He vuelto.

sábado, agosto 30, 2008

Sombras (IV)



El reloj del campanario anunciaba que faltaba un cuarto de hora para las doce de la noche, y Guzmán había logrado llegar al pueblo donde le esperaba aquel anciano. Estaba sentado en la solitaria plaza del pueblo, frente a la pequeña iglesia neoclásica. La pobre iluminación apenas alcanzaba para distinguir los perfiles de las casas de aquel, tal y como dirían los horteras de ciudad, "sitio con encanto". Tenía encorvado su largo cuerpo sobre sí mismo, el codo izquierdo apoyado sobre la rodilla y en la mano derecha el teléfono móvil. Entre el índice y el pulgar hacía equilibrios un cigarrillo que, a cada calada, vestía de rojo sus facciones.
-¿Estás fumando? -preguntó inquisitivamente la voz del otro lado del pequeño altavoz del aparato electrónico
-Sí.
-¡Pero si casi lo habías dejado! -exclamó el timbre distorsionado, entre sorprendido y decepcionado -Por cierto, ¿dónde estás? Ya deberías estar aquí.
-Aún no he hecho lo de Eleuterio. He estado involucrado en un accidente -pudo oír el silencio que provenía desde el otro lado de la comunicación vía satélite. Escuchó el maullido del gato, denso y profundo, como si quisiera hacerle entender que el animal ya sabía todo lo sucedido-. Tranquila, yo estoy bien.
Le relató lo sucedido desde que se cruzó con aquel Corsa. Cómo se salió de la carretera él solo, cómo estableció contacto y aquella voz, aquellos ojos que le aterrorizaron. No pudo esconder la ansiedad y los nervios que circulaban libremente por sus venas, por eso lo primero que hizo al salir de comisaría fue entrar en un bar en busca de la máquina de tóxico y legal sedante. Después de la llegada de la Guardia Civil, de la confirmación de la muerte del chaval, el levantamiento del cadáver, la toma de declaración, el benemérito edificio, la vuelta a la carretera y encender el cigarrillo.
-Será mejor que vuelvas y descanses, debes estar agotado. No tuviste que haber salido de casa esta tarde.
-Ya que estoy aquí... Luego te llamo.
Se levantó, tiró la colilla al suelo y la aplastó con la puntera del zapato. Miró en el móvil la dirección del viejo, de don Eleuterio. Estaba dos calles más allá. Las atravesó en silencio, acompañado por una temperatura que empezaba a descender, tal y como ordena la costumbre otoñal. "Aquí es", pensó.
Llamó a la puerta. Un "¡voy!" provino desde el otro lado.
-¿Quién es?
-Soy el hijo de Jaime González, un antiguo amigo de su padre.
-Un momento.
La puerta de madera se abrió. Unos lamentos desgastados fueron los primeros en saludarle, sobrepasando a la mujer, de unos cincuenta años, ojerosa y cansada, situada en medio del pasillo. Le permitió entrar en la penumbra. Guzmán repasó una historia mil veces repetida: la del hijo de un viejo amigo, sordo y demasiado cansado para viajar, que se había enterado de los problemas de salud del padre/madre oportuno. Un puñado de historias de cuidados constantes, sacrificios y anécdotas bastante genéricas servían para ganarse a los hastiados cuidadores forzosos.
-Mi padre no puede venir, está empotrado, y me pidió que viniera para ver cómo estaba y se lo contara. ¿Puedo verle?
-No está muy sociable últimamente. Está agresivo, insulta e intenta pegar, por eso tuvimos que atarlo y sedarlo. Aún así no es muy agradable de ver. Por favor, acompáñeme.
La señora estaba sola en casa. Los niños estaban con su padre, que habían ido al pueblo de al lado a ver una película al cine.
-Estoy muy cansada de todo esto, ¿entiende? -La señora creyó que el ejercicio de empatía era real, y lo tomó como una especie de confesor. Le solía pasar, la gente confiaba en él, aun sin conocerlo de nada-. He tenido que dejarme el trabajo, tengo problemas con mi marido, con mis hijos, con todo -Ella iba delante, hablándole a la puerta del fondo del pasillo. Intentaba huir de su realidad. Guzmán callaba, y escuchaba atentamente. Conocía aquella historia.
Los gemidos de angustia fueron haciéndose cada vez más fuertes. La indicación de que se encontraban junto a la habitación de don Eleuterio fue superflua. Entraron.
Eleuterio clavó su mirada de odio sobre su hija. No reparó en el desconocido alargado, de ciento noventa y tantos centímetros que estaba tras ella.
-Mira quién ha venido, es Paco, el hijo de Jaime González. ¿Lo recuerdas?
-¿Quién? -Fijó sus ojos sobre él. No lo reconoció. Su rostro enrojeció. Era apenas piel y huesos, consumido por semanas de lucha interna contra sí mismo.- ¡No! ¡Fuera, fuera! -Gritó.
