He vuelto.

miércoles, diciembre 31, 2008

Feliz Año


Bienvenidos a 2009, un año que dejará al 2008 como un juego de niños, pero que comparado con el 2010 va a ser un período de paz y amor.

Felicidades, si estás leyendo esto es que vas a vivir el período más interesante de los últimos 1500 años. Un saludo y suerte, mucha suerte.

lunes, diciembre 29, 2008

Gris


Café, tostadas

con un chorrito de aceite

y sal, sobras de anoche

aderezadas con 600 mg

de ibuprofeno para

las agujas del lóbulo frontal.

Hace frío, llueve afuera,

hoy va a ser un día gris;

gris como el silencio que

sólo se rompe con el tintineo

de la cuchara en la tacita blanca.

Es afilado, y atraviesa el córtex

como si fuera mantequilla:

otra herida que tardará en cerrar.

Saca el badajo de la campana con cuidado

y lo deja sobre el plato,

donde corresponde,

donde no rompe el orden;

no sea que el caos le recuerde

que una de las dos sillas

sigue vacía, como ayer,

como antesdeayer,

como desde cuando dijo:

"¡eres tan gris como un día de lluvia,

no lo soporto más, necesito sol!"

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Foto robada de aquí

jueves, diciembre 25, 2008

En silencio

Clávame las uñas en mi piel,

muérdeme, márcame con tus dientes

y deja las caricias de los labios

para otro momento.

Haz que tu aliento empañe mi deseo

hasta volverlo opaco;

muévete y sé consciente de que

todo cuanto hagas

yo te lo recompensaré por mil.

Olvida quién eres y lo que eres,

olvida tu nombre,

olvida que tu corazón late

y que hasta hace un momento

lo único que te vestía

eran las lágrimas.

Olvida ayer y mañana,

olvida tu cara, tu cuerpo,

tus cadenas

(salvo las que, si eres

mala,

te retendrán)

y muévete, que no estás muerta.

Envuélveme como solo tú sabes,

ahógame, estrangúlame con tus entrañas,

pero recuerda la única máxima:

siempre en silencio, que no somos animales.

miércoles, diciembre 24, 2008

Nochebuena


Como otro año más el Diablo,

vestido de rojo y cano,

ve cómo se abren las puertas

a su paso

invitándole,

adorándole,

amándole,

deseándole;

mientras las vestales

se mueren de frío

en la puta calle.

Ya es tarde, hemos

perdido el norte.

viernes, diciembre 19, 2008

Talk Show

Cada día me gusta más la televisión. Hoy, cuando he llegado a casa después de un largo día de trabajos forzosos la he encendido e invitado a entrar en un programa llamado... a ver, espera... no recuerdo el nombre, es uno de esos conocidos como "talk show"; a un lado del plató la presentadora, una mujer menor de treinta años, guapa y desenvuelta que ofrecía una expresión amable sobre sus facciones, escuchaba de pie a la invitada, otra fémina post-adolescente vestida con ropas ajustadas, pelo lacio y enormes aros como pendientes.
Por suerte llegué poco después de la presentación de la chica, y aunque no recuerdo su nombre sí me escuché atentamente su historia, sorprendente y emotiva a partes iguales. Eso sí, tuve que hacer de tripas corazón y perdonar la extraña costumbre de la invitada de remarcar más de la cuenta la letra s.

-...es que, o sea, cuando le he preguntado eso nunca me ha contestado, se queda callado. Me cuesta saber lo que piensa, ¿sabes?
-Imagino. ¿Y de todo lo que has contado qué es lo que más te molesta?
-Que siempre esta rodeado de perras.
-¿Perras? -preguntó la presentadora, sobreactuando a través de una mueca de sorpresa digna de Oscar al mejor guión adaptado.
-Sí, o sea, ya sabes, de esas callejeras, que van metiendo sus hocicos en cualquier parte.
-Parece que no te gustan nada sus compañías.
-Nada, y encima tiene el morro de decir que son sus amigas, ¿sabes?
-Si son sus amigas no entiendo cómo puedes mosquearte, ¿te consideras celosa?
-Es que no me gustan nada, ¿sabes?, creo que son una mala influencia. Yo he puesto mucho por mi parte en esta relación, a mis padres nunca les gustó que saliera con un chino, y él sigue haciéndolo todo igual. Es incapaz de cambiar, ¿sabes?
-Bueno, ¿qué te parece que le preguntemos a él? Por favor, ¡que entre nuestro próximo invitado!
Aproveché el momento en el que la chica abandonaba temporalmente el plató y entraba su chino para ir a la cocina a por una cerveza, que la discusión prometía. Al volver me encontré con un plano americano de la presentadora, esta vez exagerando la dureza de su expresión.
-¿Ves? Cuando le preguntas sobre esto no contesta nada -la voz de la invitada subió de tono hasta poder ser considerado sin problemas como un molesto pitido. El plano cambió a ella-, ¡siempre hace lo mismo!
-Por favor, Chow, tu novia acaba de decir que le molesta que te muevas en compañía de... perras. ¿Nos quieres contestar y decirnos qué piensas de todo esto?
La cámara se centró en su novio: un saco de unos 20kg de comida para perros marca Dog Chow que, a la defensiva, se negaba a mostrar que podría ser considerado como algo más que un objeto inanimado.

No pude evitar emocionarme con la historia. Una lagrimilla se escapó de una de mis glándulas lacrimales mientras era incapaz de contener una risa estúpida.

jueves, diciembre 18, 2008

Sister Rosetta Tharpe - Didn't It Rain


Ya podrían haber sonado así los curas y las monjas del colegio.

martes, diciembre 16, 2008

Bombines


A la semana blanca le siguió la roja, y a la roja la negra. Los anarquistas pusieron unas bombas y sonrieron: llenaron de tinta de colores las nubes y empezaron a llover arcos iris. La tormenta fue tan fuerte que hasta los grilletes de las celdas de castigo se oxidaron y "aquello-que-nunca-pudo-ser" sustituyó a Galimatías como sombrerero de ala ancha (y de los bombines. Nunca hay que olvidarse de los bombines).

Desde entonces las testas brillaron como nunca, tan lejos del gris de la semana blanca.

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Imagen de aquí

domingo, diciembre 14, 2008

¿Recuerdas?



¿Recuerdas Valencia, Caspe, Almansa?

¿Recuerdas Navas de Tolosa, Mühlberg, Utrecht?

¿Recuerdas Tenochtitlán, Cartagena, Santiago?

¿Recuerdas a Fernando, a Felipe y a Carlos?

¿Recuerdas Berlín, Stalingrado, Mauthausen?

¿Recuerdas a Bismarck y su equilibrio de poder?

¿Recuerdas a César, a Napoleón, a Atila y al Khan?

¿Recuerdas el Egeo, el Adriático y Mesopotamia?

¿Y el Nilo?

¿Y al tutor de Alejandro? ¿O al mismo Alejandro?

¿El Hidaspes?

¿La conversión de Cartago en tierra baldía?

¿Cannas, Teutoburgo y los Campos Cataláunicos?

¿Recuerdas la industrialización, el voto femenino y a Marx?

¿O aquel viejo perverso al que nunca le gustaron ni

Pericles ni el dominante sabor de la cicuta?


¿Recuerdas por qué reventaron Atocha?

¿Recuerdas por qué destruyeron Irak?

¿Recuerdas por qué Juan Carlos es rey

y por qué alguien así pudo decir: "¿por qué no te callas?"

sin despeinarse?

¿Recuerdas por qué tus trapitos van regalados

mientras a tu alrededor se dispara el paro?


¿No recuerdas lo de mayo del sesentayocho

ni lo de julio del treintaiséis?

¿Sarajevo, el archiduque y Gavrilo Princip no te dicen nada?

¿O lo de octubre del veintinueve? ¿Los millones de muertos?


¿Ni los sucesos de otro mayo,

ni la semana negra, ni siquiera Casas Viejas?


¿Recuerdas lo que significó y sigue significando?


¿Todavía ignoras por qué no hay nada que desprecie más

que a aquellos que desprecian su historia?

jueves, diciembre 11, 2008

...es que tengo novio

-...es que tengo novio.
La hija de puta se lo podría haber callado. No era necesario entrar en detalles escabrosos para quitarme de en medio. Le bastaba con haberme dicho: no me interesas, lárgate. Sus sucias palabras me envolvieron como el olor a muerte de una celda de castigo de cualquier prisión marroquí. Me sentí herido, aturdido, nunca he sabido reaccionar bien a una frase que suena más a excusa barata que a realidad.
Mi única intención era, y sigue siendo, follármela. No era necesario llegar a mayores, que me quería acostar con ella, no con su novio. La miré a los ojos, después al pecho con intención de despedirme de él, volví a los ojos y comprendí, por fin (a veces soy algo duro de entendederas, sobre todo cuando me cuesta mirar durante mucho rato a la cara de una chica) que estaba perdiendo el tiempo con ella. Ya me avisó mi sentido común: "vico, no vale la pena, por muy grandes que tenga las tetas esta chavala solo te va a traer dolores de cabeza". No le hice caso, y por eso tuve que tragarme mi orgullo con ella. Y no hay trago más amargo que el del orgullo mal fermentado.
Le contesté único que podía contestar en una situación así: "vete a cagar". Se lo merecía. No entiendo por qué se enfadó tanto.

martes, diciembre 09, 2008

Silencio



...silencio...

Joder, se me ha acabado la inspiración.

Lo que parecía tan fácil ahora es...

Ni abriéndome el estómago con

un cuchillo de caza

encuentro dónde se esconden

las musas.

(¿y si las asusté

con semejante barbaridad?)


Hay demasiado ruido alrededor,

tanto que las gotas acaban

por romperse en mil pedazos

a medida que descienden por

el rostro fugándose

a través de incipientes arrugas.

Llueve tras las paredes de hueso;

todo está empapado.

Rebusco entre el

estómago, el hígado,

astillas emocionales,

y recuerdos de sabor agridulce:

nada.

Solo gotas de lluvia que han anegado

llanuras, estepas y ruinas

de una vida mejor

(cuando el vientre de la madre era

algo más que un simple tema de conversación),

espero que escampe pronto,

antes de que me acostumbre al

agrio sabor de la incapacidad.
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(Imagen extraída de aquí)

domingo, noviembre 30, 2008

16 del 30.6


El placer que provoca desmontar

la cabeza, neurona a neurona,

y reconstruirla dejándolo todo

del revés es algo que... joder...

me faltan las palabras...

es una sensación tan extraña...

Sí, ya sé, la agonía

sigue estando ahí, pero las canciones

suenan diferentes. Algo falla.

Es como si yo no fuera yo.

Es como si enredaderas de notas

subieran por mis sienes, creando mosaicos

tan coloridos...

tan dolorosos...

