He vuelto.

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sábado, febrero 05, 2011

Martillazos

Lanza un martillo a mi cráneo,
golpea fuerte hasta que sangre
y la masa encefálica
cubra tu ropa
con salpicones grises
y te des cuenta que dentro
no había más que una sustancia
de tacto desagradable.

Descubre que la única diferencia
entre tú y yo
es que yo quise hacerlo.
Me lo creí.
Nada más.

La simple voluntad de decidir
y actuar contra el viento.

El recurso es siempre el mismo:
tiempo,
que es lo que se escapará
si me desfiguras
y mueves tus dedos en mis sesos;
tiempo dedicado a cometer errores,
cicatrizar,
romper,
reconstruir.
Experiencias que se perderán cuando muera
pero vacías en su definición.

Soy mis errores.
Soy demasiado.

viernes, noviembre 07, 2008

Bobadas

No sé susurrar:

aúllo bajito, bajito. Sin aliento.

Sin aire.

Me duele al intentar gritar,

me aturrulla el dolor

que se produce

al vaciar mi cuaderno.

Mi voz se la lleva

la marea de ruidos,

las corrientes

(de mierda, joder, todo

es mierda. Todo. ¡Todo!

¿Es que no lo ves? ¿No

te das cuenta?)

convergentes.

Que me escuche quien quiera,

porque no todo lo que digo

está hecho con tinta de

frustración.

Y mientras otros,

para exorcizarse,

buscan putas

(o le meten sesenta hachazos

a su muñeca de porcelana. Es

lo mismo, simple cuestión de

perspectiva)

yo me dedico a hacer

lo que peor sé hacer:

eyacular bobadas

como quien se masturba

con una peli de amor

entre pornstars

jugando a lesbianas.

Que me lea quien quiera,

es fácil.

lunes, noviembre 03, 2008

Noche tranquila

Esta noche quiero silencio

salpicado por algo de música

(me apetece algún blues

de alma quemada).

No quiero saber nada del exterior,

no quiero nada.

No quiero oírte

dando vueltas sobre

un mismo eje:

hablas demasiado,

siempre la misma historia,

¿cuantas veces la he oído?

no es cosa tuya, pero...

...sinceramente...

puedes irte a la mierda.

Mañana, dentro de un puñado

de horas,

te esfuerzas en que te escuche,

soy muy comprensivo

y todo lo que tú quieras.

Ahora no.

¿Por qué no reímos

un rato y nos dejamos

de películas?

Si quieres irte lo entenderé.

Eso sí, si te quedas,

ni se te ocurra

apagar el transistor.

sábado, agosto 23, 2008

Gris abstracto


Me sorprendo mirando la púa que tengo debajo del monitor. Apenas hay luz, y eso que son casi las doce del mediodía; hoy le ha dado al día por vestirse de gris lluvia. Me sumerjo en el estímulo tóxico y artificial (no mucho, pero con tanta mierda que llevo en el cuerpo poco me hace falta para desorientarme) de la cocacola, pensando en el todo y la nada, muy zen. La música que nace de los viejos altavoces, fantasmagórica, da vueltas por mi cabeza contaminándolo todo. Soy un melómano bastante simple y conservador, no me atrevo ni a oír más del noventa por ciento de los sonidos que propone la sociedad en cada una de sus prostituidas esquinas.

El todo y la nada. Zen. Un puñado de palabras que se transparentan al ritmo que marca la extinción neuronal producida por el paso de los segundos. Me parecen tan lejanas aquellas voces que me decían: "no tendrás casa en tu puta vida". Jamás les creí, les replicaba que esto pasaría, y que se resquebrajaría el sistema como un azucarillo sometido a un goteo constante de ácido clorhídrico. Esa frase, para mí, ha cambiado. En vez de casa lo que no voy a tener en mi puta vida es un trabajo que me satisfaga y con el que pueda alimentarme. Soy demasiado errático, me pierdo en el laberinto interrumpido del grafito sobre el papel, me desoriento con facilidad, sumergiéndome en la pura y simple divagación. "No tendré trabajo en mi puta vida". Seguro que puedo trabajar en, ¿quién me contrataría, si a lo único que aspiro es a vivir del cuento? No tengo aspiraciones, me asusta la competición, la posesión y el control. Nací desnudo, y desnudo me siento, piel, grasa y huesos; todo lo demás no son más que lastres que empujan hacia el suelo los bolsillos, arrastrando mi espalda tan harta de cargar conocimientos inútiles cuyo único fin es la esclavitud mental.

