He vuelto.

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martes, marzo 16, 2010

Fantasma

(¡ya escribiré sobre los conciertos!)

Mentiría si dijera que me lo esperaba. Si por un solo instante esa idea se hubiera afincado en mi cabeza. No, aquello fue como un puñetazo en toda la boca, arrancándome de un solo golpe la extraña idealización en la que el tiempo había convertido mi infancia. No lo reconocí: estaba sobre el escenario, aporreando una mala guitarra de propiedad ajena con más alcohol en mi cuerpo del que debería y con un incipiente cabreo porque la organización nos estaba diciendo que quitáramos canciones porque no entrábamos dentro del tiempo. El escenario situado junto a la pared del fondo del centro social okupado dominaba la estancia y subido a él podía ver la gente que nos miraba, los pocos que bailaban. Era como mirar el pálido reflejo de un pasado mejor. Salvo unos pocos amigos que habían venido a vernos expresamente la mayoría del resto eran fantasmas. Y entonces se me acercó uno de ellos.
Me dijo algo pero entre el ruido, la borrachera, los nervios y que su boca estaba al mismo nivel que mis pies no logré entenderlo. El tío me sonreía, creo que me preguntó por el nombre del grupo, pero no estoy seguro. Maldita sea, quizá eso fue otro de los que se me acercaron. Me incorporé porque a las canciones no les gusta esperar, y vi cómo se alejó. Me fijé en él: clásico chándal de yonqui azul de esos que encierran la cabeza tras una capucha, pómulos marcados, ojos hundidos, piel clara, ojos marrones, alto.
Había visto esa cara antes. Muchas veces.
Me quedé helado. Seguimos tocando, pero ya no era lo mismo. Lo miraba, y me sonrió cuando se dio cuenta de que lo había reconocido. Había perdido las ganas de continuar, tan solo quería hablar con él, saber qué le había pasado para acabar así -aunque su aspecto hablaba por sí solo-, tan destruido. La última vez que le vi fue en una manifestación en contra de una guerra ilegal, pero estaba demasiado lejos y no pude alcanzarle. La otra fue durante 4º de la ESO, en el colegio. Ahora tengo veinticinco años.
Dos canciones después se me acercó. Nos saludamos correctamente. Una chispa de emoción encendió sus ojos muertos, seguramente la primera en mucho tiempo. Le miré y supe que gracias a que me vio había retrocedido todos esos años hasta el momento en el que hablamos por última vez. En clase se sentaba a mi lado, al final de nuestras respectivas filas (éramos unos cuarenta, hacinados como jubilados en la caja de ahorros el día de paga de la pensión) y hablamos mucho. Realmente él hablaba y yo escuchaba, demasiado sumergido en mis esfuerzos por seguir las clases impartidas por unos profesores incompetentes y de letra jeroglífica. Los baquetazos de Javi me devolvieron a la realidad: estaba en medio de un concierto.
Acabó el concierto, y empezamos a llevar el equipo a la furgoneta. Fuera hacía frío. Llevé lo más rápido posible el pesado amplificador al vehículo. Lo dejé y me giré, quedándome a hablar sobre lo mal que me habían salido muchas de las canciones y lo vi caminando a lo lejos, en dirección a la nave. Grité su nombre. Se giró. Caminé en su dirección, haciendo él lo mismo. Lo miré a los ojos: no había duda, era él. Misma voz, mismos rasgos, misma altura (siempre fue alto, altísimo, metro noventa tranquilamente). Mismos ojos, pero muertos. Enterrados. Nos abrazamos. Era todo hueso debajo de las capas de ropa.
Me dijo que supo que no le había reconocido, algo normal después de tanto tiempo y por lo demacrado que estaba. No contesté. Tenía razón, estaba demacrado: un fantasma del ayer. De lo que fue. Sonreía, sorprendido por haberme visto. Lo último que se imaginaba, dijo, fue que me vería tocando la guitarra en un grupo de punk-hardcore. Cuando me preguntó cómo había llegado ahí le dije lo que le digo a todo el mundo: que sinceramente no lo sabía. Que llevaba dos años en el grupo tocando la guitarra y que poco a poco iba aprendiendo. Me dijo que me vio muy suelto y que le gustaron las canciones. Sonrió. Sus ojos hundidos tras los pómulos me impresionaban. Tenía veinticinco años y aparentaba millones. Me acordé de Yonqui, el libro de William Burroughs, y sentí asco por haber sentido curiosidad por las drogas. Luego recordé lo que había escrito el americano, su forma aséptica y casi científica de definir la adicción, y sentí una pena infinita por el que fue durante años mi colega y amigo. La heroína como forma de vida. Nada más -ni siquiera deseo sexual-. Me lo imaginé pinchándose la vena, y cómo aguijonazo tras aguijonazo iba asesinándose un poco más. Lo tenía todo: era listo, con chispa, siempre hablando de ideales, de revolución; y encima se llevaba a las niñas de calle: era mi opuesto. Lo admiraba. Y ahora estaba muerto.
Le pregunté si estaba metido en el centro social okupado, y me dijo que no, antes sí, pero que ahora estaba viviendo en la Serratella de la recogida de naranja en una casa que le habían dejado y que no sabía cuánto tiempo podría seguir viviendo allá. Eso no está lejos de aquí, y hace cosa de un par de años decidí explorar la zona con unos amigos. En una zona hay unas cuantas viejas alquerías abandonadas, con las paredes llenas de pintadas en idiomas extraños y escombros limpios. Quizá le habían dejado una de ésas. Eso es lo que te da la droga, pensé. Lo único. Nada.
Me pidió que le avisara para el próximo concierto que diéramos. Tengo su número de teléfono. Le llamaré cuando toquemos, si volvemos a tocar por aquí. Así podré volver a ver el fantasma de lo que queda de mi amigo.