Subo el volumen, el corazón me late

al ritmo de dieciséis balas

del calibre treinta punto seis;

dieciséis balas que me agujerean,

que me hacen comprender que las cosas

son siempre iguales, todas

ellas, salvo matices,

lo único que

difiere es la profundidad

de la resaca.

sábado, noviembre 29, 2008

Piromanía


Nunca había querido contarme su historia,

ni hablar de cómo había llegado

hasta ese punto de

descontrol en el que se encontraba.

Lo único que me había revelado

de su anárquica historia

lo contaba a través del graznido del vaso

al chocar contra la mesa,

pidiendo más alcohol.

Cuando lo escuché cinco veces

en menos de un minuto

empecé a comprender:

algo iba mal en su vida.

Su vidriosa mirada se abrió

de par en par.

Una capilla encontré

entre el cristalino y la retina,

con un lienzo al fondo, compuesto

a base de parches de papel moneda

y tiempo gastado en construir

algo que (no sé por qué

se extraña tanto) siempre

ha acabado por derrumbarse.

En vez de cúpula una gran vidriera

dejaba pasar una luz extraña:

sus colores, entre pastel y lúgubre,

hablaban de un modelo, un

arquetipo,

un objetivo irrealizable.

Bajo semejante faro

nada podía brillar con luz propia,

acelerando su fin.

Pude ver en medio un hombrecillo

con su aspecto,

con bidones de una gasolina

con aromas etílicos a su alrededor

y tres cerillas en la mano derecha.

Su torva sonrisa proyectaba

una irrefrenable piromanía;

quién sabe: hoy, mañana...

acabará en el buche

de alguno de los buitres

de tirada nacional.

martes, noviembre 25, 2008

Sombras (XI + 0.5)

-Ha sido todo muy... muy confuso -La cabeza le daba vueltas. Tenía la sensación de que había renacido, sacando la cabeza desde la más profunda de las oscuridades del alma. Se sentía renovado, diferente. Ahora lo veía todo claro. Lo sucedido se refractaba en mil colores, bailando como recuerdos borrachos de vida-. Necesito un pitillo.
Melania, rápida, encendió y le extendió el último de los cigarrillos que le quedaban, con el pulso tembloroso. No podía quitarse el olor a muerte que infectaba sus fosas nasales, la mirada vacía de la figura que estuvo apuntándoles con un arma y que, milagrosamente, habían podido dejar atrás. Habían vuelto los recuerdos reprimidos de su niñez, los mismos que le hicieron seguir el duro camino que había recorrido como dueña de su destino en el sórdido mundo en el que conscientemente se había movido.
Los ojos de Luna brillaban. Lo había dado por muerto, y parte de su ser había empezado a marchitarse inexorablemente por el peso del cadáver a medida que se hundía inerte en el paso del tiempo.
El humo penetró hasta el último alveolo de sus pulmones viciándolos. No podía quitarse de su cabeza los ojos reptilianos del demonio que había estado jugando con él. Por suerte había podido escapar, había estado al borde de la muerte; había escapado a su destino cíclico. Empezó a recordar cosas de la experiencia: sus anteriores nombres, la evolución de su aspecto, la repetición de una historia. Ató cabos.
-¿Por qué? -susurró.
-¿Dices algo, mi amor? -Luna, excitada por la alegría, era incapaz de reprimirse. Su brazo envolvía a su compañero, su mirada era incapaz de esconder la vastedad de sentimientos que albergaba por él.
-¿Por qué... me persigue? He de encontrarlo.
-Está muerto -Melania, un poco más alejada, interrumpió.
-No. Está aquí. Está cerca. Sé que volverá. Lo presiento.
-Ahora descansa -dijo Luna-, mañana será otro día.
-Será lo mejor -confirmó desde su posición más alejada la hermana mayor, reflexiva-. Buenas noches.

domingo, noviembre 23, 2008

Utopía


-Espera que piense -hice una pausa, reflexionando entre una multitud de datos, de recuerdos y fantasías-, ha de estar bien buena, que me quiera y no llegue a aburrirse de mis ocurrencias.
-Sí, claro, eso queremos todos.
-¡Ah -exclamé-, y que no me cueste dinero!
Estallamos en mil carcajadas incontroladas, séquito burlón de aquella pequeña verdad madre de tantas frustraciones.
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Imagen extraída de la película "Coffee and cigarettes" de Jim Jarmusch. El texto no tiene nada que ver.

sábado, noviembre 22, 2008

La cena


Me dejo llevar por la corriente, flotando dentro de una pequeña caja de zapatos. La maraña eterna que es tu pelo, caótico y enredado, se derrama sobre mí atrapándome. Quedo enterrado bajo su peso. Me resisto. Forcejeo sabiendo que lo único que puedo conseguir es acabar como un simple adorno más en tu melena. Me deslizo lentamente como una gota de agua por entre los pocos mechones libres que te quedan, expandiéndome para envolverte. ¿Qué pensabas, que no sé jugar? La ropa va deslizándose atraída por la gravedad. Tu piel desnuda es un mapa muy fácil de leer con los dedos: necesidad, carencia, fuego secuestrado. Eres transparente a través los labios que, encendidos, intentan morderme: pretenden castigarme. Parece todo tan fácil, nos dejamos llevar por tus latidos, atándonos a través de palabras pronunciadas con contacto físico. Recorro el Valle de los Reyes coronado por tus pezones rosados extendidos hacia el cielo debido al arco que es ahora tu espalda. Te estremeces cuando los profano con mis afilados dientes.
Dejo atrás el ombligo, tan sensual a desde su contraluz como la mirada que se esconde tras tus párpados relajados. Con la lengua empiezo a abrir tu piel, como el bisturí que sin piedad continúa su lento avance, lento pero seguro, buscando revelar al mundo los secretos que se esconden tras los primeros velos. Tus entrañas no tienen secretos para mí aunque hasta hace cinco minutos ni te conocía, a tientas me sumerjo hasta tu corazón en pie de guerra, expectante. Pinceladas de saliva a interavalos irregulares: no es el contacto, sino la ausencia de él lo que incendia las fantasías. La incertidumbre como amante descarnada.
-¡Fóllame ya! -gritas, incapaz de controlar el orgasmo que se desencadena desde tu entrepierna.
Lucho contra los movimientos eléctricos de tu cadera, me alimento de ti hasta llevarte a la extenuación sin siquiera dejarte un segundo para recuperar el aliento, no es mi intención dejar que seas consciente de tu nuevo lugar en la cadena trófica. Aún no lo has entendido: yo soy un vampiro y tú mi cena.

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La imagen la he robado de aquí. Ahora soy bueno y pongo mis fuentes.

lunes, noviembre 17, 2008

Hiperconsciencia


La sensación de superioridad,

de seguridad,

el saberse inmortal, inalcanzable

por el caprichoso dedo del destino,

hace que mi corazón aúlle.

La inconsciencia.

La hiperconsciencia.

Los deseos esparcidos queman sobre las

sonrisas

de todas las complacientes señoritas

de compañía,

interesadas por algo que creen,

una ilusión tan fácil de construir.

Seducción.

La velocidad en la cara,

las luces huyendo, la luna tras la

lluvia más allá de la luna.

La música late a todo volumen.

La química corre desbocada en la cabeza.

Todo soy yo. Yo soy todo.

Una rubia de mil nombres

busca algo en mi piel. Sé qué es.

Tengo cocaína en la clavícula.

Su nariz... la desea.

Yo la deseo.

Acelero.

Esta noche me la follaré

con el corazón en la garganta.

-Te quiero -miente.

Su mano desciende por mi pecho...

...me busca.

Dos cadáveres, dos muertos.

Dos animales llevados por la pasión.

Acelero.

Espero que Mefistófeles

no se acuerde de mí esta noche.

domingo, noviembre 09, 2008

Líneas


Fina es la línea que separa la genialidad de la estupidez y, joder, no sé dónde tengo los pies.

viernes, noviembre 07, 2008

Bobadas

No sé susurrar:

aúllo bajito, bajito. Sin aliento.

Sin aire.

Me duele al intentar gritar,

me aturrulla el dolor

que se produce

al vaciar mi cuaderno.

Mi voz se la lleva

la marea de ruidos,

las corrientes

(de mierda, joder, todo

es mierda. Todo. ¡Todo!

¿Es que no lo ves? ¿No

te das cuenta?)

convergentes.

Que me escuche quien quiera,

porque no todo lo que digo

está hecho con tinta de

frustración.

Y mientras otros,

para exorcizarse,

buscan putas

(o le meten sesenta hachazos

a su muñeca de porcelana. Es

lo mismo, simple cuestión de

perspectiva)

yo me dedico a hacer

lo que peor sé hacer:

eyacular bobadas

como quien se masturba

con una peli de amor

entre pornstars

jugando a lesbianas.

Que me lea quien quiera,

es fácil.

jueves, noviembre 06, 2008

Definición de amor


Isa: Te prefería cuando estabas enamorado.
Vico: Yo también me prefería cuando follaba regularmente.

lunes, noviembre 03, 2008

Noche tranquila

Esta noche quiero silencio

salpicado por algo de música

(me apetece algún blues

de alma quemada).

No quiero saber nada del exterior,

no quiero nada.

No quiero oírte

dando vueltas sobre

un mismo eje:

hablas demasiado,

siempre la misma historia,

¿cuantas veces la he oído?

no es cosa tuya, pero...

...sinceramente...

puedes irte a la mierda.

Mañana, dentro de un puñado

de horas,

te esfuerzas en que te escuche,

soy muy comprensivo

y todo lo que tú quieras.

Ahora no.

¿Por qué no reímos

un rato y nos dejamos

de películas?

Si quieres irte lo entenderé.

Eso sí, si te quedas,

ni se te ocurra

apagar el transistor.

sábado, noviembre 01, 2008

Llegas tarde


Llegas tarde, como siempre,

llegas cuando ya no queda nadie.

Llegas cuando llegas,

cuando las luces se apagan.

Llegas al alba.

Llegas a media noche.

Llegas entre sueños, entre voces,

entre esperas de dulce esperar.

Llegas con alcohol,

llegas sin control,

llegas de fuego, todo arde.

Llegas sin bragas.

Llegas sin yagas.

Llegas como yo quiero.

Llegas "me he dejado el reloj",

llegas tras mi último euro.


Pero siempre llegas

cuando haces falta:

cuando no te necesito.

miércoles, octubre 29, 2008

Hoy empieza todo


Bukowski es un hijo de puta. Un hijo de puta que me habla, mañana sí mañana no, desde un pequeño espacio de Radio 3. "¿Crees en todo eso de la magia, los espíritus, el esoterismo?" me preguntaron. "Claro. Los muertos me hablan." Contesté. Mi interlocutora me miró raro, tan acostumbrada como estaba a un escepticismo tan políticamente correcto. Los muertos me hablan, siempre. Basta con saber escuchar. Y desde la radio uno de ellos, Charles Bukowski, está susurrándome a través de una voz ajena.

