Aprovechando que no puedo dormir (maldito resfriado, que Dios haga que arda Valencia en una orgía de llamas sin fin, así hará calorcito y nadie más sufrirá esta tortura nasal) me han estado llegando algunas frasecitas a la cabeza:
1. El creativo trabaja con consecuencias para generar causas, y el competitivo trabaja con causas para crear consecuencias.
2. (Pensando en ciertos medios de comunicación) Llamar a una broma como censura o intento de destruir la libertad de expresión es como cuando un negro llama racismo a las quejas de las viejas cuando se cuela en la cola del mercado.
He vuelto.
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martes, septiembre 16, 2008
jueves, junio 19, 2008
El universo en un punto entre mi garganta y el punzón
Hay momentos en los que todo el universo, el tiempo y el espacio quedan reducidos a un único punto. Momentos en el que los cinco sentidos desaparecen: los ojos no ven, los oídos no oyen y la piel, bueno, la piel sí. Ahí está, sobre ella el punto previo al Big Bang, justo en el microscópico espacio entre la epidermis que cubre mi nuez y la punta del punzón del ladrón que me está amenazando con atraversarme el gaznate si no le doy la cartera.
Mi corazón late a diez mil pulsaciones por minuto, sin embargo tengo la impresión de que entre un latido y otro pasan horas. El punzón, de unos cinco centrímetros, se hunde en mi carganta. Me cuesta respirar. Tengo todos los músculos en tensión y la mirada perdida, no está fija en ningún punto concreto del cuerpo de mi enemigo. Es un pobre yonqui, de esos desesperados por un pico: una bomba de relojería. Este es de los más peligrosos que hay ya que no tiene nada que perder. No sé por qué me metí por un callejón como éste, la luz de las farolas es tenue cuando no inexistente, y toda la escena se desarrolla en semioscuridad. Sus ojos están fuera de sus órbitas, inyectados en sangre y brillantes; son una mezcla de mono, ansiedad y miedo. Mucho miedo.
Estoy seguro de que él tiene más que yo. Es extraño, jamás me había encontrado en una situación similar pero mis nervios están calmados, como si hubiera pasado una vida entera recibiendo atracos. Mi cerebro sabe cómo actuar, y él solo ha bloqueado cualquier tipo de pensamiento racional. La amígdala ha tomado posesión de mí.
-Dame la cartera, ¡y no hagas nada raro!
Me encojo, balbuceo intentando engañarle. Recuerdo a Sun Tzu y aquello que decía, algo así como cuando seas débil aparenta fortaleza, y cuando seas fuerte aparenta debilidad. Hago caso a mi partenaire y extraigo el objeto de cuero del bolsillo trasero derecho de mi pantalón vaquero. La izquierda está abierta, mi palma está casi en frente de su cara cubriendo parte de su visión e intentando distraerle. Casi no lo consigo ya que, de una forma hipnótica, observa fijamente cómo voy subiendo la cartera lentamente, a menos de un centímetro por segundo.
Intento tranquilizarle con algunas palabras típicas. Corta mi piel con su mano temblorosa.
-Vale tío, ya está.
Ya es mío.
Farfulla algo. Sostiene su arma con la mano izquierda así que para coger la cartera ha de cruzar las manos. Esto no ha sido casualidad.
Cae en la trampa.
Desplaza su centro de atención de la punta del punzón a mi cartera. Ahora es el momento. Lanzo mi cartera contra su cara cogiéndole desprevenido. Me arriesgo mucho pero no puedo evitarlo. He de hacerlo, esto no va a acabar así. Bajo la mano derecha hasta su antebrazo, me desplazo girando dejando el objeto metálico más allá de mi cuello y de un golpe seco con ambas manos provoco un espasmo que bloquea toda su extremidad izquierda.
De revés con la izquierda en su cara.
De revés con la izquierda en sus genitales.
Luxo su brazo.
Lo lanzo por los aires.
Cojo mi cartera y me voy corriendo, hacia una calle más transitada. No creo que vuelva a intentar robar a nadie en una buena temporada, probablemente ni siquiera a sostener cualquier cosa con ese brazo. Espero que aprenda la lección.
Recupero la sensatez normal y pienso en todo lo ocurrido en poco menos de diez segundos. Un poderosísimo temblor se apodera de mis piernas, sudores fríos de puro miedo me invaden y mi voz se tambalea pero, lo más importante, he salido vivo de esta. Por si acaso me he quedado con su cara y no me volverá a coger desprevenido.