Esclavos mentales, me gusta. Somos físicamente libres, capitalmente libres, pero mentalmente esclavos. El perro es feliz estando suelto en ocho por ocho metros cuadrados (jamás ha visto el otro lado del cerco) hasta que siente la llamada de la naturaleza: echar un polvo. Una noche, dos, quizá tres se sentirá solo, buscando una compañera que nunca llega, pero esa sensación más pronto que tarde pasará. Como con todo, como con todos. ¿La crisis de los cuarenta? ¿De los cincuenta? Si tengo veintipico años, aun no he llegado a esa edad y ya ando en crisis recurrente. Muchos tardan media vida en manifestar su saturación del mundo hipócrita, cínico y falso en el que vivimos. Yo un poco antes (porque espero que aún me quede para alcanzar mi media vida), será que tomé las decisiones equivocadas. Tampoco me arrepiento, ellas son lo que soy, y mejor haber llegado hasta aquí que haber acabado de oficinista de ocho a tres juntando papeles haciendo mil y una cosas con las ideas orientadas magnéticamente hacia el centro. Me parece que ando un poco desanimado. A*, ni se te ocurra llamarme emo, lo mío es pura realidad resumida en cuatro idioteces sin más sentido que el que tú quieras darle.

¿Crees que lloverá? No sé, espero que sí, que hace falta. Dicen algunos que pronto va a llegar la glaciación, mucho frío y un montón de guiris con las pelotas congeladas allá en sus países. La temperatura es ideal, pero estamos en agosto, veintitrés para ser más exacto, y todo está congelado menos el mercurio, que anda ahí ahí. Joder, está todo oxidado menos yo, o al revés. Cambiemos las cartas, que igualmente tenemos la misma mano, por mucho que los dibujitos sean diferentes ambos vamos a acabar repitiendo figuras. Nunca leí el Kamasutra.

Será mejor que suelte a los monos antropófagos que revolotean como libélulas salvajes entre los ojos y las sienes, hoy es un buen día para dejarles que den una vuelta por mi cabeza, no hace calor y la presión atmosférica impedirá que vayan muy lejos y vuelvan para cenar. Les diré que vayan a comprar algo de viento con el que refrescar todas estas tonterías, que ya va siendo hora.

martes, junio 17, 2008

En el bosque


Primera colaboración entre Letty, ilustradora, y servidor. Suya es la imagen.