Si vas a intentarlo, ve hasta el final. De lo contrario no empieces siquiera. Tal vez suponga perder novias, esposas, familia, trabajo, quizá la cabeza. Tal vez suponga no comer durante tres o cuatro días. Tal vez suponga helarte en el banco de un parque. Tal vez suponga la cárcel. Tal vez suponga humillación. Tal vez suponga desdén, aislamiento. El aislamiento es el premio, todo lo demás es para poner a prueba tu resistencia, tus auténticas ganas de hacerlo. Y lo harás, a pesar del rechazo y de las ínfimas probabilidades. Y será mejor que cualquier cosa que pudieras imaginar. Si vas a intentarlo, ve hasta el final. No existe una sensación igual. Estarás solo con los dioses, y las noches arderán en llamas. Llevarás las riendas de la vida hasta la risa perfecta. Es por lo único que vale la pena luchar.


Apenas supone un arañazo del programa, quizá puesto ahí para rellenar, porque la directora (creo que es una mujer) va de gafapasta por la vida y piensa que ser beat está de moda. "Aislamiento". Sí, Charles, tienes razón.

Aparco, bajo del coche y el frío y la lluvia me abofetean. Me gusta este disfraz de cómodo burguesito, de estudiante-me-faltan-pocos-créditos en-nada-acabo. No soy muy adaptable a los cambios, por eso siempre he intentado no apegarme a nada. Recuerdo la última vez que lo hice, y todavía me duelen las heridas, la piel en carne viva después de que, por causas idiotas de algo que escapó a mi control (¿desde cuando nosotros, tristes humanos que sobrevivimos en la contaminación, tenemos el control de algo que no sean nuestros esfínteres?), me fuera arrancado. Camino por la calle, me escabullo por entre los paraguas de la gente mientras el agua me empapa. Me encanta sentirla sobre mi piel. Despacio cruzo los pasos de peatones, saboreándola. No dejo de repetirme una de las frases que no quiere soltar lastre y liberar mi cerebro. "El aislamiento es el premio, todo lo demás es para poner a prueba tu resistencia, tus auténticas ganas de hacerlo". Me interesa. Llego hasta la puerta, aprieto el botón que me permitirá entrar en el aula, a continuar con mi formación para ser uno de tantos, acompañado por tantos. Estoy calado, además de por el agua. Me pongo la máscara de atento estudiante, ávido oyente, más o menos simpático (nunca lo he sido, es el papel que más pereza me da interpretar. Como si me interesara algo de lo que dicen, o la vida de los demás per se). No es hipocresía, es pura supervivencia. Que empiece el espectáculo.

Todavía no llevo las riendas de la vida hasta la risa perfecta. Todavía.
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PD: Por cierto, ¿quién soy yo para nombrar a Bukowski?

sábado, octubre 25, 2008

Herido



Tu voz crepuscular,

Tu rostro herido

por el paso del tiempo,

tus recuerdos

de lo que ya no está,

de los que ya no están,

en el fondo de tu garganta

incineran todo a su paso.

Me hieren.

Naturaleza muerta,

horas una encima de la otra,

cada una con su...

...historia,

todas cargadas de...

...culpa.

Hiere tu voz afilada,

astillada por la

inevitable inercia,

hermosamente decadente.

Sus pecados, sus

cargas

su... vida.

Es el último trago

de ese alcohol ardiente,

el que retuerce el gesto

y quema, sabiendo que es

artificial.

Falso.

Por ti, por tu voz, por tu vida

que me es tan ajena:

solo un tono.

Es lo que eres para mí. Un tono,

un Dios invisible

que secuestra mi cabeza.

¿Por qué la vejez

llega antes de tiempo?

¿Por qué la decrepitud

llega siempre tarde?

¿Por qué lo puro,

lo irracional,

tarda tanto en aparecer?

¿Por qué no te pude ver cantar?
______________________

No he podido evitarlo... aquí va mi pequeño tributo a este genio.

lunes, octubre 20, 2008

En la calle


Vacila la luz de los neones

seducida por la lluvia.

El vaho de mi aliento adopta formas

de recuerdos de noches pasadas,

de cuerpos a oscuras,

de hermosas muchachas que ya no están.

El frío ha secuestrado mis dedos.

Me cuesta avanzar.

El viento me aconseja que pare,

que me refugie.

Los charcos, negros, envuelven mis suelas.

Un coche, a lo lejos, me ilumina

y mi sombra le pregunta a la pared:

"¿Dónde dormiremos hoy?"

Anochece.

estoy solo en medio de la nada,

las ventanas se ruborizan

bailando al delirante ritmo

del agua y de mortecinos amarillos.

Los huesos protestan,

golpeados por la humedad.

Quizá en el metro podré descansar.

Tan lejos queda el pasado,

ese al que llamé hogar.

Tan lejos queda la fantasía

que creé, creí y convertí en real.

Autoengaño.

Quizá en el metro podré descansar.

viernes, octubre 17, 2008

Cuatro líneas

-¿Cuatro líneas? -me gritó el editor, furioso ante los destartalados renglones del papel que sostenía entre sus nudosos dedos- ¿Cuatro putas líneas? ¿Esto qué es? ¿Te estás riendo de mí?
-Tú verás -contesté, comprendiendo que mi editor no entendió nada de la novela-, pero pienso que esas cuatro líneas son lo mejor que he escrito en mucho tiempo.

sábado, octubre 11, 2008

¡Corre!


¡Corre, rápido!

¡No mires atrás!

El miedo quema tus talones,

los bolsillos vacíos

(repletos de papel inútil,

con colores, con números,

sin valor),

la policía te persigue,

¿qué has hecho?

¿Qué hostias has hecho

para acabar así?

Confiaste en ellos,

ahora poseen tu libre albedrío.

Te poseen.

Huyes.

¿A dónde? ¿Para qué?

¿Esperas sobrvivir a esto?

¿A la guerra?

Allá donde vayas te esperan

las cadenas de fuego, la esclavitud.

Eres consciente de ello,

aún así sigues corriendo.

Te despojaron de tu futuro,

de tu ilusoria realidad,

su cerco va estrechándose:

televisión, educación, trabajo,

economía, sexo, diversión artificial.

Es una trampa.

¡Al menos puedes correr!

Quizá, en algún lugar,

haya esperanza.

Quizá.

¡Corre, más rápido!

¡Sé más rápido que ellos!

martes, octubre 07, 2008

Johnny Cash - God's Gonna Cut You Down

Descanse en paz, Johnny Cash.



Joder... me encanta este tema...

viernes, octubre 03, 2008

Tinta seca


"Hay días en el que el papel

aparece mejor blanco,

la tinta no quiere

esparcirse en él.

Hoy no escribo." *


Veo tus ojos cansados de mirar.

Oigo tu voz cansada de gritar.

Noto tu corazón cansado de esperar

respuestas a preguntas sin sentido.

Alarmas que olvidaron cantar,

dudas similares a "¿me ha mentido?"

Estás triste, confiesas soledad, malestar,

mientras yo, egoístamente,

apuro una cerveza caliente.

No creas que no me importas,

no es eso, más bien al revés;

dices que las tías sois tontas,

"vamos de traspiés en traspiés".

Que te jodan, te dejas follar

y luego vienes aquí a llorar,

¿Qué esperas? ¿Es que esperas?

¿Has dicho amor? ¿He oído bien?

Pensaba, sinceramente, que eras

más sabia, con algo entre tras la sien.


Ven aquí, no te vistas todavía,

aún falta mucho para que sea de día.

____________________________

* Al final, N, me llegó la inspiración, te dije que te plagiaría y bueno, ahí está. Un saludo.

jueves, octubre 02, 2008

"El apocalipsis debe parecerse a esto"

Leído aquí, de burbuja.info

Este video es acojonante. Lo incluye Calculated Risk en su último post, y refleja el desastre del boom inmobiliario (seguido del pinchazo y la oleada de embargos) en una área residencial del sur de California. La gente está tan desesperada, que cuando se larga del piso dejan todo detrás: el plasma, los muebles, la comida, los ordenadores, los juguetes de los niños... incluso la urna con los restos de algún familiar. El vecindario pasa a convertirse en una ciudad fantasma.

Una ciudad fantasma en la que equipos de limpieza acuden a dejar la casa como una patena para que el banco pueda venderla. Dejarla como una patena significa tirarlo absolutamente todo. Alguna vez han intentado contactar con alguna organización caritativa para que retire las cosas, pero no suelen presentarse en la hora convenida, o cuando lo hacen no se llevan mas que algunas cosas y luego tienen que volver ellos. De modo que todo lo que veis va a la basura!!!!

En el minuto 8 aparece una pareja que vive aún en el vecindario vacío. El chico llega a admitir que la decisión de comprar la casa, fue la decisión más estúpida de toda su vida. Y luego, calles enteras con casas cerradas; un equipo que literalmente pinta de verde los jardines abandonados para que el banco pueda vendelas; otros que tienen que vaciar las piscinas abandonadas, porque se llenan de mosquitos y bacterias... En fin, el apocalipsis en vivo y en directo.

Está en inglés, pero incluso si no lo entendeis del todo bien, os aseguro que merece la pena verlo.