domingo, enero 03, 2010

respiración

Acelero y escucho cómo el motor responde con su ronroneo agresivo. Atrona Megadeth en la radio del coche (gracias Tanya, nunca le presté atención al señor Mustaine hasta que apareciste tú con tu verborrea y tu sexo latinoamericano) mientras miro de reojo el reloj. Las dos de la mañana. Y no hay nadie en la ciudad, está todo desértico tras la orgía politoxicómana anticrisis de pocos días antes. Porque ya estamos en dos mil diez y durante un día aquí no ha pasado nada. Miro de reojo el reloj, mientras mantengo mi atención en las señales de la carretera que me indican mi destino, pero no estoy ahí, es sólo conducir. Mi cerebro, mi condenado y cada vez más desgastado cerebro hambriento de silencios con olor a cuerpo femenino y preso de sí mismo; quiere respuestas.
¿Pero por qué quiere respuestas?
¿Qué respuestas quiere oír?
No lo sé.

Lo único que se me ocurre es: respiración. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Respiración. Es, quizá, la forma de escapar de uno mismo, de hacer caer la cerradura. Mientras pienso en la respiración no pienso en todo lo demás que me suele rondar por la cabeza, y que, joder, no es yo. Lo noto cuando busco frases, como la primera, o segunda, o la última que escribí ayer. La buena, la que lo domina todo, la que alfa-omega el texto, nace tras respirar, y luego ¿por qué contengo la respiración si sé que esa frase ya ha pasado al olvido y lo único que queda es la humedad de las gotas de rocío que tuve por unos segundos en las palmas de mis manos temblorosas? Creo que es eso, pienso en anotarlo pero cuando lo haga estaré en casa y me habré olvidado, dejando tan solo un resquemor de 'idea buena perdida', con un 'otra puta vez' delante, detrás, en medio, sobre, bajo, antes y después de. Yo no respiro. Yo tomo oxígeno, el necesario para sobrevivir, y echo el dióxido de carbono sobrante, como la máquina biológica que soy. Y analizo los aromas, y recuerdo la rubia a la que le dejé el coche la otra noche salvándole la vida como ella misma dijo, y me imagino su olor, sus olores. Me obsequio una sonrisa forzada: no estaba mal la muchacha.
Soy una puta máquina que no sabe vivir, por mucho que diga en mi carné de identidad que nací y que estoy vivo. Y todo porque no respiro, por tanto: ¿qué exhalo? Nada. Ruedo de inercia como siempre he hecho, contra una pared. Tomo una rotonda y mi cerebro viaja a uno de los mapas multijugador del Half-Life en una partida arruinada por el lag, donde los personajes aparecen corriendo contra la pared, o en el aire en perpetuo e inútil movimiento. Así soy yo, víctima de la latencia bajocero porque no sé respirar, y otra rotonda.
Seguramente ésa sea una buena respuesta a la pregunta. No lo sé, y mientras atravieso el siguiente pueblo asumo lo que hay, que lo olvidaré y seguramente en otro momento volveré a recordarlo o a llegar a una conclusión similar, y me arrancaré una sonrisa falsa recordando otra chica y lo que pudo ser y no fue porque no respiro.

