He vuelto.

viernes, agosto 29, 2008

Sombras (III)




-Me has asustado. No me ha gustado nada eso que me has contado. Ese sueño es peligroso, muy peligroso. Alerta -Luna tenía el vello erizado, no ocultaba su preocupación y el miedo que le había generado el sueño de Guzmán. Sus ojos, un momento antes abiertos de par en par, fueron volviendo a su posición habitual-. ¿Qué piensas hacer?
-Por ahora nada. Seguir sin dormir bien, supongo.
La joven asintió.
-Por cierto, cariño, he visto otro trabajo para ti.
La relación entre ambos era simbiótica. Se complementaban perfectamente. Ella era médium, y él canalizador. Luna, de cuando en cuando, recibía comunicaciones espirituales de sus guías de luz que le indicaban donde había alguna pobre alma atormentada que se resistía a aceptar su destino, jugándose pasar una larga temporada en medio de ninguna parte, entre los vivos y los muertos, vagando sin oficio ni beneficio. Si los recibía era porque ella tenía la misión sagrada de ayudarles con la Transición, sin embargo su debilidad física (que compensaba la más que desarrollada sensibilidad psíquica) le impedían establecer un vínculo espiritual tan cercano a la muerte. Por eso estaba con Guzmán. Él llegaba donde ella no podía llegar, pero era incapaz de saber qué movimientos dar si no era por Luna. Su capacidad mediúmnica quedaba reducida al mundo de los sueños y pesadillas. Fue a través de los sueños como su abuela fue explicándole todo aquello, y fue a través de los sueños como conoció a Luna. Simplemente soñó con ella. Su cara y un "búscala". No lo entendió, hasta que un buen día se la encontró y se miraron como si se conocieran de toda la vida.
Se reconocieron. Ella había recibido una instrucción parecida. Fue algo instantáneo, como si se conocieran de toda la vida. El lugar de encuentro fue de lo más común: frente a una escultura de Anubis en el parisino museo del Louvre. "Te he estado buscando", "ya, ya lo sé, Guzmán."; de aquello hacía tres años. Desde entonces habían sido inseparables, se necesitaban.
-Háblame de ese nuevo trabajo.
Le explicó el caso de un anciano que, tras llevar dos meses en coma, despertó. Fue dado de alta y volvió a su casa, pero empezó a manifestar una serie de trastornos de la conduta, volviéndose huraño, hostíl y descuidado. No podía vivir solo, tampoco acompañado. Su hija mayor decidió hacerse cargo de él, al principio llevó bien la agresividad de su padre, sus insultos incesantes tanto a ella como a su marido y a sus hijos; pero conforme pasaban los días el ambiente en su casa fue enrareciéndose, la violencia verbal que el viejo había introducido se contagió al resto de la familia, pronto se convirtió en malas miradas, desconfianza y odio. Y violencia física.
-Típico. ¿Cuál es la dirección?
Le indicó un pueblo de la sierra, a unos sesenta kilómetros de allí.
-¿Vas a ir ahora?
-Sí.
-Creo que necesitas descansar. -Luna no podía dejar de pensar en el sueño que le había contado. Tenía miedo de verlo en la sección de sucesos del telediario regional-. No estás en condiciones para una Transición así.
-Según me cuentas esa familia sí que necesita descansar. He tenido días peores -Sonrió, intentando hacer ver que aquello que no le dejaba dormir no iba a influir ni en su estado de ánimo ni en su profesionalidad-. Se me pasará.