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La verdad, sin palabras. ¿Cuando veremos esto aquí, que además de con la casa el hipotecado ha de responder con su garantía personal? Dolor, veo mucho dolor.

miércoles, octubre 01, 2008

Sombras (XI)


Con un gesto brusco Luna cogió la manga de la casaca robada por Melania y tiró de ella hasta un rincón oscuro, aparentemente una destartalada habitación que se había quedado ya sin puerta, y desde donde se controlaba tanto la entrada como las escaleras que llevaban a las plantas superiores. Estaba pálidad, con los ojos abiertos. Sus manos se movieron rápidamente, comunicando primero que guardara silencio, después que esperara; acabó llevándose el dedo índice de la mano izquierda al oído y señalando hacia la escalera. Melania no oía nada, salvo el estruendo amortiguado de los bombardeos, cada vez más cercanos. Pasaron los minutos, y Melania, que era incapaz de oír nada, empezó a impacientarse. Miró a su hermana, intentando comprender qué es lo que había pasado. Se fijó en que su hermana aparentaba ser una estatua, no había movido un músculo.
-No te muevas -susurró cuando notó que Melania había girado la cabeza apenas unos grados para observarla. Apenas lo percibió, sin embargo aquellas tres palabras paralizaron cualquier idea de moverse en la rubia, cada vez más nerviosa. "Si al menos supiera qué pasa", pensó, asustada por la incertidumbre.
Escasos segundos después fue capaz de percibir algo diferente. La reverberación de unas botas al chocar contra el suelo descendía desde las plantas superiores del edificio. Las pisadas eran rápidas, regulares. Alguien bajaba. La esperanza de saber qué es lo que estaba pasando no la tranquilizó, como pensó; más bien al contrario. Agarró fuertemente la pistola, pensando en cómo lo hacían las chicas de las películas de espías, y vio que aquello no era para ella. El frío tacto del arma la aterrorizaba, logrando mantener la calma solo de piel para fuera, tal y como había aprendido tras años de dura profesión, en la que la apariencia de fortaleza es clave para sobrevivir.
Los pasos redujeron su velocidad a medida que se escuchaban con mayor intensidad. Melania imaginó que debía encontrarse en el entresuelo, un nivel por encima de sus cabezas. Pudo contar ocho pisadas, sintiendo cómo se desplazaban hasta la escalera. Se pararon. Se reanudaron, quien fuera empezó a descender por los escalones. El sonido de los combates, cada vez más cercanos, desaparecieron para la rubia que, para controlarse, estrangulaba la culata metálica de la Tokarev hasta sentir dolor en su delicada mano derecha. Otra vez se volvió a parar. Según cálculos rápidos tenía que estar a mitad de la escalera. Desde donde estaban escondidas no podían verlo, pocos metros y una pared les separaban. El chasquido de un mechero anunció un fogonazo que iluminó la sala. Una exhalación. Unas palabras en un idioma que a Melania fue incapaz de reconocer, en parte porque su corazón latía con tanta intensidad que retumbaba en sus tímpanos.
Otro paso. Cada vez más cerca. A medida que se aproximaba Melania se fue encogiendo, incrementándose a su vez el terror que crecía. Por su cabeza pasaron miles de imágenes a la vez, cada cual más terrorífica que la anterior. Era consciente que aquello no era una simple guerra, podía tratarse de los monstruos que periódicamente inundaban sus pesadillas, rostros deformes que la perseguían desde hacía muchos años.
La caliente mano de Luna se apoyó con cariño sobre su pierna, tranquilizándola. Melania no se atrevió ni a moverse para mirarla. Estaba paralizada. Los pasos, más pesados de lo que le parecieron unos segundos antes. El intenso olor del tabaco llegó hasta ellas. Estaba a centímetros de aparecer ante ellas. Otro paso. Un escalofrío recorrió la médula espinal, hasta las profundidades de los recuerdos de la prostituta. Un soldado rubio, bien parecido y de rasgos eslavos fumaba a pocos metros frente a ellas. Miraba hacia la puerta. De sus labios colgaba un cigarrillo que brilló más de lo habitual durante unos segundos. Echó el humo por la nariz. Melania, sin ser capaz de concretar, detectó algo extraño en aquel hombre. Algo diabólico. Lo había visto antes. Intentó orientar la tokarev hacia su cuerpo, sin embargo sus músculos todavía no reaccionaban. El hombre reanudó su marcha. Recorrió apenas dos metros cuando se volvió a detener. Melania pudo observar el fusil con la bayoneta calada que colgaba de su hombro derecho, el brazo y la pierna derecha. Sacando fuerzas de donde no había consiguió superar la parálisis, apuntando más mal que bien hacia el hombre que a tres metros estaba estático. Se giró. Las hermanas, escondidas tras la pared y cubiertas por el velo de la oscuridad, vieron cómo miraba hacia el hueco, cómo forzó los ojos, cómo desenfundó su pistola y la levantó, apuntando al frente.
El terror infantil, las pesadillas, los monstruos que, pensaba, existían solo en su imaginación, se materializaron. Tras las facciones del soldado, tras su aspecto de ruso, tras sus ojos Melania reconoció las formas, las criaturas que vivían en su subconsciente y que tanto le costó reprimir.
-Hola Melania. Cuanto tiempo. ¿Cómo estás? Salid de ahí, hermanitas.
Melania palideció. No podía ni moverse, la máscara de seguridad se había desmoronado, toda la identidad que había construido sobre la fosa de su subconsciente no estaba.
-Vamos -le susurró Luna mientras salía del escondite-. No hay otra opción.
Su hermana mayor, maravillada por la valentía de la pequeña, le hizo caso. Se dejaba llevar.
-Extrañas vueltas da el destino -dijo el soldado-. ¿Habéis venido a por vuestro amigo? Mucho me temo que ahora mismo está hundiéndose en las profundidades de la muerte -el brillo de la pistola de la mujer llamó su atención-. Suelta eso, puedes hacerle daño a alguien, boba.
Melania bajó la Tokarev. El hombre dio un paso hacia atrás, invitando con una leve sacudida de su arma a sus antiguas conocidas a avanzar. Las hermanas salieron de la habitación sin abandonar la penumbra, al contrario que el otro, lateralmente iluminado por la poca luz que llegaba desde la calle. Él las miró de arriba a abajo, a Luna, segura y desafiante, y a Melania pálida y temblorosa.
-No sabes la suerte que tienes al tener a quien tienes como hermana -dijo, dirigiéndose a la rubia-, si no fuera por ella...
-¡Déjanos! -interrumpió Luna. Su grito quedó ahogado por el sonido de ametralladoras y las cadenas de lo que parecía ser un vehículo blindado. Un obús fue disparado cerca, los tres se giraron inmediatamente hacia el exterior, viéndolo impactar al otro lado de la calle. De repente el soldado cayó de lado, como si hubiera recibido un fuerte impacto en la sien. Un grito quedó ahogado en la garganta de Melania. Luna se agachó. Tiró de su hermana hasta que bajó a su misma altura.
-De buena nos hemos librado -susurró la pequeña de las dos.
-¿Crees que está muerto?
-Sí -Luna, sin acabar de incorporarse, se dirigió hacia las escaleras-. Vamos, no hay tiempo.
Los ecos de lucha en el exterior se hacían cada vez más intensos a medida que ascendían por el edificio.
-¿Sabes dónde está?
-Sí, Mel -contestó Luna, incrementando la velocidad hasta la carrera-. Sígueme.
Pronto entraron en una de las viviendas, vacías y llenas de escombros. Al fondo, en una pequeña habitación encontraron un cuerpo recostado, inclinado hacia la derecha. Era él, lo reconocieron tras el primer vistazo. Tenía un agujero en la cabeza, una mezcla de masa cerebral y sangre se extendía bajo el cráneo.
-Joder -dijo Melania-. Está muerto.
-No del todo. Vamos.
Luna apoyó sus manos sobre el cuerpo aún caliente del varón que intuitivamente reconoció como su compañero.
-Guzmán.

El silencio en el que la consciencia de Guzmán flotaba quedó interrumpido por una voz familiar. Luna. Le costó entender las palabras. No reaccionó. Se sentía como si fuera el todo, un bienestar que en vida jamás había sentido y que le envolvía le retenía. Otra vez escuchó a su compañera llamándole. Tiraba de él. El frío le invadió. Un intenso dolor sustituyó la sensación de totalidad en la que se encontraba.
-Guzmán, despierta. -Cada vez escuchaba con mayor nitidez.

Las hermanas podían escuchar el fragor de los combates. Estaban luchando junto al edificio donde estaban. Los gritos y las explosiones ascendían por las paredes hasta la ventana que los iluminaba. Luna, en trance, repetía periódicamente el nombre del hombre que, muerto o no, estaba en el suelo. Melania, que ya había recuperado la tranquilidad, se acercó y puso sus manos junto a las de su hermana, sobre Guzmán.
-Guzmán -dijeron al unísono.

Otra voz, más grave. No la reconoció, sin embargo tiró de él con tanta fuerza como la de Luna. Empezó a recordar quién era, relacionó el nombre que escuchaba con él mismo, con una de las identidades que tenía.
-Recorre tu destino -una tercera voz, que relacionó con su abuela, le atravesó como una descarga eléctrica-, aún no ha llegado tu hora.

Las detonaciones, disparos y gritos estaban cada vez más cerca. Melania, preocupada, escuchó pasos rápidos entrando en el edificio y subiendo por las escaleras.
-¡Despierta! -ordenó Luna.

Guzmán inspiró con fuerza, abriendo la boca y los ojos. Reconoció su habitación. Le costó respirar con normalidad. A su alrededor las dos hermanas, Luna y Melania, visiblemente cansadas. Luna, agotada, sonreía, mientras Melania retiraba un mechón rebelde de delante de sus ojos.
-¿Qué ha pasado? -preguntó, casi sin voz. Vocalizó con dificultad.
-Eso vas a tener que contárnoslo tú, pequeño -contestó Luna, cuyos ojos brillaban por la alegría de verle vivo.

lunes, septiembre 29, 2008

Una propuesta

Sobre la mesa hay:



un taxista loco,



una monja soldado y



un puñado de cartas del tarot.
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Sorpréndanme, señores. ¿Se les ocurre algo?

domingo, septiembre 21, 2008

Sombras (X)