miércoles, julio 01, 2009

La primera

No sabía lo que quería, tampoco quería lo que sabía ---se dijo mientras miraba el pequeño espejo con restos de cocaína situado sobre la mesilla de noche, más allá del cuerpo que dormía bocaabajo caprichosamente cubierto por una sábana---. Solo cuando despertaba y antes de la primera dosis la voz de su consciencia, muy similar a la de su padre, le recordaba el caos en el que se había convertido su vida. Tenía que acallarla. No dudó en aplastar con sus manos a la mujer dormida ---como se entere su novio me mata, pensó--- que respondió con un grito.

-¿Qué quieres, gilipollas?

lunes, noviembre 17, 2008

Hiperconsciencia


La sensación de superioridad,

de seguridad,

el saberse inmortal, inalcanzable

por el caprichoso dedo del destino,

hace que mi corazón aúlle.

La inconsciencia.

La hiperconsciencia.

Los deseos esparcidos queman sobre las

sonrisas

de todas las complacientes señoritas

de compañía,

interesadas por algo que creen,

una ilusión tan fácil de construir.

Seducción.

La velocidad en la cara,

las luces huyendo, la luna tras la

lluvia más allá de la luna.

La música late a todo volumen.

La química corre desbocada en la cabeza.

Todo soy yo. Yo soy todo.

Una rubia de mil nombres

busca algo en mi piel. Sé qué es.

Tengo cocaína en la clavícula.

Su nariz... la desea.

Yo la deseo.

Acelero.

Esta noche me la follaré

con el corazón en la garganta.

-Te quiero -miente.

Su mano desciende por mi pecho...

...me busca.

Dos cadáveres, dos muertos.

Dos animales llevados por la pasión.

Acelero.

Espero que Mefistófeles

no se acuerde de mí esta noche.

