieso el siguiente pueblo asumo lo que hay, que lo olvidaré y seguramente en otro momento volveré a recordarlo o a llegar a una conclusión similar, y me arrancaré una sonrisa falsa recordando otra chica y lo que pudo ser y no fue porque no respiro.
domingo, noviembre 30, 2008
16 del 30.6

El placer que provoca desmontar
la cabeza, neurona a neurona,
y reconstruirla dejándolo todo
del revés es algo que... joder...
me faltan las palabras...
es una sensación tan extraña...
Sí, ya sé, la agonía
sigue estando ahí, pero las canciones
suenan diferentes. Algo falla.
Es como si yo no fuera yo.
Es como si enredaderas de notas
subieran por mis sienes, creando mosaicos
tan coloridos...
tan dolorosos...
Subo el volumen, el corazón me late
al ritmo de dieciséis balas
del calibre treinta punto seis;
dieciséis balas que me agujerean,
que me hacen comprender que las cosas
son siempre iguales, todas
ellas, salvo matices,
lo único que
difiere es la profundidad
de la resaca.
jueves, julio 24, 2008
Chocolate con churros

Chocolate con churros
a las siete de la mañana.
No he dormido.
Tomo notas sueltas
en la servilleta
de un viejo bar.
Chocolate con churros
mezclados con whiskey
y bilis,
y jugos gástricos,
y dolor geriátrico.
Gritos y una pelea,
mareo,
risas y cefaleas.
Chocolate con churros,
lápida de cementerio
de calaveras y truhanes,
de temor a la resaca,
a las horas estancadas.
Bostezos, párpados que no
responden.
Frases cortas, sí, no.
Sonrisas satisfechas
en las caras de los camaradas
de viejas guerras,
de nuevas trincheras.
Otra noche dedicada
a intentar olvidar,
a tener algo que recordar.
Nada.
¿Y aquella morena?
Serpiente de insinuante cadera.
¿Y la rubia ártica?
La única que me aguantó:
aquella encerrada en un crital.
Al menos no...
lunes, junio 30, 2008
Seis, cinco, nueve, etc
Miró fijamente el número de teléfono que, escrito sobre un trozo de papel mal arrancado, dormía boca abajo encima del recibidor junto a la cartera, las llaves, el móvil que la noche anterior cayeron casi aleatoriamente ahí.
No podía recordar su nombre.
Todo era resaca a su alrededor. Los colores estaban apagados, filtrados por unos ojos que apenas reaccionaban a la tenue luz que llegaba desde la ventana entreabierta de la habitación del fondo. ¿Casandra? ¿Ana? ¿Aurora? ¿Eran las tres la misma persona? ¿Hermanas? Recordó un bolígrafo minúsculo, de esos de agenda, escribiendo sobre una hojita; Seis, cinco, nueve, etcétera. Era rubia, aquello sí pudo visualizarlo. No muy alta, y de facciones suaves aunque brillantes por el fuego etílico que encendía sus mejillas desde dentro.
Le iba a estallar la cabeza.
Apenas podía retener un pensamiento medianamente lógico entre las paredes craneanas. Tan solo una estúpida idea recuerrente: no supo por qué acababa sacando números de teléfono de mujeres más o menos jóvenes cuando en la cama de matrimonio le esperaba su fiel y consentidora esposa, amante voluntariosa y generosa en el sexo. No sabía por qué nunca destruía esos números, por qué no los borraba del teléfono móvil cuando era el soporte elegido. Las escapadas eran por diversión, las consecuencias inesperadas siempre mal recibidas. Sin embargo ese número había atrapado su atención, mezclándola con todo lo pasado unas pocas horas antes (algo que habitaba más en el subconsciente que en otras zonas de su memoria). Era la resaca. La resaca lo era todo. Miró la hora en la pantalla brillante del Nokia: las doce pasadas. Apenas había dormido tres horas. Marcó el número.
Los pitidos recurrentes del aparato bailaron en su tímpano, atravesando el cerebro hasta estamparse en la pared. Tono a tono se fueron formando palabras, un concepto: "cu-el-ga ya i-dio-ta. No se-as gi-li-po..." No lo entendió, mucho exigía el teléfono para lo que podía comprender.
