He vuelto.

jueves, septiembre 11, 2008

Sombras (VII)


-Te he estado esperando, Alessandro.
-¿Tú otra vez? Ya sé quién eres, Henri Beaumont.
Estaban los dos cara a cara, en el mundo fantasmal que tan bien conocían. Sobre la negritud que los envolvía contrastaban fuertemente el huesudo y alto Guzmán, y el renacentista francés. A escasos dos palmos podía distinguir cómo, tras la ruda piel del espía francés se intuían algunas formaciones óseas que le daban un aspecto grotesco, potenciado por unos ojos vacíos de vida, ennegrecidos.
-Así me llamaron, Alessandro, y no me molesta, pues estoy orgulloso de todas mis reencarnaciones, no como tú, que ni recuerdas ni quieres recordar.
-¿Qué quieres de mí?
Henri, que se movía con unos exagerados movimientos dignos del más histriónico de los actores, hizo ademán de sorpresa.
-¿No te lo dije ya? Quiero que te dejes de tanta tontería, de tanto ayudar a los que no merecen ayuda y vengas conmigo. Mírate, ¡estás hecho un pordiosero! Con esas pintas, ese cuerpo en el que guardas las expiaciones de viejos diablos que jamás te lo van a agradecer no va a aguantar mucho más. Pronto llegará eso que llaman cáncer, o neumonía, o alguna enfermedad que ningún médico moderno podrá diagnosticar y que acabará poco a poco con tu existencia como -hizo una breve pausa, mesó su barba haciendo como si estuviera pensando-, eso, Guzmán, ahogado en el dolor y el sufrimiento de todos esos a quienes has ayudado en el Tránsito. ¿No recuerdas? Claro, cómo vas a recordar. Te hice esta misma proposición en diciembre de 1942.
Una explosión lanzó a Guzmán por los aires. Cuando se reuperó del aturdimiento miró a su alrededor. Estaba en una ciudad en ruinas, había aterrizado tras un gran montón de escombros que ofrecía una seguridad virtual, falsa. Le pitaban los oídos, y los rugidos de cuatro stukas que sobrevolaron su posición le parecieron maullidos de pequeños gatos pidiendo un poco de atención. Aquello no era una ilusión, era real. El dolor se extendía por todo su cuerpo. Se palpó la cabeza, descubriendo que llevaba un casco. Miró a su alrededor. Cerca, a dos metros, un fusil Mosin-Nagant junto a restos de cristales puestos al bélico azar sobre la grisácea nieve. Las ametralladoras silbaban sobre su cabeza, no supo calcular la distancia debido a la sordera temporal de la explosión. Por si acaso se movió rápidamente, lo más plegado al suelo que pudo, hacia su arma. No pudo evitar mirar a su derecha, a los cristales. Su reflejo le sorprendió. Sus rasgos asiáticos, sus ojos negros y su estatura chata le dijeron que se trataba de él, pero que no era él.

Luna, despierta e inclinada sobre un Guzmán tumbado de mirando al techo se asustó. Le pareció que las facciones de su compañero habían cambiado. No sólo anímicamente, ya que ahora reflejaban un horror, miedo y tensión que no recordaba haber visto. Sus rasgos eran diferentes, le parecieron achinados, físicamente más pequeño, más robusto. Pensó que aquello no podía ser real, apretó fuertemente los ojos y los volvió a abrir. No se trataba de una ilusión, sin embargo comparándolo con otros objetos (lo había visto dormir muchas noches veladas) nada había cambiado. Envolvió la cabeza con un brazo, acercando su frente para besarla. Con el otro se apoyó en el pecho, extrañada por no notar las costillas. Rozó la frente pálida con sus labios, susurrando algo.