lunes, julio 07, 2008

En nombre de Dios

La nada se columpiaba suavemente entre las horas observadas por un viejo vagabundo que dormitaba junto a la puerta de la iglesia del pequeño pueblo de interior. El hogar de Dios, sólido edificio de estilo románico tardío, presidía la plaza, dejando el resto de los edificios esparcidos según una absurda circunferencia en un segundo plano. El reloj del campanario recordó que el tiempo seguía pasando, más concretamente acababa de morir la tercera hora de aquel siete de julio, San Fermín. El tañer de las campanas se esparció por toda la localidad, pudiéndose escuchar en aquella clara y despejada noche hasta en las granjas de gorrinos que salpicaban el término municipal.
Los campanazos le despertaron. Miró la hora, refunfuñó algo y se levantó. Tenía una leve resaca, consecuencia de intentar llevar al olvido algo que nunca había podido superar. Nada le había ayudado. No podía arrancar de su cabeza aquel suceso. Estaba frente al arco de la puerta, donde una inscripción tallada en la piedra recordaba su sagrado significado. Y a él su pasado. Lo había intentado, lo había abandonado todo pero siempre acababa en ese mismo lugar.
Era su penitencia.
Llevaba doce años viviendo en esas calles empedradas, lejos de donde ocurrió todo aquello. Físicamente lejos, en su memoria ayer. Muchas veces estuvo a punto de conseguir superarlo, muchas veces lo intentó y de muchas formas, desde alcohol hasta un intento de suicidio. Y cuando estaba a punto de enterrarlo todo su amígdalase estremecía y le devolvía a la realidad, al ciclo de vida que supone el arrepentimiento y la pesada cadena que tenía que arrastrar: la fe.
Nunca le contó aquel suceso a nadie. Nunca lo reveló, pero aquella noche era diferente. Sentía el impulso de decírselo a alguien; pero no alguien normal, el elegido sólo podía ser una persona: Dios. Por eso estaba ahí, esa necesidad recurrente le impedía alejarse. Escuchó algo moverse a sus espaldas. Se giró y vio una extraña figura que refractaba la luz de las farolas dejándolo todo en una miríada de tonos entre violeta y azul nocturno. Reconocía el perfil: era la estatua que presidía la plaza, un homenaje a los campesinos que se levantaron en rastrillo contra los franceses en la Guerra de Independencia.
-¡Pero si usted es un montón de piedra! -dijo el vagabundo que, sorprendido y totalmente fuera de sí por el impacto que supuso ver aquel viejo labriego al que tanto le había hablado cobrar vida.
-Estás equivocado, como puedes comprobar por ti mismo.
Se acercaron y el vagabundo tocó su mano. Era de carne y hueso. Luego sus ropas. Era real. Se fijó que era bizco, con uno de los ojos le atravesaba y el otro estaba fijo en el gran crucifijo de piedra que adornaba la pared del templo, sobre la puerta metálica. Eso sí, le sorprendió aquel tacto frío, helado. Como a muerto.
-Ya sabes quién me ha enviado. Estoy aquí para escuchar tu confesión.
-Pero... -dudó.
-Llevas años pidiéndole que te escuche. ¿Qué más necesitas saber? Haz caso a tu corazón.
Se turbó por aquella valentía que había supuesto, para él, devoto cristiano, dudar de un enviado de Dios y del mismísimo Padre. Bajó los ojos, no podía soportar la visión de aquella figura ancestral.
-Sí...
-Ahora habla.
Aquellas dos palabras sonaron como un disparo en su cabeza. El dolor autoinfligido pasó, y se convirtió en un mero expectador de aquel diabólico suceso.
-Antes de que ocurriera aquello yo era sacerdote en una iglesia de barrio obrero en el extrarradio de Madrid. Un buen día, el obispo me llamó. Quería verme. Me citó para esa noche.
Se desmoronó al recordar aquella conversación. Su piel se erizó y su voz quebró en mil lágrimas.
-Me llevó a su habitación con la excusa de hablar sobre la fe en los barrios de ladrillo rojo. Aquello me extrañó, pero claro, era el obispo. Me dió vino -continuó, casi susurrando e interrumpiendo el monólogo constantemente por la falta de voluntad para seguir- y perdí el control. Según me enteré después le había metido algo raro a la bebida. En aquella época era joven y guapo. Empezó a quitarme la ropa, no pude hacer nada para evitarlo. No sé de dónde salió aquel niño, pero parecía también drogado, o quizá ido. A aquel viejo le excitaba ver cómo otros lo hacían con menores. Al final acabé en medio, el niño frente a mí y el semen del prelado perlando mi espalda como un ungüento diabólico.
-Tú no tuviste la culpa -contestó la estatua encarnada.
-Pude haberlo evitado. Me dejé llevar, me poseyó el infiltrado infernal, ese anticristo antropófago, alimentado de degeneración y pecado.
-No pudiste. No fue cosa del Diablo, sino que fue un designio de Dios.
El mendigo abrió los ojos, desorbitándolos.
-¿Cómo?
-Algún día lo entenderás.

Abrió los ojos. La potente luz le cegaba. No tenía ni idea de qué hora era, tanta intensidad lumínica le desorientaba. Tras habituarse a esta reconoció el lugar. Eran las blancas y acolchadas paredes del hospital psiquiátrico donde le habían encerrado doce años antes, después de haber perdido el juicio y ganado una amnesia tras un fortísimo shock que había producido secuelas crónicas y sin posibilidad de recuperación.
O eso decía el informe psiquiátrico de aquel hospital propiedad de una orden dependiente del obispado.

lunes, junio 23, 2008

Sélène

Hoy me he vestido de gala para asistir a mi propio funeral. En él no hay flores ni plañideras, sino vasos de cristal rotos que gracias a los rayos de luz que caen con fuerza (son las tres de la tarde y parece que le ha dado por jugar fuerte a ese cabrón al que tantos y tantos han adorado como un Dios) entretejen destellos que no me dejan abrir mis enrojecidos ojos. Y encima me he dejado las gafas de sol.