-¿Sí? -Aquella voz, casi un susurro, le sorprendió. Sonaba a último aliento de vida en el valle de los muertos. El timbre era extraño, suave, no sonaba a mujer.- ¿Sí? -Repitió, con mayor fuerza. Confirmado: el cincuenta por ciento de aquella voz era de varón, el resto era un despojo vocal dañado por los excesos tóxicos de una larga noche.
Goteaban las preguntas resinosas, que si era su hermano, su novio, algún compañero de piso. Este último le convenció. Se arriesgó asignándole un nombre de aquellos que recordaba. Casandra. El resto era demasiado habitual.
-¿Está Casandra? -preguntó, temeroso. Unos pocos segundos de silencio se alargaron hasta casi competir con el infinito.
-Sí, soy yo. ¿Eres Orlando?
Se le heló la sangre. Era la misma voz, pero forzada. Afeminada.
Se puso lívido. Un carraspeo llamó su atención. Era agosto, aún así le costó descartar a Papá Noel como el origen de aquel sonido, pensó, tan desagradable. Solo había otra persona en aquella casa, seguramente acababa de escucharlo todo. Y no parecía muy contenta.
No podía recordar su nombre.
Todo era resaca a su alrededor. Los colores estaban apagados, filtrados por unos ojos que apenas reaccionaban a la tenue luz que llegaba desde la ventana entreabierta de la habitación del fondo. ¿Casandra? ¿Ana? ¿Aurora? ¿Eran las tres la misma persona? ¿Hermanas? Recordó un bolígrafo minúsculo, de esos de agenda, escribiendo sobre una hojita; Seis, cinco, nueve, etcétera. Era rubia, aquello sí pudo visualizarlo. No muy alta, y de facciones suaves aunque brillantes por el fuego etílico que encendía sus mejillas desde dentro.
Le iba a estallar la cabeza.
Apenas podía retener un pensamiento medianamente lógico entre las paredes craneanas. Tan solo una estúpida idea recuerrente: no supo por qué acababa sacando números de teléfono de mujeres más o menos jóvenes cuando en la cama de matrimonio le esperaba su fiel y consentidora esposa, amante voluntariosa y generosa en el sexo. No sabía por qué nunca destruía esos números, por qué no los borraba del teléfono móvil cuando era el soporte elegido. Las escapadas eran por diversión, las consecuencias inesperadas siempre mal recibidas. Sin embargo ese número había atrapado su atención, mezclándola con todo lo pasado unas pocas horas antes (algo que habitaba más en el subconsciente que en otras zonas de su memoria). Era la resaca. La resaca lo era todo. Miró la hora en la pantalla brillante del Nokia: las doce pasadas. Apenas había dormido tres horas. Marcó el número.
Los pitidos recurrentes del aparato bailaron en su tímpano, atravesando el cerebro hasta estamparse en la pared. Tono a tono se fueron formando palabras, un concepto: "cu-el-ga ya i-dio-ta. No se-as gi-li-po..." No lo entendió, mucho exigía el teléfono para lo que podía comprender.
-¿Sí? -Aquella voz, casi un susurro, le sorprendió. Sonaba a último aliento de vida en el valle de los muertos. El timbre era extraño, suave, no sonaba a mujer.- ¿Sí? -Repitió, con mayor fuerza. Confirmado: el cincuenta por ciento de aquella voz era de varón, el resto era un despojo vocal dañado por los excesos tóxicos de una larga noche.
Goteaban las preguntas resinosas, que si era su hermano, su novio, algún compañero de piso. Este último le convenció. Se arriesgó asignándole un nombre de aquellos que recordaba. Casandra. El resto era demasiado habitual.
-¿Está Casandra? -preguntó, temeroso. Unos pocos segundos de silencio se alargaron hasta casi competir con el infinito.
-Sí, soy yo. ¿Eres Orlando?
Se le heló la sangre. Era la misma voz, pero forzada. Afeminada.
Se puso lívido. Un carraspeo llamó su atención. Era agosto, aún así le costó descartar a Papá Noel como el origen de aquel sonido, pensó, tan desagradable. Solo había otra persona en aquella casa, seguramente acababa de escucharlo todo. Y no parecía muy contenta.
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