_____
Realmente todo este pequeño y mal texto tiene origen en una conversación que he podido escuchar hoy. Versaba en torno a la competitividad, eso tan extraño que se supone que sirve para que los empresarios se hagan supermegahiperricachones de la muerte. Uno de los postulados escuchados decía algo así: la competitividad anula la creatividad, puede hacer que el más competitivo tenga mejores resultados, pero éstos siempre serán mediocres. Tan solo alguien no competitivo podrá hacer cosas realmente grandes.
Eso me ha recordado a algunas de las técnicas que ejecutamos en la disciplina de artes marciales que practico. No se basa en la fuerza bruta (competitividad) sino en dejar que el cuerpo fluya (no competitividad), golpee en los puntos nerviosos (creatividad) y ejecute técnicas que con un esfuerzo mínimo puedan derrotar al más poderoso de los enemigos (innovación).
Para que luego me digan que practicar una disciplina de combate marcial es malo ya que convierte al artista en una máquina de matar provocando malestar y desconfianza en la comunidad. Manda cojones...
Dedicado a la gente del curso de la FUE, profesoras y compañeros.
Mi corazón late a diez mil pulsaciones por minuto, sin embargo tengo la impresión de que entre un latido y otro pasan horas. El punzón, de unos cinco centrímetros, se hunde en mi carganta. Me cuesta respirar. Tengo todos los músculos en tensión y la mirada perdida, no está fija en ningún punto concreto del cuerpo de mi enemigo. Es un pobre yonqui, de esos desesperados por un pico: una bomba de relojería. Este es de los más peligrosos que hay ya que no tiene nada que perder. No sé por qué me metí por un callejón como éste, la luz de las farolas es tenue cuando no inexistente, y toda la escena se desarrolla en semioscuridad. Sus ojos están fuera de sus órbitas, inyectados en sangre y brillantes; son una mezcla de mono, ansiedad y miedo. Mucho miedo.
Estoy seguro de que él tiene más que yo. Es extraño, jamás me había encontrado en una situación similar pero mis nervios están calmados, como si hubiera pasado una vida entera recibiendo atracos. Mi cerebro sabe cómo actuar, y él solo ha bloqueado cualquier tipo de pensamiento racional. La amígdala ha tomado posesión de mí.
-Dame la cartera, ¡y no hagas nada raro!
Me encojo, balbuceo intentando engañarle. Recuerdo a Sun Tzu y aquello que decía, algo así como cuando seas débil aparenta fortaleza, y cuando seas fuerte aparenta debilidad. Hago caso a mi partenaire y extraigo el objeto de cuero del bolsillo trasero derecho de mi pantalón vaquero. La izquierda está abierta, mi palma está casi en frente de su cara cubriendo parte de su visión e intentando distraerle. Casi no lo consigo ya que, de una forma hipnótica, observa fijamente cómo voy subiendo la cartera lentamente, a menos de un centímetro por segundo.
Intento tranquilizarle con algunas palabras típicas. Corta mi piel con su mano temblorosa.
-Vale tío, ya está.
Ya es mío.
Farfulla algo. Sostiene su arma con la mano izquierda así que para coger la cartera ha de cruzar las manos. Esto no ha sido casualidad.
Cae en la trampa.
Desplaza su centro de atención de la punta del punzón a mi cartera. Ahora es el momento. Lanzo mi cartera contra su cara cogiéndole desprevenido. Me arriesgo mucho pero no puedo evitarlo. He de hacerlo, esto no va a acabar así. Bajo la mano derecha hasta su antebrazo, me desplazo girando dejando el objeto metálico más allá de mi cuello y de un golpe seco con ambas manos provoco un espasmo que bloquea toda su extremidad izquierda.
De revés con la izquierda en su cara.
De revés con la izquierda en sus genitales.
Luxo su brazo.
Lo lanzo por los aires.
Cojo mi cartera y me voy corriendo, hacia una calle más transitada. No creo que vuelva a intentar robar a nadie en una buena temporada, probablemente ni siquiera a sostener cualquier cosa con ese brazo. Espero que aprenda la lección.
Recupero la sensatez normal y pienso en todo lo ocurrido en poco menos de diez segundos. Un poderosísimo temblor se apodera de mis piernas, sudores fríos de puro miedo me invaden y mi voz se tambalea pero, lo más importante, he salido vivo de esta. Por si acaso me he quedado con su cara y no me volverá a coger desprevenido.
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Realmente todo este pequeño y mal texto tiene origen en una conversación que he podido escuchar hoy. Versaba en torno a la competitividad, eso tan extraño que se supone que sirve para que los empresarios se hagan supermegahiperricachones de la muerte. Uno de los postulados escuchados decía algo así: la competitividad anula la creatividad, puede hacer que el más competitivo tenga mejores resultados, pero éstos siempre serán mediocres. Tan solo alguien no competitivo podrá hacer cosas realmente grandes.