-Ya delira, a veces no recuerda a las personas -quiso excusarse la señora.
-Normal, hace mucho que no nos veíamos. ¿Le importaría dejarnos a solas un momento?
La hija de don Eleuterio no había escuchado antes una petición como aquella. No por las palabras, bastante comunes, sino por algo que la conmovió. Como si le pidiera que le dejara hacer ciertas cosas que nunca entendería y que era mejor que no viera.
-Claro. Estaré fuera.
Mientras, el viejo forcejeaba intentando zafarse de las correas.
-Ah, y cierre la puerta. Serán cinco minutos.
Salió, y se sentó en el suelo, junto a la pared, centrando toda su existencia en el sentido del oído, a ver si lograba captar algo de lo que iba a suceder.
Dentro, Guzmán se situó junto a la cama, como había hecho tantas otras veces. Puso una mano sobre el esternón y se tranquilizó, el tacto caliente de aquellos dedos fueron suficientes para relajar los nervios alterados del anciano. Con la otra mano rozó la calva frente. Se quedaron quietos, como un par de estatuas.
-Eleuterio -le llamó.
Silencio.
-Eleuterio -insistió.
Nada.
-Eleuterio, he venido a hablarte. Escúchame.
Nada. Sus ojos empezaron a acostumbrarse al plano espiritual. El lugar era extraño. Se preguntó dónde estaba. Quizá fuera por el cansancio, no era la primera vez que éste le jugaba malas pasadas.
-¿Qué es todo esto?
A su alrededor estaban apareciendo columnas, pasillos y alfombras. Estatuas y cuadros renacentistas. Espadas y hombres de armas quietos, custodios de la quietud, con uniforme militar al estilo italiano. Sus recuerdos de libros de historia le dijeron que debían ir vestidos a la moda del siglo XVI
-¿Y ahora recuerdas?
Era la misma voz de unas horas antes. Cavernosa, profunda, rota, le atravesó estremeciendo todas sus células una por una.
-Eleuterio no está. Lo he utilizado para llamarte.
La voz provenía de un pasillo contiguo, que desembocaba en la puerta, abierta de par en par, que estaba frente a él.
-¿Qué has hecho con él?
-Digamos que... fue lo que vosotros decís "una mala persona". Lo he dejado por ahí, purgando sus pecados.
Cada vez estaba más cerca. Guzmán seguía vestido a la manera occidental, era algo totalmente anacrónico al entorno en el que estaba.
-Hijo de puta.
-Lo sé. Se rió burlonamente.
La risa anunció su entrada. Era un varón, de más o menos su misma altura, más fornido, vestido con ropas de la época y colgando del cinto una espada larga y un puñal. Eran telas de gala, finas sedas y terciopelos; iba cargado de joyas y abalorios. Parecía un príncipe de la época.
-Te veo desorientado, Alessandro. Así no tiene gracia.
-¿Qué es todo esto?
-¿Cómo te lo explico? -hizo como si dudara, pensando en voz alta qué respuesta de todas dar. Mesó la fina barba renacentista que decoraba su mentón- Te puedo decir que es una ilusión que he construido sobre la triste vida de este despojo, o quizá que ya has perdido la cabeza del todo -Se puso serio, tenso, pétreo-. Tú eliges.
-Me quedo con la primera. Aún no tengo ganas de vestirme con una camisa de fuerza, no me va esa moda. Qué quieres.
-Fácil, Alessandro -dijo tras volver a su diabólica jovialidad-. Tú y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo, me duele ver cómo desperdicias tu vida intentando aliviar el sufrimiento a pecadores que, sinceramente, se merecen la agonía que están pasando. Al igual que el viejo este, E... E...
-Eleuterio.
-Sí, eso, Eleuterio -caminaba con paso firme, lento y seguro, hasta situarse a metro escaso de su interlocutor-. Si te contara lo que ha hecho tú mismo te encargarías de que tuviera una reencarnación cruel, llena de dolor y enfermedad. Alessandro, deja esa idiotez, tu lugar es otro.
-No me llamo Alessandro -contestó Guzmán, molesto por la deliberada confusión.
-Eso es lo que tú te crees. Yo te conocí como Alessandro. Quizá deberías investigar en tu propia historia, condottiero. Estoy dispuesto a perdonar todos tus errores.
-¿Algo más? -mantenía la serenidad con dificultad. Sus manos colgaban de los pulgares, no por chulería, sino para evitar que le dieran una mala pasada revelando el miedo que le despertaba su, por lo visto, viejo conocido-. Lo digo porque aún no he cenado.
-No juegues conmigo, Alessandro -durante un instante sus facciones perdieron cualquier atisbo de sonrisa, mostrando una rabia vengativa acumulada durante siglos. No tardó en recuperar la compostura previa-. Te voy a ofrecer una última oportunidad y no te voy a matar ahora mismo, espero que no actúes como la última vez. Llámame cuando quieras hablar conmigo, ya conoces mi nombre.