Plantada frente a la sólida puerta de madera Melania protegía con su mano izquierda en un acto mecánicamente inconsciente la llama de un mechero de gasolina rojo, a juego con su carmín, cada vez más cercano al cigarrillo que hacía equilibrios sobre sus labios carnosos. Estaba esperando la respuesta a la pulsación del timbre que había hecho instantes antes. El humo empezó a ascender, inundando con su característico olor el portal del viejo edificio donde vivía su hermana. Apagó el mechero, lo dejó deslizarse dentro del enorme bolso que protegía su riñón izquierdo y, con la misma mano derecha, retiró un mechón ondulado que aparentaba tener vida propia. La baja temperatura, acompañada de un aire traicionero, habían convertido el trayecto entre el lugar donde pudo aparcar el coche y aquella puerta en una tortura, atravesando las medias la helada humedad hasta rebotar en los huesos. "Ha sido una suerte que cogiera la chupa", pensó. Anduvo cerca de seiscientos metros encogida, enroscada dentro de su chaqueta de cuero. Entre el frío y que nunca le gustó ir sola por el barrio de su hermana a esas horas recorrió, casi corriendo, la distancia entre donde pudo aparcar el coche y el punto en el que estaba dando una deseada primera calada.
-¿Quién es? -reconoció la voz, aun distorsionada por el portero automático, de su hermana.
-Soy yo.
Un zumbido eléctrico y Melania empujó la puerta. Le pareció más pesada que la última vez que fue a visitar a Luna. Entró y cerró, dejando la escasa iluminación fuera, en su lugar natural como elemento proveniente de la estrecha calle. Pulsó el interruptor de la luz, cruzó el pequeño recibidor directa hacia los primeros escalones y subió hasta la planta donde la esperaba su hermana. Las sombras enrejadas de la barandilla perfilaban su forma contra la pared de la escalera, con la silueta de su hermana pequeña más difuminada, vacilante e inquieta.
-Hola Luna, ¿qué...
No la dejó terminar. Luna, que se cambió la ropa a algo más presentable que un camisón, concretamente un chándal y una camiseta holgada que, a pesar de su anchura, sugería las formas de su delgado cuerpo; se lanzó sobre ella una vez Melania puso los dos pies en el descansillo. La abrazó, todavía con los nervios alterados. No había sido capaz de relajarse, provocando a su vez un aumento de la ansiedad al ser consciente de la pérdida de su autocontrol, corría el riesgo de desbordarse en cuanto ocurriera cualquier cosa, inesperada o no.
-Gracias por venir. ¿Estabas trabajando?
-No te preocupes.
-Vaya -Luna entendió que sí-. Espero que no te hayas metido en un problema.
-Soy autónoma, no tengo jefe -brillaron de simpatía sus blancos dientes. La visión de aquella sonrisa causaba siempre el mismo efecto en la pequeña de las dos hermanas: era como volver a la infancia, cuando Melania la sacaba de los líos en los que no paraba de meterse y, con ese mismo gesto, decía aquello de "todo va bien, no pasa nada".
-Estoy tan asustada -dijo, con los ojos brillantes por las lágrimas que se esforzaba en retener-, no sé qué le pasa. Está como vegetal.
-Vamos dentro, hermanita, y me cuentas -miró a su alrededor, sospechando hasta del silencio-. Este no es lugar.
-Es verdad.
Luna se apartó dejando que Melania entrara primera. Ella lo hizo después. Cerró la puerta, encendió la luz, cogió la chupa de cuero de su hermana y la colgó en un perchero junto al recibidor y caminaron hasta la cama, donde Guzmán, pálido y huesudo, tapado de cintura para abajo por una sábana, aparentaba estar en un profundo sueño.
-Vaya -se limitó a decir Melania tras contemplarlo y desplazarse hasta la sala de estar-. ¿Me explicas qué ha sucedido? Por favor, no omitas ningún detalle.
Así lo hizo, desde las pesadillas de Guzmán hasta el último sueño, sus reacciones, la pérdida de consciencia y la llamada telefónica con la que media hora antes se había puesto en contacto con ella.
-Has venido rápido. ¿Estabas muy lejos?
-No, bueno, a estas horas no hay mucho tráfico por Valencia, el problema ha sido aparcar -Melania apuró la última calada al cigarro que había estado fumando desde que entró y lo aplastó contra el cenicero de cerámica que su hermana había sacado expresamente para ella. Con ese gesto simbolizó un cambio de tema, y con él sus facciones se ensombrecieron-. Ya sabes que Guzmán nunca me gustó, te dije que no debías irte con él, eres muy joven -apenas tenía veintitres años- para estar con alguien así. Siempre me ha dado mala espina.
-Ya, ya lo sé. No me sermonees que no están las cosas para eso.
-¿Para qué me has llamado?
-Necesito que me ayudes para contactar con Guzmán, sé -puso un especial énfasis en el verbo, añadiéndole al significado una importante carga de esperanza, de fe- que aún sigue aquí. Yo, así -refiriéndose al nerviosismo-, tan implicada emocionalmente, no puedo hacer nada, pero tú...
-Ya, entiendo. Te ayudaré -Luna se iluminó de alegría, siempre había confiado ciegamente en su hermana. Melania se contagió de su sonrisa, suavizando la seriedad de su semblante-, eso sí, ya sabes que ahora me interesa más el mundo material que el espiritual, veremos qué podemos hacer. Vamos.
Se levantaron, volvieron a la habitación donde estaba Guzmán.
-Siéntate tú en la cama, a su lado -sugirió Melania-. Al otro y de pie me quedaré yo.
-De acuerdo, Mel.
Siempre, desde pequeñas, ya escucharon que las dos hermanas eran opuestas. Tenían razón, bastaba con ver cómo Luna, de físico frágil y delgado, digno de modelo de pasarela, era completamente diferente a su hermana y su cuerpo voluptuoso, sexual y aparentemente creado para provocar algo más que miradas más o menos descaradas.
-Muy bien, vamos a ello. ¿Lista? -preguntó Mel.
-Sí.
Pusieron sus manos sobre el torso y la cabeza de Guzmán. Luna, bastante más tranquila por la presencia de su hermana, logró relajarse hasta poder dejar la mente en blanco, mientras Melania hizo lo mismo con mayor facilidad.

El recuerdo de la infancia, con su abuela en el parque, fue lo último que pasó por la cabeza de Guzmán, y fue perdiendo fuerza a medida que la bala atravesaba neuronas, hueso y piel. Poco tardó en perder los sentidos y sentirse en una especie de estado de flotación, sin caer ni ascender. Estaba sumergido en una ausencia total de estímulos internos y externos. Era él, pero a su vez era mil criaturas más: mercenario en Italia, soldado soviético en la segunda guerra mundial, concubina de jefe tribal árabe, legionario en la Roma de Julio César, agricultor, sacerdotisa, etcétera. Todas sus historias, desde su nacimiento hasta su muerte estaban en él, podía verlas, estudiarlas, extraer conocimientos y aprendizajes que, unas veces eran puestos en práctica y otras no. Podía ver como en la mayoría de esas vidas se repetían los mismos patrones, las mismas acciones, errores y aciertos. Ahora, viendo en conjunto su existencia, entendía mejor las palabras del misterioso ser a quien llamaba Henri Beaumont. Muchas veces había actuado con buena fe, con el único fin de ayudar a aumentar la conciencia de sus allegados, y casi todas había acabado siendo traicionado, engañado y manipulado por seres despreciables de alma podrida y aparentemente buenas intenciones.
-¿Ya lo entiendes? -otra vez Henri, cuya voz lo inundó todo.
-Sí -replicó, sin prestar mucha atención.
-¿Aún sigues pensando en querer salvar esas almas despreciables a costa de tu propia salvación? -Guzmán ni contestó, abrumado por todas sus vidas anteriores- Entiendo.
El silencio volvió a extender sus cortinas, dejándolo aislado de cualquier otra cosa que no fueran sus recuerdos.

Luna y Melania, desconcertadas, miraron a su alrededor. Estaban en una ciudad derruida por la guerra, con bloques de cemento, vigas retorcidas, pintura desconchada y los restos de un vehículo blindado medio enterrado por la nieve.
-¿Qué es todo esto? -gritó Melania, intentando llevar la voz más allá del ruido de combate que llegaba desde el norte.
-No lo... -Luna, de repente, se calló. La sensación de peligro inminente atravesó su delgadez como una descarga eléctrica. Cogió la mano de su hermana y tiró de ella, hacia el interior de un bloque de varias plantas que aún permanecía bastante entero- ¡corre!
El tirón hizo trastabillar el seductor cuerpo de Melania, consiguiendo salvar el equilibrio in extremis. Se refugiaron tras la pared contigua a la puerta. Una sirena se aproximó desde el aire, silenciando cualquier otro sonido de refriega. La explosión las aturdió.
-¿Qué... qué ha pasado?
-Creo que ha caído una bomba -contestó Melania, levantándose con dificultad. Había caído sobre un charco embarrado formado dentro de un agujero. El agua estaba helada.
-¡Estamos en una guerra!
-Eso parece.
-¡Qué frío! -dijo Luna, empezando a tiritar. Buscó algo de abrigo, inconscientemente. Charcos, materiales destrozados, marcas de combate, ratas y oscuridad, y el hedor de la guerra que las abofeteó. En el suelo, tirado boca abajo, un cuerpo yacía inmóvil- Creo que a este no le va a ser de mucha utilidad la casaca.
Con cuidado e intentando tocar lo menos posible del cadáver helado logró quitarle la parte superior del uniforme y se lo puso.
-¿Cómo puedes ponerte eso, Luna? ¡Es de un muerto!
-A él ya no le hace falta. Ahí hay otro, te aconsejo que te tapes o si no vas a morirte de frío -Señaló a otro cuerpo que, doblado sobre sí mismo y ligeramente inclinado hacia la derecha, descansaba junto a la pared-. No seas tan escrupulosa, Mel. Esto es la guerra.
-Pareces muy suelta, hermanita, cualquiera lo diría, con lo aprensiva que eres.
-Ya ves. Mira -levantó una Tokarev. Su uniforme era ruso, al igual que el del otro cadáver.
Melania superó su resistencia a vestir con las ropas de un muerto. Una explosión lejana les recordó que estaban en zona de guerra, hecho que parecía que no acababan de asimilar.
-¿Y ahora qué? -Melania se asustó, al ver a su hermana deslizándose contra la pared hasta acabar sentada-. Luna, ¿qué te pasa?

sábado, septiembre 20, 2008

Óxido y recuerdos


Nervios de hojas secas

vestidas con tinta china

-o birmana,

o hindú,

qué más da el origen. Globasclavización.-

parasitan mi cabeza,

sustituyen mis neuronas

y me dan la libertad para que

responda

a una simple pregunta:

"¿quién eres, V?"

(solo aceptan una respuesta,

democráticamente, eso sí,

como todo. Para qué negarlo.)

Es el progreso,

-el brillante progreso,

¡no hay cabida para la mediocridad, señora!-

el nuevo Dios

¿o es el viejo,

ese de metálicos ojos avariciosos,

estrenando su renovado disfraz

de papel moneda?

Me resisto a acercarme a la luz.

a abandonar las sombras

donde nada es lo que es,

donde un contraluz es un dragón,

un susurro una declaración de amor,

donde el eco de pisadas: un amigo

y no un competidor;

donde los nervios están vestidos

de humildad

y no de tinta sanguinal.

Se resquebraja el suelo.

Arde el velo.

Las máscaras caen, poco a poco.