"Tranquilo, Guzmán".
-¿Luna, estás ahí? -su pregunta quedó matada por una explosión cercana. Los Stuka continuaban haciendo su trabajo de destrucción. Una extraña sensación de calidez proveniente de su frente y su pecho le reconfortó. De repente desapareció la ansiedad que galopaba por sus nervios y miró a su alrededor. Le era todo extrañamente familiar: los bombardeos, las ruinas, el intenso frío ruso y, sobre todo, el olor. A través de la peste a se dio cuenta de que aquello no era un sueño ni una ilusión. El olor de la batalla, mezcla de cuerpos en descomposición, comida putrefacta y materiales quemados; ese olor que le dijo que aquello era real y que él lo había vivido.
-Ella no te puede oír, ¿no ves que estás en Stalingrado?
La voz de Henri Beaumont le obligó girarse. Ahí estaba él, sentado, apoyado en un bloque de cemento del que salían muñones de hierro oxidado y retorcido, antiguas vigas de otrora algún edificio cercano. Guzmán se giró, apuntándolo con el Mosin-Nagant. El aspecto físico era totalmente diferente: sus rasgos eslavos, sus pómulos marcados por una mala alimentación y su uniforme de camuflaje no eran capaces para engañarle. Se trataba del espía francés de Mantua, aquellos ojos no podían ser disimulados.
>>¡Baja eso! ¿no ves que somos camaradas?
-¿Qué es todo esto?
-Quiero que recuerdes, nada más. Mira a tu alrededor: la guerra, los muertos, el hambre, el frío. Esto es la realidad del ser humano, la única Verdad: cazadores y presas. Supervivencia. Ven, sígueme, te quiero enseñar algo. Y ni se te ocurra intentar nada.
Henri se levantó, y corriendo encogido se metió por un corredor entre los bloques de escombros. Guzmán fue tras él. Cruzaron una plaza donde antes hubo una hermosa fuente y que ahora estaba cubierta de cadáveres. El hedor era insoportable, todo era muerte alrededor, el cielo gris, amenazando tormenta, acompañaba aquella imagen.
-¡Alto, alemanes!
El diabólico guía le indicó un parapeto de escombros. Se dirigieron hacia él sigilosamente.
-Esto es lo que te quería enseñar.
Guzmán miró desde un agujero en el muro. A unos trescientos metros había un grupo de alemanes y prisioneros. Eran civiles, la mayoría eran mujeres y niños. Frente a ellos lo que asemejaba un pelotón de fusilamiento.
El que parecía el jefe del pelotón dijo unas frases en alemán. No entendió nada. Tanto los soldados como los prisioneros, maniatados, guardaron silencio.
-¿No vamos a hacer nada?
-No seas estúpido -sentenció.
Apenas podía percibir la voz del germano, tan lejana. Le pareció oír algo en ruso, pero con un fuerte acento. Pedía información de las posiciones rusas a cambio de salvar su vida. Nadie contestó. El oficial sacó su Luger, se acercó a uno de los niños, lo tiró al suelo de una patada cayendo de espaldas y le apuntó a la cabeza.
-¿Tienes algo que decir, chico? -dijo, casi gritando, tanto que Guzmán lo escuchó perfectamente -¿Nada?
El niño guardó silencio, silencio roto por el disparo que lanzó un proyectil 9mm contra su cráneo, atravesándolo limpiamente. Quedó tendido en el suelo, inerte. Guzmán no podía dejar de mirar, impertérrito.
>>¿Alguien más quiere morir?
Los prisioneros empezaron a murmurar, aterrorizados. Una mujer, encorvada y oculta tras un pañuelo raído y sucio, se adelantó. El oficial se acercó, con el arma junto al pecho. La señora le dijo algo al oído, levantó un brazo hacia su izquierda, rompió a llorar.
El alemán, sonriente, apartóse a un lado, dándole la espalda a la señora.
-Matadlos -dijo en su idioma.
Los fusiles Mauser escupieron fuego y balas sobre los prisioneros, que cayeron sobre la nieve. Unos de bruces, otros arrodillados, según dónde impactara el proyectil. Guzmán se estremeció.
-Vámonos de aquí, es peligroso -Henri, con un pequeño golpe en el hombro de su invitado, llamó su atención.
Se internaron en un edificio cercano, uno de los pocos que aún conservaba una integridad estructural bastante digna. Subieron un par de pisos, se escondieron en una pequeña habitación, vestida con un vetusto papel y un montón de madera que una vez fue una mesa.
-¿Recuerdas? Todo esto lo vimos, tú y yo, hace más de sesenta años -Henri se dejó caer, lentamente, deslizándose por la pared hasta acabar sentado. Puso el fusil sobre sus piernas, cruzándolas-. Esta es una sola de las atrocidades que vimos y, por qué negarlo, en las que participamos. Aquí, en esta misma habitación hablamos sobre si habría algo más allá de la muerte, otra vida, un castigo por estas salavajadas en forma de enfermedades, o algo así. Yo te decía que sí, que nos reencarnaríamos, pero tú te negabas. Dijiste "eso no puede ser, solo tenemos una vida, ¡son supercherías!". No eras consciente de que hay algo más grande que tú y yo, de esta sucia guerra, algo más allá de ese cuerpo de Kamchatka que te sirve para moverte en esta dimensión. ¡Idiota! Ahora estás pagando por todo eso.
-No, no recuerdo esa conversación -Guzmán también sentado, estaba bajo la ventana, contemplándolo-. Puedes estar engañándome.
-Mala memoria la tuya. Te pregunté: ¿Te imaginas poder trascender todo esto? ¿Vivir por encima de estos salvajes que nacen con el único fin de pagar sus errores con sufrimiento y muerte? Y no entendiste la pregunta. Te estaba ofreciendo lo mismo que te ofrezco ahora. ¿Quieres Trascender? Eres poderoso, Alessandro, podrías ser mucho más de lo que eres. Debes ocupar tu lugar en el universo como Señor, y no como eso que eres ahora, casi un cura.
-Beaumont, o como te llames. No me interesa.
El eslavo desenfundó su Tokarev con cuidado, sin que Guzmán lo percibiera. Se aprovechó de que, por su posición, la cartuchera quedaba lejos de su campo de visión.
-Voy a repetirte la pregunta. ¿Quieres ocupar tu lugar en la Creación?
-No.
-Entonces no me queda más remedio. La historia se repite. Adiós, Alessandro, Guzmán, Viktor Aleksandrovich o como quieras llamarte.
Le apuntó con su arma a la cabeza, transmutando su rostro al de la criatura de grotescos rasgos que había visto otras veces. Sonrió, burlón.
-Hasta la próxima.

En la cama de la habitación Luna contempló cómo las facciones achinadas de su compañero reflejaron el terror de la ejecución que estaba a punto de suceder en la ensoñación. Instintivamente supo qué estaba sucediendo. Agarró fuertemente a Guzmán, levantándolo y trayéndolo hacia ella para abrazarlo. Oyó el eco de una detonación. Unas lágrimas se escaparon de sus grandes ojos oscuros.

3 comentarios:

Isa(belyta) dijo...

Ey ey ey! no vale cargarse a Guzman eh?
uff! creo q no he parpadeao en to' el texto! no los hagas mas largos q se me secan los ojito!

^^

Vico dijo...

No te precoupes. No está muerto... espera... ¿o sí? Uf, ya veremos.

La verdad, creo que esto está creciendo más de lo que había pensado. No sé qué voy a hacer con esto. En la próxima entrada me explayo un ratico más.

Vico dijo...

O no, que me da perro y está fuera de lugar.

Un saludo, mañana actualizo la historia de Guzmán.