Anochecía. Cogió el coche, puso gasolina y salió en la dirección indicada. Aunque había intentado hacerle ver a Luna que estaba bien su cabeza le daba mil vueltas, físicamente estaba como si le hubieran dado una paliza. Los músculos no respondían como él hubiera preferido, y los ojos andaban lentos en reflejos. Encima el sol estaba demasiado bajo, aun equipado con gafas éste le molestaba lo suficiente como para tener que conducir con cautela. Las ventanillas bajadas permitían la entrada de un aire fresco que masajeaba su rostro huesudo, mientras en el racioCD sonaba una canción que tranquilamente podía ser la banda sonora de una película de gangsters rusos.
La sinuosa carretera se retorcía como una serpiente de asfalto, conducía prácticamente solo, muy de vez en cuando se cruzaba algún vehículo que, al verlo, quitaba las largas para poner las luces de cruce.
"¿Hace cuanto que llevo soñando eso? Varios días, ¿meses? Sí, creo que sí. Desde aquello. Maldito imbécil".
Aquel imbécil del que se acordaba no era más que un simple ratero que se le apareció en la noche, un ladronzuelo desesperado, de esos quinceañeros adictos al pegamento y cuyo único peligro consistió en el nerviosismo con el que blandía una navaja. Guzmán le dio la cartera, pero le temblaba tanto la mano al chaval que se le cayó cuando se la pasó, se asustó y le pinchó el abdomen. No se dio cuenta. El agresor, consciente de lo que hizo, salió corriendo, asustadísimo. Notó algo húmedo bajo las costillas, era oscuro, al igual que su ropa. Se palpó con la mano derecha y al ver que la sangre la cubría se mareó. No era la primera vez que veía su sangre, pero sí le sorprendió. Sintió náuseas. Aquella vez fue diferente, lo supo en cuanto vio el filo metálico. Le costó andar, con dificultad salió a la vía principal y se sentó. Estaba agotado. Alguien llamó a una ambulancia. Despertó en urgencias, no sin antes conocer a su nuevo amigo nocturno.
-¿Y ese idiota?
Las largas del coche que se aproximaba le cegaban. Se cubrió los ojos con una mano, hacía tiempo despojados de las gafas de sol. Estaba cerca del pueblo, aun así la vieja carretera aguardaba curvas complejas. Cuando se cruzaron miró al conductor, una fantasmagórica cabeza de pelo corto y moreno (de noche todos los gatos son pardos, y todos los conductores son fantasmas). Presintió algo, y aunque la carretera no daba mucho más de sí redujo a primera, casi deteniéndose.
El presentimiento era muy fuerte y terrible.
Se consumó. Oyó el impacto seco de un vehículo contra algo sólido. Miró por el retrovisor izquierdo y vio cómo se había salido de la curva empotrándose contra un árbol. Se desvió, dejando su utilitario oscuro aparcado en la cuneta.
Otra vez la náusea. Cogió el chaleco reflectante naranja del pequeño compartimento situado en la puerta, se lo puso, la abrió y bajó. Abrió el maletero, buscando la linterna de mano. Le temblaba el pulso: el aire estaba enrarecido, la noche iba cerrándose sobre sus cabezas, velada por las nubes que cubrían los astros nocturnos. Buscó en los bolsillos el teléfono móvil. En uno estaba la cartera, como siempre escasa de dinero, y en el otro las llaves. Se preguntó dónde estaría. Volvió al coche. Miró en la guantera. Ahí estaba. Lo sacó, llamó al 112 y dio la referencia de lo ocurrido.
"Es un Opel Corsa, se ha salido de la carretera". "Sí, parece que ni siquiera haya frenado". "Está empotrado en un árbol, tiene todo el chasis destrozado, parece que está encerrado". "Inconsciente".
Colgó.
Le iluminó la cara. Aún respiraba. Poco le quedaba. No reaccionaba a la luz. Alargó una mano a través de la luna delantera, buscando estar lo suficientemente cerca como para establecer contacto psíquico.
-¿No me conoces?
Una voz retumbó en la cabeza de Guzmán, a través de su mano. Estaba paralizado, todo era negro en el espacio mental que compartía con el accidentado.
-¿No sabes quién soy? -Esa voz, cavernosa y profunda, rota, retumbó en sus tímpanos desde dentro. Frente a él estaba el coche deformado, la flora de monte bajo y a lo lejos la ciudad, todo distorsionado, suavizado y de aspecto irreal, como siempre es en el mundo de los espíritus.
-No. ¿Quién habla?
-Recueeerda -la voz cambió a un tono burlón, juguetón.
Su estómago bombeaba presión al sistema nervioso. Sentía que iba a vomitar. Mareo. Le flaqueaban las fuerza.
-No te recuerdo. Muéstrate.
-Si sueñas conmigo, cariño. Y eso que no soy tu fantasía sexual.
Sus músculos se paralizaron. Unos ojos empezaron a brillar, allá donde debería estar la luna. Eran lo único definido que podía ver.
-Sí, te reconozco pero no sé quién eres. ¿Qué quieres?
-Ya lo saaabeees.
Ese tono era entre cruel, sádico y psicópata. Y divertido.
Una descarga eléctrica lo lanzó en dirección contraria al joven herido. Volvió al mundo de los vivos, magullado por las piedras. Había volado cuatro metros. La sirena de la Guardia Civil le tranquilizó.
"¿Qué sé? ¿Quién eres?".

2 comentarios:

[..La chica triste que te hacía reír..] dijo...

El IV lo quiero ya!

Vico dijo...

Ya lo tienes.

No te acostumbres, que tengo que acabar una carrera ;-)