¡Apaga la luz

de la Quinta Avenida!

miércoles, septiembre 17, 2008

Sombras (IX)


-¡Despierta!
Luna palpó con la yema de los dedos índice y medio de su mano derecha aquel cuello alargado buscando algún rastro de pulso sanguíneo. El hecho de encontrarlo la tranquilizó levemente. "No está muerto", pensó. Sin embargo, ella sentía el corazón golpeando con fuerza su cráneo a un ritmo cada vez más acelerado. No sabía qué hacer, no podía contener la ansiedad que empezaba a tomar las riendas de su fragilidad emocional.
-¡Vamos, reacciona!
Le abofeteó.
Se llevó el puño izquierdo a la boca para ahogar un grito que luchaba por salir de su garganta, transformándolo en un mordisco que marcó su mano. Una desagradable sensación de ahogo se apoderó de ella.
-¡Tranquilízate! -se dijo, intentando convencerse de que aquello no podía seguir así. Estaba demasiado alterada para poder pensar con claridad. Había estado temiendo que aquello sucediera desde que empezó a percibir los malos sueños de Guzmán, cuando le explicó en qué consistían la preocupación de que algo malo ocurriera se hizo cada vez más tangible. De un salto se levantó de la cama y miró al radiorreloj. Los números rojos, tan fríos y digitales, le parecieron tan reales, fieles represenaciones del paso del tiempo, que llegaron a herirla. Doce minutos pasaban de las cuatro y media de la mañana. El cambio del doce al trece funcionó como un resorte que activó algo en su cabeza. Pensó en las horas, en los minutos, en el avance inexorable, cíclico, de los números que representaban la linealidad de la existencia y la futilidad que supone atarse al descontrol del no saber qué hacer. En el intervalo correspondiente al minuto catorce las cosas empezaron a volver a su cauce, aunque no logró recuperar la estabilidad. Seguía sin saber qué hacer, sin embargo había podido abandonar la peligrosa senda que lleva al ataque de ansiedad. Volvió a palpar el cuello de Guzmán, continuaba latiendo, eso sí, a un ritmo muy bajo. Continuaba de pie, frente a la cama, iluminada por la escasa luz que lograba filtrarse por la ventana y las cortinas. Respiró profundamente. Decidió intentar algo. Intentó relajarse, vaciarse de pensamientos, liberarse de la carga emocional que bloqueaba su capacidad sensitiva. No tardó en considerar que lo había logrado, más movida por la prisa y la sugestión que por una relajación real. Puso sus manos sobre el pecho del hombre que aparentemente estaba dormido. Se esforzó en no pensar en nada, en dejar la mente en blanco. Cerró los ojos. Controló la respiración, que entre inspiración y expiración duraba cerca de veinte segundos.
-Guzmán -Lo llamó-. ¿Estás ahí? -Nada. Todo era oscuridad.
-¿Guzmán?
El silencio era la única respuesta que encontró. La asaltó la posibilidad de que su mente consciente hubiera sido destruida, quedando aquel cuerpo como un vegetal, en el que únicamente los órganos vitales funcionaban por pura inercia.
-Estoy demasiado nerviosa -se dijo, intentando convencerse de que semejante posibilidad era imposible-. No puede ser eso.
Separó las manos del tibio cuerpo. "¿Realmente está perdido?", dudó. Se negaba a aceptarlo. Decidió intentar contactar con su cuerpo astral una vez más, para ello debía relajarse "de verdad, no como antes". Cogió la silla situada junto al pequeño escritori, la puso cara a la cama y se sentó en ella, dejando caer los brazos sobre las piernas y éstas sin cruzar. Cerró los ojos. Inspiró, expiró, volvió a inspirar. Un pitido la interrumpió. Gritó, asustada. Abrió los ojos, buscando el origen del sonido. Le costó reconocerlo. Había sido el teléfono móvil, avisando que su batería estaba próxima a agotarse. Se levantó y lo cogió, con intención de ponerlo a cargar. Lo mantuvo en su mano, pensativa. "Ella me ayudará". Pensó en su hermana, Melania. Hacía por lo menos un mes que no hablaba con ella, pero era la persona en quien más confiaba. Siempre estuvieron muy unidas, sobre todo después de un extraño suceso que ninguna de las dos podía recordar sino de una forma muy vaga y orínica. Ella, su hermana mayor, su primogénita, sabría que hacer; eso pensó. Buscó su nombre en la agenda del pequeño aparato.
-Aquí está.
Apretó el botón verde, confiando en poder escuchar una voz entre soñolienta y cabreada por haber sido despertada. Sentía que era su única esperanza.
-Vamos... cógelo... Melania...

La melodía hortera, una de esas canciones de moda, de un teléfono móvil invadió la habitación donde una pareja se revolcaba entre las sábanas. La estancia, de colores cálidos, amplia y generosa en detalles, transmitía sin embargo la frialdad del paso constante de diferentes cuerpos, caras y nombres por sus cuatro paredes de suit de hotel de lujo. Sobre la cama la espalda de una mujer rubia, de cabello ondulado y largo, detuvo en seco su movimiento sexual.
-Espera -dijo.
-¿Es tuyo? No lo cojas -contestó el hombre que, bajo ella, la miraba con lujuria y deseo.
-Cállate.
La mujer, de unos treinta años, se separó de su amante bruscamente. Desnuda y con cara de preocupación se dirigó hacia su bolso. El hombre, atónito, no podía creerse lo que estaba pasando. Sus duras facciones contemplaron cómo el voluptuoso cuerpo que hasta hacía un instante estaba sobre él se alejaba en dirección al origen de la cancioncilla que había interrumpido el que, hasta el momento, le había parecido uno de los mejores polvos de su vida. Abrió el gran bolso de la marca Dolce & Gabbana, rebuscó en su interior, acabando por asomarse para poder encontrarlo entre tantas cosas que llevaba dentro. Se sorprendió al ver que, de los dos teléfonos que siempre llevaba encima, el que estaba sonando era el personal, y no el corporativo, como a ella le gustaba llamarlo. El número del teléfono que sostenía en su mano solo lo conocían los familiares cercanos y un grupo muy selecto de personas, y rara vez era utilizado.
El nombre de su hermana ocupaba la pantalla parpadeante del aparato. Lo abrió, preparada para escuchar cualquier cosa.
-¿Acaso estas son horas de llamar? -dijo- Espero que sea importante... -dejó morir la amenaza en el aire.
-¿Pero tú no eras argentina? -denunció el hombre que, desde la cama, había conocido a aquella chica bajo el nombre de Valeria, nacida en Buenos Aires y que, supuestamente, vino para estudiar pero que se quedó enamorada de España y sus varoniles hombres.
-¿Qué ha sido eso? -se oyó desde el altavoz del teléfono.
-Espera, estoy contigo en seguida -contestó Melania, tapando el micrófono con la palma de la mano izquierda y bajándolo. Se giró, mirando hacia el hombre con el que estaba compartiendo lecho- ¿Qué pasa? ¿Acaso te crees todo lo que te dicen?
Entró en el baño, obviando las protestas provenientes de la cama.
-Ya. Dime Luna, ¿qué pasa?
-¿No estarías trabajando?
-Eso da igual, cuéntame por qué me llamas a las cuatro y media de la mañana de un viernes.
-Es Guzmán.
-Ah, ese novio tuyo. ¿Se le ha caído una maceta encima o qué?
-Está mal -intentó que su voz pareciera segura, que no transmitiera la ansiedad que la reconcomía-, no sé cómo explicártelo, es difícil de contar por teléfono. Por favor, ven.
El tono asustado, nervioso, de su hermana declararon que estaba sucediendo algo grave. No dudó en ir a su casa.
-De acuerdo. Voy para allá -y colgó. Salió del baño, contagiada por el nerviosismo de su hermana, buscando la ropa que había caído caprichosa y aleatoriamente sobre el suelo, parcialmente cubierta por la sábana. El hombre, entrado en carnes y peludo, la observaba sentado, con la espalda apoyada contra el cabecero de la cama, mostraba su falta de comprensión ante la situación.
-¿Dónde crees que vas? -exclamó- ¡No puedes irte!
-Tengo un problema familiar, guapo -contestó Melania, intentando apaciguarlo mientras subía el tanga por sus piernas-. Es urgente, he de irme.
-No vas a ir a ninguna parte, he quedado contigo para toda la noche, y aún casi ni hemos empezado -estaba furioso, el deseo sexual mal satisfecho se había convertido en rabia hacia la que hasta hacía poco había considerado como poco menos que una diosa del amor-. Maldita mala puta, ¡mírala, que se cree la reina del mambo, y ni siquiera es argentina!
-A ver, cariño, dos cosas -se ajustó el sujetador sin darle la espalda a aquel hombre. Había pasado por alguna que otra situación similar, y sabía muy bien que, si bien generalmente se quedaban en solo aquello, palabras, más valía prevenir y no perder el contacto ocular con un cliente insatisfecho-. Primero: Lo único que tengo es mi familia, nada es más importante para mí y no voy a dejar que nada me impida estar con alguno de los míos cuando tiene problemas -se ajustó la blusa, cogió el bolso, los zapatos y se dirigió hacia la puerta-, y segundo: ¡la tienes pequeña, follas de pena y encima hueles mal! -exclamó, desahogándose.
Con los tacones en la mano se dirigió hacia el ascensor, pensando en el camino más rápido para llegar a la casa de su hermana, en pleno barrio del Carmen.

martes, septiembre 16, 2008

Dos frases

Aprovechando que no puedo dormir (maldito resfriado, que Dios haga que arda Valencia en una orgía de llamas sin fin, así hará calorcito y nadie más sufrirá esta tortura nasal) me han estado llegando algunas frasecitas a la cabeza:

1. El creativo trabaja con consecuencias para generar causas, y el competitivo trabaja con causas para crear consecuencias.

2. (Pensando en ciertos medios de comunicación) Llamar a una broma como censura o intento de destruir la libertad de expresión es como cuando un negro llama racismo a las quejas de las viejas cuando se cuela en la cola del mercado.

sábado, septiembre 13, 2008

Sombras (VIII)


¡Bang!

