He vuelto.

lunes, junio 14, 2010

Paraguas

Estoy sentado en una de las sillas reservadas a ancianos, tullidos o embarazadas del tren subterráneo de Barcelona sosteniendo un paraguas víctima de la lluvia que azota el mundo exterior unos cuantos metros más arriba. Hoy ha sido un día de perros, he hecho más de cien minutos extra, remunerados con nada. Estoy estresado. Cansado. Y lucho por mantener los ojos abiertos en el vagón semidesértico.
Semidesértico si no fuera por la niña que está sentada ante mí. No más de trece años, mallas atigradas color café - negro y una camiseta que no sé por qué me ha hecho acordarme de Kurt Cobain si éste hubiera llevado camisetas negras estampadas. Hasta hace dos paradas estaba con una amiga, rubia. Ella es morena, y lleva gafas. Muy pequeña para mí, demasiado incluso para adoptar por un instante la personalidad de Humbert Humbert y desearla. Eso sí, le agradezco a su voz chillona de adolescente no haberme dormido una vez pasada la estación de Sagrada Familia.
Hace dos paradas se bajó su amiga, más guapa, sin gafas ni curvas, era un palo. Más pija.
Hace dos paradas se quedó la niña sola. A su derecha, más allá del asiento dejado por su partenaire hay un hombre de menos de treinta años, moreno y muy delgado. Es un tipo extraño: no deja de mirar a la niña. Viste elegantemente, y sus zapatos estarían en perfecto estado si no fuera por la lluvia. Me da mala espina. Mi instinto no se fía de él.
Mi instinto no es mu ágil, sin embargo lo tengo en cuenta cuando me dice algo. Y lo que me dice no me gusta.
Pronto el varón me da otra razón para desconfiar. Le dice algo a la niña. Intenta ser simpático. Es delgado, y su rostro es desasosegante. No por rasgos extraños. No por rasgos afilados. No por cicatrices. Justo como un depredador disfrazado para no asustar a la presa.
La niña le ríe la gracia, y me mira durante menos de un segundo. Está claro: no soy el único con esa sensación. El hombre vuelve a hablar, y veo su mandíbula deslizándose bajo la piel. El metro empieza a frenar y la niña se levanta, siendo respondida con un hasta luego. La sigo con la mirada y su ausencia de formas me vuelve a dar la razón: unos trece años. Miro al hombre, miro su mirada. La sigue. Para mala suerte de la niña apenas hay gente en el metro. Gracias a que éste gira puedo observar cómo se para en la penúltima pureta del último vagón.
A todo esto estoy con la cabeza medio ladeada, los ojos entrecerrados, y no porque tuviera sueño. Observo, preocupado por la niña.
Observo cómo el hombre se levanta. Es altísimo, por lo menos metro noventa. Lo vi acercándose a la puerta. Me levanto poco después. No me mira. Bajamos. Le sigo a la distancia.
Lo que pensaba. Sigue a la niña.
Salimos del metro. No llueve. Primero ella, a la distancia él. Yo más alejado. Llevo el paraguas en la mano derecha. Pienso que me peude ser útil.
Es una zona poco iluminada y aún menos transitada. Me acerco al hombre. Él se acerca a la niña. Acelera. Acelero. Se queda a pocos metros. La niña camina tranquila, no parece que se haya dado cuenta. En cambio yo sí.
Cuando queda nada decido pasar a la acción. Doy un par de zancadas más largas para alcanzarlo, y pregunto con suficiente voz como para que la niña pueda oírme -la calle está desierta- si me puede decir la hora. Se gira, visiblemente cabreado. Con un leve gesto cambio mi centro de atención a la chiquilla. Parece que por fin se ha dado cuenta de la situación y desaparece por una de las calles. El hombre hace un leve gesto para decirme que me vaya a la mierda, apreta instintivamente los puños.
Me dice que son las ocho y media, intenta girarse. Le vuelvo a preguntar si sabe dónde está la calle Verdi. Yo sé dónde está: cerca. Es una calle importante. Veo odio en sus ojos. Me indica mal. Sé que es a posta. Me hago el turista y pido más referencias. Cuando aprieta los labios decido dejarlo estar. La niña ya se habrá alejado lo suficiente.
Le doy las gracias y me marcho.
Vuelvo al metro, pensando en que mañana será un día muy largo. Intento no dormirme.

5 comentarios:

vaklam dijo...

Shiken Haramitsu Daikomyo

vicente dijo...

Ninpo Ikkan!

Andy dijo...

Ya te dije que tanto metro...

(y siguiendo por nihongolandia...) Owari yokereba subete yoshi ^^

María dijo...

Estoy por fuera de los otros comentarios. Joe, y yo que me había alegrado que habías escrito un relato. Acabada de levantar y leyendo esto. Muy alegre, sí. Lo peor de todo es que no dice nada incierto.

vicente dijo...

@Andy: si prácticamente mi vida social se reduce al metro...

@María: Me alegro de que te haya gustado tanto. Quizá el próximo sea más alegre, no puedo prometer nada, simplemente llegan; supongo que te haces a la idea de cómo funciona ésto: ojalá pudiera elegir qué escribir.

Un besico tierno y adorable a las dos (porque no son horas para los de otro tipo)