Para ella, Flora, el mundo estaba dividido en dos categorías. Por una parte la ciudad, con sus carreteras, vehículos, enjambres habitacionales; prisas, estrés y materialismo. Odiaba la ciudad, no podía soportar la frenética danza de todos los días: madrugar, atascos, horario de oficina, comer con ansiedad, más atascos, un polvo con el idiota de turno (si había suerte ese idiota demostraba un poco de cortesía esforzándose en algo más que en el mete-saca habitual) y dormir un puñado de horas hasta el siguiente madrugón. Se sentía aprisionada y aquello, así se lo decía su consciencia, era falso.
La otra categoría, la real, la de verdad, era el bosque. Sí, el bosque. Donde el silencio y la quietud escondían millones de latidos, millones de sonrisas y mordiscos, de litros de sangre derramada. De pasión congelada en un infinito pliegue temporal. Era tan extraño todo aquello... se sabía observada, pero más que estar controlada por unos ojos invisibles lo que sentía era que éstos la acompañaban, la acariciaban. Todo un universo de seres vivos, y así lo sabía, estaban allí por y para ella; creados mil lustros antes por algo infinitamente superior a su pequeño y frágil cuerpo de aspecto postadolescente. Era ese lugar tan diferente a la ciudad. Recordaba aquellas excursiones con su padre, saliendo de la urbe para acabar siempre en el mismo claro; las largas conversaciones con él sobre las criaturas mágicas que habitaban entre los árboles o sobre la armonía que existe en todo aquel aparentemente caótico festival natural. Se habían acostumbrado a ir el primer fin de semana de cada mes, y podía recordar perfectamente (recuerdos que se extendían hasta antes de los seis años) cómo se despertaba más de dos horas antes de la salida, presa de una extraña sensación que brotaba de su estómago. Aquella misma sensación se volvía a producir, pero de cariz agridulce, cada vez que anochecía y tenían que volver a su casa. Un mes era mucho tiempo de espera, y más para una niña.
En todo esto pensó cuando, acunada por la luna llena, dejó que sus piernas flaquearan. La época de niña traviesa, en la que siempre andaba corriendo de un lado para otro entre viejos árboles, ya había pasado. Ahora todo aquel ímpetu había desaparecido; estaban ahí el alma del bosque, su alma y la sensación que desde que tenía memoria siempre había habitado en su estómago. Hacía ya tiempo que decidió cambiar la vieja costumbre familiar, convirtiendo una escapada diurna en rito nocturno de purificación. Había llegado el momento. Esa noche, en ese momento, se iba a producir. Sus rodillas tocaron las hojas resecas del lánguido otoño, dejando que las insustanciales manos de los espíritus del bosque recorrieran su piel desnuda ascendiendo por sus pantorrillas. Notaba unos dedos inexistentes buscando poder atraversarla y llegar hasta su corazón. Estaba enamorada del bosque, del viejo roble que presidía el claro, de la luna y de todo el conjunto en el que ella, Flora, era la invitada, esposa y reina.
Iba abandonándose a la fuerza elemental de las plantas y animales, renunciando a la consciencia y haciendo el amor con el bosque. Finalizando uno a uno los orgasmos reprimidos durante tantos años de vida urbana, alcanzando otros que jamás ningún varón o mujer habrían podido hacerle conseguir. Eso era el bosque para ella: el amante perfecto que sin hacer nada conseguía romper en añicos la realidad para crear en un solo instante una nueva Flora.
Cayó en trance. Nunca quiso saber cuanto duraban aquellos momentos (tampoco habría podido, pues se negaba a meter objetos de la civilización en su lugar sagrado) en los que se quedaba ahí, estática como los árboles que tanto amaba, con los brazos abiertos, mirada perdida e interiorizada convertida en mera observadora de la relación amorosa entre todas las almas allá reunidas. Cada vez que despertaba, muchas veces con las primeras luces del alba, volvía a brotar en ella la misma sensación agridulce que de niña: tenía que irse y dejar atrás temporalmente el único lugar donde era feliz para sumergirse en el caos materialista de entre semana. Pero desde hacía ya bastante no era la única quien lo sentía. El mismo bosque, Gea, quedaba invadido por la melancolía de despedirse de su dríada reencarnada hasta el primer fin de semana del siguiente mes.

miércoles, junio 11, 2008

En la estación


Se sorprendió al notar un suspiro nostálgico escapándose de entre sus labios. Estaba en apoyado en una barandilla inclinado hacia delante con el cuerpo casi en suspensión sobre los andendes de la estación de ferrocarril. Recordaba la primera vez que había estado en ese mismo punto: fue a los cinco años, cuando su padre le llevó a ver los trenes salir. Eran los olores, los sonidos, el flujo de gente entrando y saliendo de los vagones. Las caras, cargadas de emociones. Aquello, pensó, era mágico. De esas estrechas y alargadas habitaciones encadenadas una tras otra salían personas. ¡Personas! ¿No le habían dicho papá y mamá que los niños venían de París? Ellos eran niños grandes (como descubrió después la mayoría eran universitarios) y él uno pequeño. Él estaba arriba, y abajo nacían de esas cosas. "¿Ves hijo? Eso es un tren." Las palabras de su padre revivieron, reverberando desde sus recuerdos y haciendo vibrar sus tímpanos.