-Abuelita, ¿qué es morir?
Un niño de cinco años, larguirucho y bastante alto comparado con la mayoría de los de su edad, se balanceaba en uno de los dos columpios que colgaban de una tosca estructura metálica oxidada. Frente a él, y mirándolo, había una mujer que reposaba sus sesenta años y algunos kilos de más en un viejo banco de madera que a duras penas mantenía la pintura, antiguamente de un elegante verde oscuro. La hojarasca de los árboles caducos había llenado de tonos ocres y rojizos del pequeño parque ocupado solo por aquellas dos melancólicas figuras, mientras el suave chirrío de los goznes de las cadenas bailaba con la banda sonora habitual de coches, peatones y comercios a punto de cerrar amortiguada por la arboleda, la distancia y algunos pequeños animales que en el lugar vivían. La señora, que pasaba el rato rellenando un crucigrama, sonrió al escuchar en la vocecita inocente de su nieto aquella pregunta tan profunda. Dejó a un lado la revista, el bolígrafo y afablemente se dispuso a contestar. Conocía muy bien, demasiado quería creer, el tema.
-Guz, bonito, es una pregunta muy difícil ¿por qué me la haces?
El pequeño, dejando que la inercia fuera frenándole, explicó que mientras jugaba en casa de uno de sus amigos escuchó parte de la conversación entre las madres de los dos niños. Estaban en otra habitación, a cargo de la hermana mayor del otro, que no pasaría de los trece años. En un descuido de ésta se escabulló por la puerta y se acercó a la sala de estar donde las dos mujeres tomaban café. Escuchó sus voces, con cuidado para no ser descubierto y movido por la curiosidad, puso atención en lo que decían.
-...un ceda el paso y le embistió -aquella que hablaba era la madre de su amigo-. Se ve que la furgoneta le pegó con el morro en la puerta trasera, un poco antes y... no quiero ni pensar en lo que habría pasado si hubiera pegado en la puerta delantera; aun así, bueno, ya te lo he dicho.
-¿Y tú, cómo estás? -el pequeño Guzmán sonrió al reconocer la voz de su madre.
-Ufff -suspiró la otra mujer-. Muy mal, no he dormido nada hoy, preocupada por Javier. En el hospital, ya sabes. Cuando me llamaron para decirme lo del accidente casi me entra algo, pensé que se iba a morir.
-Iba a morir -repitió el niño espía hacia sus adentros -iba a morir.
-¿Qué haces aquí? -una voz de niña le sorprendió. Las dos madres se callaron.
Continuó explicándole que, justo en ese mismo momento, una mano le arrastró hacia el fondo del pasillo. La niña le dijo, algo alterada, que ni se le volviera a ocurrir hacer algo así, que si quería ir a cualquier parte que se lo dijera primero a ella.
-Eso está muy mal, Guzmán. -reprochó la abuela, sin embargo no parecía molesta por la confesión- ¡no hay que espiar a las personas! No lo vuelvas a hacer, ¿vale?
-Sí, abuelita -el espigado niño, lejos de arrepentirse y olvidar el tema junto con la mala acción previa decidió insistir-, ¿qué es morir?
-Morir es cuando una persona, o un animalito, o una planta dejan de vivir.
El columpio se detuvo.
-Pero... -Guzmán, asustado ante algo que ni siquiera alcanzaba a comprender- ¡eso es malo!
-¡No! -exclamó, sonriente- Para nada.
-¿Por qué no es malo?
-Porque cuando alguien muere tarde o temprano vuelve a este mundo, se reencarna en otro cuerpo.
-¿Por qué reencarnarse? -el chico, ahora más sorprendido que asustado, preguntaba presionado por la incesante necesidad de hacer preguntas; sin embargo era incapaz de seguir lo que le decía.
-Porque todos cometemos errores, y tenemos siempre una oportunidad para solucionarlos.
-No entiendo nada.
-Es que es un tema muy complicado. Además, no deberías preocuparte por eso. ¿Vamos a comprar chocolate?
-¡Sí!
De un salto Guzmán se bajó del columpio, ayudó a su abuela a acabar de levantarse y se dirigieron hacia una tienda de golosinas situada en una de las calles colindantes al parque. La tarde fue marchitándose, preparada para dar el paso a la noche. El cielo estaba encapotado, grandes nubes impedían la visión de los astros y las luces de algunas casas ya empezaron a iluminar las calles acompañando al intermitente encendido de las farolas. El establecimiento estaba cerca, no les costó más de cinco minutos al lento ritmo de una abuela con su nieto. Se encontraron frente a un toldo con la leyenda "dulces y golosinas", al otro lado de la calle. Cruzaron la vía, desierta, y se plantaron frente a la puerta.
-Antes de entrar quiero decirte una cosa, ¿vale?
-Sí.
-Pero es un secreto, y antes vas a tener que prometerme que no se lo vas a contar a nadie.
-¡Lo prometo! -exclamó, ansioso. La combinación de chocolate y secretos le habían alterado. Estaba nervioso, y si le hubieran dado a elegir no sabría decir cual de los dos prefería obtener antes -¡Dime, dime, dime!
Se inclinó sobre su nieto, acercándose a su infantil cabeza.
-Mira hacia ahí arriba -susurró-, ¿la ves?
-¿Qué he de ver?
-La luna.
-No, no la veo.
-Sin embargo está, siempre estará. Confía en ella, te protegerá y te llevará por el buen camino. Cuando te sientas perdido mírala y deja que te indique el camino -Se separó del niño y, tras un tosco movimiento y una maldición dedicada a su cansada espalda se puso todo lo erguida que pudo-. ¿Vamos a por ese chocolate?
-Sííí.

-¡Abre los ojos, maldito hijo de puta!
En la oscuridad de la habitación Luna, llorando, sostenía con ambas manos la cabeza de Guzmán empapada por las lágrimas de su compañera. No reaccionaba. Ella, desesperada, no sabía qué hacer. Aún estaba caliente y en su cara se podía leer el terror de saber que una bala va a atravesar el cráneo.
-¡Despierta!

jueves, septiembre 11, 2008

Sombras (VII)


-Te he estado esperando, Alessandro.
-¿Tú otra vez? Ya sé quién eres, Henri Beaumont.
Estaban los dos cara a cara, en el mundo fantasmal que tan bien conocían. Sobre la negritud que los envolvía contrastaban fuertemente el huesudo y alto Guzmán, y el renacentista francés. A escasos dos palmos podía distinguir cómo, tras la ruda piel del espía francés se intuían algunas formaciones óseas que le daban un aspecto grotesco, potenciado por unos ojos vacíos de vida, ennegrecidos.
-Así me llamaron, Alessandro, y no me molesta, pues estoy orgulloso de todas mis reencarnaciones, no como tú, que ni recuerdas ni quieres recordar.
-¿Qué quieres de mí?
Henri, que se movía con unos exagerados movimientos dignos del más histriónico de los actores, hizo ademán de sorpresa.
-¿No te lo dije ya? Quiero que te dejes de tanta tontería, de tanto ayudar a los que no merecen ayuda y vengas conmigo. Mírate, ¡estás hecho un pordiosero! Con esas pintas, ese cuerpo en el que guardas las expiaciones de viejos diablos que jamás te lo van a agradecer no va a aguantar mucho más. Pronto llegará eso que llaman cáncer, o neumonía, o alguna enfermedad que ningún médico moderno podrá diagnosticar y que acabará poco a poco con tu existencia como -hizo una breve pausa, mesó su barba haciendo como si estuviera pensando-, eso, Guzmán, ahogado en el dolor y el sufrimiento de todos esos a quienes has ayudado en el Tránsito. ¿No recuerdas? Claro, cómo vas a recordar. Te hice esta misma proposición en diciembre de 1942.
Una explosión lanzó a Guzmán por los aires. Cuando se reuperó del aturdimiento miró a su alrededor. Estaba en una ciudad en ruinas, había aterrizado tras un gran montón de escombros que ofrecía una seguridad virtual, falsa. Le pitaban los oídos, y los rugidos de cuatro stukas que sobrevolaron su posición le parecieron maullidos de pequeños gatos pidiendo un poco de atención. Aquello no era una ilusión, era real. El dolor se extendía por todo su cuerpo. Se palpó la cabeza, descubriendo que llevaba un casco. Miró a su alrededor. Cerca, a dos metros, un fusil Mosin-Nagant junto a restos de cristales puestos al bélico azar sobre la grisácea nieve. Las ametralladoras silbaban sobre su cabeza, no supo calcular la distancia debido a la sordera temporal de la explosión. Por si acaso se movió rápidamente, lo más plegado al suelo que pudo, hacia su arma. No pudo evitar mirar a su derecha, a los cristales. Su reflejo le sorprendió. Sus rasgos asiáticos, sus ojos negros y su estatura chata le dijeron que se trataba de él, pero que no era él.

Luna, despierta e inclinada sobre un Guzmán tumbado de mirando al techo se asustó. Le pareció que las facciones de su compañero habían cambiado. No sólo anímicamente, ya que ahora reflejaban un horror, miedo y tensión que no recordaba haber visto. Sus rasgos eran diferentes, le parecieron achinados, físicamente más pequeño, más robusto. Pensó que aquello no podía ser real, apretó fuertemente los ojos y los volvió a abrir. No se trataba de una ilusión, sin embargo comparándolo con otros objetos (lo había visto dormir muchas noches veladas) nada había cambiado. Envolvió la cabeza con un brazo, acercando su frente para besarla. Con el otro se apoyó en el pecho, extrañada por no notar las costillas. Rozó la frente pálida con sus labios, susurrando algo.