Eso me ha recordado a algunas de las técnicas que ejecutamos en la disciplina de artes marciales que practico. No se basa en la fuerza bruta (competitividad) sino en dejar que el cuerpo fluya (no competitividad), golpee en los puntos nerviosos (creatividad) y ejecute técnicas que con un esfuerzo mínimo puedan derrotar al más poderoso de los enemigos (innovación).
Para que luego me digan que practicar una disciplina de combate marcial es malo ya que convierte al artista en una máquina de matar provocando malestar y desconfianza en la comunidad. Manda cojones...
Dedicado a la gente del curso de la FUE, profesoras y compañeros.
viernes, diciembre 21, 2007
Empresarios
-¿Desde cuando nos conocemos? Si mal no recuerdo desde niños. Fuimos a la misma clase a partir de tercero de primaria. Mi padre viajaba mucho en aquella época, hasta que nos establecimos aquí. Tengo la impresión de que ha pasado una eternidad.
-Sí -el otro asintió levemente, reforzando el débil sonido, cargado de desinterés, que había lanzado al aire.
Los dos hombres estaban sentados en el portal de una empresa. Su empresa. El aspecto de cuarentones era lo único que compartían. El más alto, un charlatán empedernido, perdía la fuerza por la boca; el otro, ligeramente más bajo, tenía un rostro amable, sin embargo apenas lograba disimular la agresividad de su mirada. Era un depredador.
-Muy pronto nos hicimos amigos. Compartimos tantas cosas, los primeros cigarrillos, las primeras chicas, alguna que otra borrachera, aquellos porros a escondidas a la salida de clase. ¡Cuántos recuerdos!
Su interlocutor sacó un paquete del bolsillo de la camisa, separó un cigarrillo de sus iguales, lo puso en sus labios y, tras encenderlo, miró al alto.
-¿Quieres?
El charlatán nunca aceptaba. Sin embargo, ese pequeño acto se había convertido en un ritual, en algo más parecido a un código que a un simple ofrecimiento.
-Ahora -continuó el alto-, un puñado de años después, hemos acabado en este mismo portal, ¡y no como mendigos!. Nuestro portal, el de nuestra empresa que tanto nos ha costado levantar. Juan, he de admitir que el conocerte ha sido de lo más importante en mi vida.
Juan volvió a asentir. El silencio se hizo patente entere ambos. Eran viejos amigos, desde siempre. Sus vidas giraban en torno a la empresa. El alto, cuyo nombre era Sergio, empezó a pensar en todo lo que le había ocurrido a ambos lados de la puerta situada a sus espaldas. Pensó en cómo se dejó engatusar por su amigo para arriesgarse, en cómo puso el dinero; en su mujer, una empleada que rápidamente ascendió a socia consorte.
Tantas horas de trabajo, tantas ilusiones, tantos golpes superados.
Juan, en cambio, sólo tenía una cosa en mente: El futuro de la empresa. Las cosas habían empezado a ir mal desde que su socio, Sergio, el espigado bonachón, se casó con aquella trepa. Los rumores asolaron, antes y después, la oficina; la confianza decayó y, sobre todo, su cerebro empresarial se puso a pensar en cómo solucionar aquel problema.
No estaba contento con su socio. No tenía dotes de mando, se dejaba llevar con suma facilidad y encima contaba unos chistes horrorosos.
Enseguida lo vio claro. Tanto la parte administrativa como la principal cartera de clientes estaban bajo su control.
-Sergio.
-Dime, amigo.
-Me voy, y me lo voy a llevar todo conmigo.
Era un nombre parco en palabras. Apagó la colilla contra el suelo, aplastándola con los dedos. Su socio se quedó de piedra. Jamás se había imaginado algo así.
-¿Por qué? -Acertó a decir, balbuceando.
-Voy a serte sincero. Ya no me sirves para nada. Eres un foco de problemas.
Sergio estaba estupefacto, no sabía qué decir, qué pensar de todo aquello. ¡Lo estaba lanzando al mar como un fardo inútil!
Pensó en su mujer. Sí, los trabajadores habían convertido aquel asunto en la comidilla de todos los días, pero ya había pasado. Además, era amor verdadero, y un capricho, lo que sentían mutuamente.
-¿Es por Marta?
No, eso ha sido una tontería. Simplemente no sirves para esto. Tu mentalidad está equivocada. Sólo me interesaba tu dinero, ahora ya no.
-Hijo de puta. Me estás jodiendo pero bien.
-Lo sé, pero así es la vida. Que tengas suerte dirigiendo tú solo lo poco que te dejo.