Miro a mi alrededor, escrutando como puedo las caras de los transeúntes que se arrastran bajo estos cuarenta grados largos. A nadie le importa que esté tirado en esta silla, intentando mantenerme medio erguido, y bebiendo mate (sí, uno tiene sus vicios de bohemio repelente con sello de importación) ya a temperatura ambiente después de tantas horas preparado y pegado a mi mano derecha. No hago nada más que pensar en todo lo pasado anoche con Sélène, la rubia francesita menor de edad. En cómo la follé. En su cuerpo desnudo, poseído por un demonio sexual bajo los efectos de las drogas y el alcohol. Tengo el cuerpo lleno de marcas de dientes y moratones. Tan estirada que parecía. La verdad es que esas son las mejores. Se reprimen tanto que cuando alguien consigue romper su coraza liberan tal energía que podría derretir los polos con tan sólo una mirada.

"¡Sí, fóllame! ¡fóllame como solo tú sabes!" Repetía sin cesar. Y yo claro, no sé decir que no a una dama. Y tanto la follé que, antes de hacer que alcanzara el orgasmo número no-se-cuantos paré. Me había aburrido de ella. "Sélène, tú y tu melena rubia me cansáis". Me separé violentamente de su cuerpo con la energía que da la mezcla reactiva de varias sustancias ilegales con la sangre. Me miró estupefacta, me insultó y se cagó en mis muertos por haberle jodido el polvo y, por extensión, la noche. Una descarga eléctrica atravesó mi cerebro, me levanté, me vestí y me fui de su casa. Aquella no fue la primera vez que hacía algo parecido con ella. Había algo en nuestra relación que, cuando estaba colocado y después de mil horas compartiendo algo más que unas sábanas (o mesa, o asiento de atrás, o...) saltaba y me obligaba a abandonarla.

Ahora estoy chupando aire húmedo con regusto a yerba. En una mano la calabaza y en la otra el teléfono móvil. Sélène me ha llamado hace cosa de una hora. Tenía la voz llorosa y me dijo algo sobre que estaba harta de mis juegos y que le dejara los orgasmos a mitad. Que hasta ahora había sido una niña estúpida y siempre me lo perdonaba. Ahora no. Me había dicho que no quería volverme a ver. No sé qué creer, no era tampoco la primera vez que acababa perdonándome. Esto es una mierda, cada vez que me posee el demonio de la droga me transformo en algo que no soy yo: salvaje y mutable, bien puedo amar la creación de Dios como puedo querer convertirla en cenizas psicotrópicas. El problema es que la amo. Si no fuera por eso seguramente ni me preocuparía de qué puede pensar; o por qué, como estoy a punto de hacer, voy a llamarla intentando convencerla para que me perdone.

Tengo su número en la pantalla pero no me decido a apretar el botoncito verde para intentar hablar con ella. ¿Vale la pena? Ahora es el Sol quien azota mi cabeza. No me deja pensar bien. Siempre acabo en este mismo banco bebiendo de un pequeño recipiente que siempre llevo en el coche. Y con resaca. Soy plenamente consciente que esta relación, esta historia, no tiene ni pies ni cabeza, mucho menos sentido; aún así soy un adicto a ella y no puedo detenerla. No soy fuerte y no quiero luchar contra mis más bajos instintos, todos ellos representados por la blanquísima y rasurada piel de Sélène.

La preciosa francesita de nombre Sélène. Lolita deshumanizada.

Escucho su delicada voz, está cansada y debilitada por la falta de sueño. Creo que ya se le ha pasado el enfado. Cada palabra que le suelto es un clavo más en mi ataúd, soy consciente de ello. Pero la amo.

-Sélène, escucha...


Dentro de una hora volveré a estar, otra vez, desquiciándome entre sus piernas. Qué suicida puede ser el amor.