"Tranquilo, Guzmán".
-¿Luna, estás ahí? -su pregunta quedó matada por una explosión cercana. Los Stuka continuaban haciendo su trabajo de destrucción. Una extraña sensación de calidez proveniente de su frente y su pecho le reconfortó. De repente desapareció la ansiedad que galopaba por sus nervios y miró a su alrededor. Le era todo extrañamente familiar: los bombardeos, las ruinas, el intenso frío ruso y, sobre todo, el olor. A través de la peste a se dio cuenta de que aquello no era un sueño ni una ilusión. El olor de la batalla, mezcla de cuerpos en descomposición, comida putrefacta y materiales quemados; ese olor que le dijo que aquello era real y que él lo había vivido.
-Ella no te puede oír, ¿no ves que estás en Stalingrado?
La voz de Henri Beaumont le obligó girarse. Ahí estaba él, sentado, apoyado en un bloque de cemento del que salían muñones de hierro oxidado y retorcido, antiguas vigas de otrora algún edificio cercano. Guzmán se giró, apuntándolo con el Mosin-Nagant. El aspecto físico era totalmente diferente: sus rasgos eslavos, sus pómulos marcados por una mala alimentación y su uniforme de camuflaje no eran capaces para engañarle. Se trataba del espía francés de Mantua, aquellos ojos no podían ser disimulados.
>>¡Baja eso! ¿no ves que somos camaradas?
-¿Qué es todo esto?
-Quiero que recuerdes, nada más. Mira a tu alrededor: la guerra, los muertos, el hambre, el frío. Esto es la realidad del ser humano, la única Verdad: cazadores y presas. Supervivencia. Ven, sígueme, te quiero enseñar algo. Y ni se te ocurra intentar nada.
Henri se levantó, y corriendo encogido se metió por un corredor entre los bloques de escombros. Guzmán fue tras él. Cruzaron una plaza donde antes hubo una hermosa fuente y que ahora estaba cubierta de cadáveres. El hedor era insoportable, todo era muerte alrededor, el cielo gris, amenazando tormenta, acompañaba aquella imagen.
-¡Alto, alemanes!
El diabólico guía le indicó un parapeto de escombros. Se dirigieron hacia él sigilosamente.
-Esto es lo que te quería enseñar.
Guzmán miró desde un agujero en el muro. A unos trescientos metros había un grupo de alemanes y prisioneros. Eran civiles, la mayoría eran mujeres y niños. Frente a ellos lo que asemejaba un pelotón de fusilamiento.
El que parecía el jefe del pelotón dijo unas frases en alemán. No entendió nada. Tanto los soldados como los prisioneros, maniatados, guardaron silencio.
-¿No vamos a hacer nada?
-No seas estúpido -sentenció.
Apenas podía percibir la voz del germano, tan lejana. Le pareció oír algo en ruso, pero con un fuerte acento. Pedía información de las posiciones rusas a cambio de salvar su vida. Nadie contestó. El oficial sacó su Luger, se acercó a uno de los niños, lo tiró al suelo de una patada cayendo de espaldas y le apuntó a la cabeza.
-¿Tienes algo que decir, chico? -dijo, casi gritando, tanto que Guzmán lo escuchó perfectamente -¿Nada?
El niño guardó silencio, silencio roto por el disparo que lanzó un proyectil 9mm contra su cráneo, atravesándolo limpiamente. Quedó tendido en el suelo, inerte. Guzmán no podía dejar de mirar, impertérrito.
>>¿Alguien más quiere morir?
Los prisioneros empezaron a murmurar, aterrorizados. Una mujer, encorvada y oculta tras un pañuelo raído y sucio, se adelantó. El oficial se acercó, con el arma junto al pecho. La señora le dijo algo al oído, levantó un brazo hacia su izquierda, rompió a llorar.
El alemán, sonriente, apartóse a un lado, dándole la espalda a la señora.
-Matadlos -dijo en su idioma.
Los fusiles Mauser escupieron fuego y balas sobre los prisioneros, que cayeron sobre la nieve. Unos de bruces, otros arrodillados, según dónde impactara el proyectil. Guzmán se estremeció.
-Vámonos de aquí, es peligroso -Henri, con un pequeño golpe en el hombro de su invitado, llamó su atención.
Se internaron en un edificio cercano, uno de los pocos que aún conservaba una integridad estructural bastante digna. Subieron un par de pisos, se escondieron en una pequeña habitación, vestida con un vetusto papel y un montón de madera que una vez fue una mesa.
-¿Recuerdas? Todo esto lo vimos, tú y yo, hace más de sesenta años -Henri se dejó caer, lentamente, deslizándose por la pared hasta acabar sentado. Puso el fusil sobre sus piernas, cruzándolas-. Esta es una sola de las atrocidades que vimos y, por qué negarlo, en las que participamos. Aquí, en esta misma habitación hablamos sobre si habría algo más allá de la muerte, otra vida, un castigo por estas salavajadas en forma de enfermedades, o algo así. Yo te decía que sí, que nos reencarnaríamos, pero tú te negabas. Dijiste "eso no puede ser, solo tenemos una vida, ¡son supercherías!". No eras consciente de que hay algo más grande que tú y yo, de esta sucia guerra, algo más allá de ese cuerpo de Kamchatka que te sirve para moverte en esta dimensión. ¡Idiota! Ahora estás pagando por todo eso.
-No, no recuerdo esa conversación -Guzmán también sentado, estaba bajo la ventana, contemplándolo-. Puedes estar engañándome.
-Mala memoria la tuya. Te pregunté: ¿Te imaginas poder trascender todo esto? ¿Vivir por encima de estos salvajes que nacen con el único fin de pagar sus errores con sufrimiento y muerte? Y no entendiste la pregunta. Te estaba ofreciendo lo mismo que te ofrezco ahora. ¿Quieres Trascender? Eres poderoso, Alessandro, podrías ser mucho más de lo que eres. Debes ocupar tu lugar en el universo como Señor, y no como eso que eres ahora, casi un cura.
-Beaumont, o como te llames. No me interesa.
El eslavo desenfundó su Tokarev con cuidado, sin que Guzmán lo percibiera. Se aprovechó de que, por su posición, la cartuchera quedaba lejos de su campo de visión.
-Voy a repetirte la pregunta. ¿Quieres ocupar tu lugar en la Creación?
-No.
-Entonces no me queda más remedio. La historia se repite. Adiós, Alessandro, Guzmán, Viktor Aleksandrovich o como quieras llamarte.
Le apuntó con su arma a la cabeza, transmutando su rostro al de la criatura de grotescos rasgos que había visto otras veces. Sonrió, burlón.
-Hasta la próxima.

En la cama de la habitación Luna contempló cómo las facciones achinadas de su compañero reflejaron el terror de la ejecución que estaba a punto de suceder en la ensoñación. Instintivamente supo qué estaba sucediendo. Agarró fuertemente a Guzmán, levantándolo y trayéndolo hacia ella para abrazarlo. Oyó el eco de una detonación. Unas lágrimas se escaparon de sus grandes ojos oscuros.

lunes, septiembre 08, 2008

Sombras (VI)


-Recuerdo muchas cosas, creo que toda mi vida como Alessandro Colonna -pues así se llamó-. Se ve que fue, o fui, mejor dicho; un mercenario en la zona de Milán. Logré suficiente prestigio y alcancé el cargo de comandante de las fuerzas de mi señor, un tal Gonzaga, que gobernaba la ciudad de Mantua -Luna asintió, aquello concordaba con lo que había escuchado un momento antes-. Pasado el tiempo investigué a un hombre, creyendo que era un espía del rey francés, por mi cuenta y riesgo, y con suma discreción para evitar levantar sospechas. Conseguí que confiara en mí, y cuando estuve a punto de revelárselo a mi señor el traidor, ese bastardo francés me engañó, adelantándose a mi acción.
-¿Crees que puede ser él quien te está perturbando?
Guzmán, agotado, estuvo unos segundos pensando en la pregunta. Se esforzó en intentar relacionar las caras y aunque tenía claro que se trataba de la misma criatura le costó confirmarlo.
-Sí, creo que sí.
-Cariño, ha sido un día muy duro -ella, conciliadora, pasó una mano sobre los hombros de su compañero, le besó en la sien y susurrando continuó-, vamos a dormir, que lo necesitas.
A las cuatro de la mañana se metieron en la cama. Guzmán no tardó en sumergirse en las profundidades más oscuras del océano de Morfeo, mientras Luna, despierta y preocupada, no dejaba de observarlo. No podía dormir, angustiada por la inquietud que la reconcomía. No remitía el miedo de que ese extraño demonio del pasado tomara posesión de aquel frágil y alargado cuerpo. Sus temores no eran para nada infundados, pues recordaba como si hubiera sido ayer cuando aquello mismo le ocurrió a su hermana mayor.
-¡Luna, sálvame!
Todas las noches soñaba con lo mismo. Su "tata" retorciéndose, convulsionándose, hablando en extrañas lenguas. Los médicos yendo de una esquina a otra en la habitación, con sedantes que no surtían efecto y camisas de fuerza destrozadas. Nadie entendió qué le ocurría, y por mucha medicación no conseguían remitir aquellos extraños ataques de locura.
-Melania, ¿qué te pasa? -preguntó la pequeña Luna, que con siete añitos estaba clavada en el suelo al lado de la cama donde su hermana mayor descansaba entre ataque y ataque de aquella supuesta epilepsia.
-Ven, dame la mano -dijo la primogénita, de dieciséis años-, dame, quiero enseñarte una cosa.
-¿El qué? -sorprendida y atemorizada, dudó en acercarse.
-No pasa nada, no tengas miedo, peque -su hermana, con sus gráciles bucles dorados cayendo sobre su rostro sudoroso y marcado por el cansancio y el dolor, sonrió-. Confía en mí.
Dejó caer el brazo derecho de la cama, lo levantó ligeramente para acercarlo a la mano que, temblorosa, Luna se atrevió a aproximar. Con un rápido movimiento Melania atrapó los pequeños dedos de su hermanita, que no supo reaccionar. El rostro de la mayor cambió, desfigurándose y tornándose tétrico, oscuro y macabro. Había atrapado a la niña. Era suya.
Todo se hizo oscuro para la pequeña Luna, sintió cómo sus ojos eran incapaces de sentir rastro alguno de la luz artificial que pobremente iluminaba la habitación. Los cerró, aterrorizada.
-¡Abre los ojos!
Era la voz de su hermana, distorsionada y lejana, que ordenaba una acción que ella se resistía.
-¡No! -gritó- ¡Tengo miedo!
-¡Hazlo! -Esas dos sílabas la obligaban. Se resistía, infructuosamente. Notaba cómo si algo tirara de sus párpados hacia arriba y hacia abajo, forzándola a mirar.
No pudo resistirse más. Empezó a vislumbrar figuras, algunas humanas, otras que no lo parecían. Sombras, luces, bocas que gritaban sin cesar, ojos abiertos que inyectados en sangre miraban buscando un punto de fuga en el que cercenar aquella existencia terrorífica. Una criatura reptiloide, de ojos amarillos y largos dientes se fijó en ella. En menos de una décima recorrió unos doscientos metros (como si fuera a cámara rápida, dijo cuando le preguntaron), poniéndose en cuclillas para disminuir la diferencia de altura entre ambos y situando su hocico a cuatro dedos de su nariz.
-Bienvenida al mundo real, Luna. ¿Por qué te estás meando? ¿Qué clase de miedo puedes tener? Nosotros somos la auténtica Verdad, y no eso que tú misma quieres creer. No tengas miedo.
Esa extraña criatura no hablaba, se comunicaban telepáticamente.
Luna miró al fondo, a la mesa situada a unos tres metros al fondo. En ella estaba maniatada su hermana, al igual que había visto en el mundo real en su cama, pero con la diferencia de que estaba desnuda y que otra extraña criatura, de mirada hipnótica, alas vampíricas y piel negruzca, tenía una mano dentro del cráneo y otra en la caja torácica de Melania.
-¿Por qué le hacéis daño?
-No le hacemos daño. Estamos sanándola.
-¿Sanándola? -tembló su voz infantil.
-Sí, pequeña. Tu hermana ha venido a un mundo donde los fuertes son sometidos por los débiles, los cobardes aprisionan a los valientes y los necios estrangulan a los sabios. Esa corrupción ha llegado hasta su interior y estamos sacándosela.
-Pero sois malos, ella sufre.
-Toda cura es dolorosa, Luna.
-¡No! -gritó- ¡Mientes! ¡Es todo mentira! ¡Sois malos y hacéis daño a mi hermanita! -dio un manotazo al escamado morro, y corrió hacia su hermana mayor- ¡Melania, vuelve! ¡Reacciona!
Aquel grito sorprendió a los dos extraños entes de la visión, el reptiloide trastabillando y el ser alado viendo sacadas sus manos del cuerpo de Melania que, gracias a la acción de su hermana, había salido de la inconsciencia inducida en la que se encontraba.
Luna abrió los ojos, estaba en los brazos de su madre, que de un manotazo había separado a las dos hermanas. La más pequeña de las dos jadeaba, empapada en sudores fríos y temblando por una fiebre repentina que se alargó durante dos semanas. La mayor, con los ojos cerrados, parecía estar en paz.
No lo supo hasta muchos años más tarde, pero había salvado a su hermana de aquellas criaturas. Tampoco relacionó con aquellos hechos, que pasaron a su memoria en forma de mal sueño, la debilidad física que la acompañó desde entonces.

-No te preocupes, Guzmán. Yo cuidaré de ti. Ahora duerme, mi amor.