-¿Tren? -Masculló, repitiendo exactamente lo mismo que le contestó. Había vuelvo a tener cinco años, en su rostro se formó la misma expresión, su mirada, brillante por la emoción, se clavaba en la imaginaria fugura de su antecesor, que estuvo situado a su derecha. Incluso sintió la fuerte mano de su padre acariciar su ya no tan infantil cabeza.

Cada vez que se sentía turbado, nervioso o simplemente tenía mal cuerpo iba a la estación. Generalmente se quedaba por los alrededores, sentado en un banco y mirando el bullicio viajero de estudiantes y profesionales. Se fijaba en las caras de prisa de algunos, de cansancio de la mayoría, y disfrutaba cuando veía entrar a alguien solo pero con una expresión poco habitual: alguien que buscaba a alguien. Veía en los ojos de los jóvenes y no tan jóvenes los destellos del amor, esas mejillas turbadas por la ansiedad de reencontrarse con el ser amado. Cuando estaba desanimado y localizaba a alguien a esas características se alegraba, porque sabía lo que vendría después. No lo vería, tan solo cómo caminaban cogidos de la mano, sonriendo o besándose como si aquello fuera un accidente provocado por las prisas y la necesidad de llegar a un lugar más íntimo. Ver algo así disipaba sus propias tristezas, así que ya no tenía más razón de ser permanecer en ese lugar y volvía a sus quehaceres.

Sin embargo esa vez, precisamente esa vez y no otra, había decidido entrar para acabar apoyándose sobre la barandilla donde su padre le explicó todas aquellas maravillas, casi mágicas, que cambiaban el aspecto a la gente, o creaba personas de la nada. Como las cigüeñas de París pero siendo de algo que es como una serpiente de casas con ruedas. Si estaba ahí, además de por la nostalgia infantil que se había despertado en su interior (realmente ésta era consecuencia de lo siguiente) era por la pequeña decepción que acababa de vivir. No era nada importante, sino un conjunto de detalles que de por sí pasan desapercibidos pero acumulados acabarían minando hasta la moral de los héroes grecorromanos. Se acordó de cómo la relación con su novia, después mujer, había ido enfriándose hasta convertirse en un intercambio más o menos constante de reproches, silencios y malas caras. Pensó en el trabajo y en sus ideas de estar siempre yendo de un lado para otro del país conduciendo una de esas preciosas locomotoras, y en por qué había acabado encadenado a una silla acolchada y con ruedas en horario de oficina. Pensó en sus hijos, unos malcriados; en su entorno falso e hipócrita. Nada era como se imaginó cuando estaba ahí apoyado, de niño. "¿En qué me he equivocado?" Apartó ese concepto de su cabeza. En nada, pensó. Había sido su ruta, estación a estación, desde la de salida hasta la de llegada. Había hecho ya tantas paradas, había visto subir y bajar tanta gente de sus vagones que había acabado viendo siempre los mismos gestos repitiéndose una y otra vez. Pensó que hacía mucho que había llegado ya a la estación de destino, y ahora estaba volviendo a la de partida, por eso poco a poco todas las ilusiones de la vida, todas las cosas se habían ido desmoronando.

Se sintió otra vez niño, casi en suspensión sobre la baranda, tanto que el guardia de seguridad le había dado un toque de atención para que se retirara un poco. Otra vez ahí, casi cuarenta años después y un puñado de estaciones desandadas. Era el momento de decidir qué hacer. ¿A qué tren iba a subir ahora?

-Papá, me gustan los trenes -dijo desde sus cinco años. Fue la última vez en mucho tiempo que puso esa expresión. Ésta cambió a la de eterna sabiduría que lucía su padre en su memoria-. Pero esta vez yo elegiré el destino. Y sin billete de vuelta.