la miro, vacío, a los ojos,
y veo que está muerta.
y me dice: 'hola'
pero está muerta.
sus gestos son pesados,
su voz cadenciosa
pero rota
rota por los golpes por las palabras
rota por la tumba a la que entró
voluntariamente.
treinta y ocho años
y diez mil de resto humano.
y aún guarda la foto del verdugo
en la pared, tras ella, coronándola,
y la lleva siempre encima
aunque esté desnuda
porque está muerta
y solo recuerda la foto