-No puedes -espetó casi gritando, rojo de ira.
-Claro que puedo. Es más -sonrió maliciosamente-, he esperado para decírtelo hasta tenerlo todo bien atado.
Sergio se levantó, visiblemente nervioso. Se le notaban demasiado las emociones, era un pésimo negocioador.
-¡Eres un mal nacido! ¿Cómo puedes hacerle esto a alguien? ¿A tu amigo de toda la vida?
-Haciéndolo. Por cierto, tu mujer folla de pena.
-Sí -el otro asintió levemente, reforzando el débil sonido, cargado de desinterés, que había lanzado al aire.
Los dos hombres estaban sentados en el portal de una empresa. Su empresa. El aspecto de cuarentones era lo único que compartían. El más alto, un charlatán empedernido, perdía la fuerza por la boca; el otro, ligeramente más bajo, tenía un rostro amable, sin embargo apenas lograba disimular la agresividad de su mirada. Era un depredador.
-Muy pronto nos hicimos amigos. Compartimos tantas cosas, los primeros cigarrillos, las primeras chicas, alguna que otra borrachera, aquellos porros a escondidas a la salida de clase. ¡Cuántos recuerdos!
Su interlocutor sacó un paquete del bolsillo de la camisa, separó un cigarrillo de sus iguales, lo puso en sus labios y, tras encenderlo, miró al alto.
-¿Quieres?
El charlatán nunca aceptaba. Sin embargo, ese pequeño acto se había convertido en un ritual, en algo más parecido a un código que a un simple ofrecimiento.
-Ahora -continuó el alto-, un puñado de años después, hemos acabado en este mismo portal, ¡y no como mendigos!. Nuestro portal, el de nuestra empresa que tanto nos ha costado levantar. Juan, he de admitir que el conocerte ha sido de lo más importante en mi vida.
Juan volvió a asentir. El silencio se hizo patente entere ambos. Eran viejos amigos, desde siempre. Sus vidas giraban en torno a la empresa. El alto, cuyo nombre era Sergio, empezó a pensar en todo lo que le había ocurrido a ambos lados de la puerta situada a sus espaldas. Pensó en cómo se dejó engatusar por su amigo para arriesgarse, en cómo puso el dinero; en su mujer, una empleada que rápidamente ascendió a socia consorte.
Tantas horas de trabajo, tantas ilusiones, tantos golpes superados.
Juan, en cambio, sólo tenía una cosa en mente: El futuro de la empresa. Las cosas habían empezado a ir mal desde que su socio, Sergio, el espigado bonachón, se casó con aquella trepa. Los rumores asolaron, antes y después, la oficina; la confianza decayó y, sobre todo, su cerebro empresarial se puso a pensar en cómo solucionar aquel problema.
No estaba contento con su socio. No tenía dotes de mando, se dejaba llevar con suma facilidad y encima contaba unos chistes horrorosos.
Enseguida lo vio claro. Tanto la parte administrativa como la principal cartera de clientes estaban bajo su control.
-Sergio.
-Dime, amigo.
-Me voy, y me lo voy a llevar todo conmigo.
Era un nombre parco en palabras. Apagó la colilla contra el suelo, aplastándola con los dedos. Su socio se quedó de piedra. Jamás se había imaginado algo así.
-¿Por qué? -Acertó a decir, balbuceando.
-Voy a serte sincero. Ya no me sirves para nada. Eres un foco de problemas.
Sergio estaba estupefacto, no sabía qué decir, qué pensar de todo aquello. ¡Lo estaba lanzando al mar como un fardo inútil!
Pensó en su mujer. Sí, los trabajadores habían convertido aquel asunto en la comidilla de todos los días, pero ya había pasado. Además, era amor verdadero, y un capricho, lo que sentían mutuamente.
-¿Es por Marta?
No, eso ha sido una tontería. Simplemente no sirves para esto. Tu mentalidad está equivocada. Sólo me interesaba tu dinero, ahora ya no.
-Hijo de puta. Me estás jodiendo pero bien.
-Lo sé, pero así es la vida. Que tengas suerte dirigiendo tú solo lo poco que te dejo.
-No puedes -espetó casi gritando, rojo de ira.
-Claro que puedo. Es más -sonrió maliciosamente-, he esperado para decírtelo hasta tenerlo todo bien atado.
Sergio se levantó, visiblemente nervioso. Se le notaban demasiado las emociones, era un pésimo negocioador.
-¡Eres un mal nacido! ¿Cómo puedes hacerle esto a alguien? ¿A tu amigo de toda la vida?
-Haciéndolo. Por cierto, tu mujer folla de pena.
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