Guzmán, sudoroso y confuso, separó las manos de don Eleuterio. Estaba muerto. Las piernas le fallaban, el traicionero suelo horizontal intentaba desestabilizarlo, engañando su equilibrio alterado. Sacó un pitillo del paquete recién abierto, el segundo en dos años; al cuarto intento logró encender el mechero. La mano derecha iba loca. Su estómago quería vomitar.
Con dificultad abrió la puerta, al otro lado estaba la señora, preocupada.
-¿Está bien?
-Ha fallecido.
-Dios. ¿Qué ha pasado?
-Simplemente ha fallecido. No hay nada más. Estas cosas pasan así, no le dé más vueltas.
-¿Y usted, está bien?
-Sí.
-¿Quiere un vaso de agua?
-No gracias, necesito salir de aquí.
Abrasó sus pulmones con una calada profunda. La mujer, agradecida sin saber muy bien de qué, cómo o por qué, se despidió en la puerta. Vio cómo se dirigía hacia la plaza, perdiéndole de vista tras una esquina.
La llave entró en la cerradura del pequeño utilitario negro. Le esperaba un buen rato al volante, pensando en Alessandros, condottieros, palacios renacentistas y demonios vestidos de príncipes.

3 comentarios:

* Sine die * dijo...

Uhhmmm...éste tu rincón polar promete, Vico...

Volveré, con más tiempo, para leerte como mereces y quedarme....

Gracias por tu visita (me ha permitido encontrar tu lugar)

Un abrazo!

[..La chica triste que te hacía reír..] dijo...

Me encanta. Siempre que termino de leer un nuevo capitulo quiero seguir con el siguiente...

Vico dijo...

Muchísimas gracias por los comentarios, se agradecen y motivan para seguir escribiendo...

...por desgracia tengo también otras obligaciones, a ver cuando continúo con esta historia.

Un saludo.