He vuelto.

miércoles, marzo 03, 2010

Georgia on my mind



Siempre me he preguntado qué extraño giro de guión de tantas películas españolas me han escondido para hace que el futuro suicida acabe con el cañón de una pistola en la boca mientras disfruta de sus postreros pensamientos como ser vivo. Ahora que yo tengo una entre mis dientes me doy cuenta que eso ha de ser lo último que tiene que pasar por la cabeza de alguien que quiere quitarse la vida. El cañón está frío y el punto de mira se me clava en el paladar, justo detrás de los incisivos. Es muy incómodo tener una Beretta 92 en la boca, pero la decisión ya está tomada.
Estoy de pie en el salón de mi bonita casa, o más bien la casa del banco ya que aún no he conseguido acabar de pagarla, mientras la voz de Ray Charles lo envuelve todo: está llorándole a su querida Georgia. Quizá no es la canción que habría elegido otro, pero a mí me transmite la suficiente tranquilidad como para apretar el gatillo. Me sorprende el peso de la pistola. No me tiembla el pulso -gracias Ray- sin embargo los 950 gramos de la semiautomática italiana hacen que se parezca tan poco a mis ideas preconcebidas basadas en esas armas que con tanta ligereza llevan los actores en sus películas y series y que disparan corriendo, con el corazón a mil y consiguen reventar la cabeza del malo, o bueno, de turno. Yo no podría, pero claro, soy una persona normal.
Miro de reojo la nota de despedida que he dejado, si me esfuerzo puedo hasta entender mi letra: Amada María: lo siento mucho pero... y en el resto de líneas explico por qué lo voy a hacer. No creo que me entiendan, es más, nadie lo hará ya que se supone que tengo una vida plena como padre de familia, trabajador, con mi casa, mi coche y tantos proyectos en mente. Ni yo lo acabo de entender si he de serme sincero. En el texto le digo que no es por ella, ni por nadie, simplemente he perdido las ganas de vivir. Que la quiero mucho, y que espero que algún día me perdonen tanto ella como Sandra, mi pequeña Sandra. Las echaré tanto de menos.
Tampoco es que crea que hay otra vida y que voy corriendo a abrazarla. No, no soy un imbécil de esos que creen que existe un Paraíso, un Purgatorio o un Infierno; aunque el mismísimo Dante Alighieri se me aparaciera ahora mismo para gritármelo e intentar sacarme la Beretta de mi boca. Eso sería mentirme, y realmente me da igual qué es lo que me pasará después del acto. Mancharé la pared con mi sangre y mis sesos, que seguramente harán un gran círculo viscoso en alguno de los cuadros que tengo detrás. Mi cabeza saldrá disparada hacia atrás, latigueará y con suerte se me reventará alguna vértebra por la potencia del impacto y rebotará toda la energía; y caeré al suelo poco después de que lo haga el casquillo vacío.
Hoy es mi cumpleaños. Cuarenta años, ni uno más ni uno menos, y me voy a hacer el mayor regalo que uno puede hacerse a sí mismo: voy a ponerle fin a mi vida. Solo he hecho que retrasar este momento desde hace veinte, y si esperara veinte más lo único que haría sería aumentar ese impasse hasta otro posible fin, percutado, ahorcado o cortado. Tengo la sensación de que todo lo que he hecho ha sido ver pasar días, meses y años, y caras vacías, y vidas vacías, y la mía se ha convertido en una de ellas. Ahora le encuentro un pequeño sentido: morir. Es lo único que hay, absoluto, incontestable: nacemos para morir, y qué mayor poder puede tener una persona que decidir el cómo, cuándo y por qué de esta necesidad. Pienso en las alegrías y las tristezas, las caras, las voces, los polvos, las mujeres, las drogas, la diversión; y lo veo todo falso, insulso. Llevo ya veinte años muerto, de eso estoy seguro, y de los veinte primeros no quiero ni recordarlos, no sea que me dé cuenta de cómo desde que nací fui enterrado vivo por mí mismo, con la ayuda de aquellos a quien llamé familia, amigos, novias. Mucho llevo ya intentando verle un sentido a todo esto, y es ahora cuando lo he encontrado: no tiene, la muerte.
Intento vocalizar las esas palabras, la y muerte, lo único que me sale es un sonido extraño y gutural más similar a ahueque. Sonrío. Esa será mi última palabra: ahueque. Eso es lo que voy a hacer, ahuecar para los demás, retirarme del servicio. Lo apuntaría en la nota, pero nadie lo entendería. Ese pensamiento también me hace sonreír. Y qué mejor que morir con una sonrisa en la boca, en torno al cañón. Al final hasta haré que ésto sea divertido, yo que me esperaba cagarme de miedo. ¡Mira papá, ya soy mayor; me voy a reventar la sesera y lo voy a hacer lo mejor posible! Joder, todo parece ahora tan lejano, tan gris; lo que antes me hacía vibrar ahora lo veo como una soberana gilipollez. Me enterré vivo y cavé hacia abajo, ahora miro atrás y por la tierra se filtra algo de luz, ¿o es alguna central nuclear explotando? ¿La supernova de mi cordura? Pongo el dedo sobre el gatillo. El arma está preparada, empiezo a aplicar presión con el dedo índice de mi mano derecha mientras vuelan los últimos acordes de la canción. No peace, no peace I find just this old, sweet song keeps Georgia on my mind. I said just an old sweet song, keeps Georgia on my mind.

Bang.

5 comentarios:

Isa dijo...

"Nacemos para morir"... es una forma de verlo, pero ¿sólo para eso? Me gusta pensar que la muerte es el fin de la vida, pero no entendido como objetivo, sólo como terminación.

Cada vez pareces más profesional... esto se asemeja poco a los primeros textos del blog... me gusta, me gusta mucho.

Andrea dijo...

Una vez llegas a la conclusión de que nada tiene sentido, no hace falta hacer tantas reflexiones porque al final se lo acabas encontrando (para bien o para mal).

Bonita perspectiva la tuya: la muerte como un regalo y con buen humor =)

Algún día discutiremos sobre eso.

Vico dijo...

@Isa: Lo único cierto es que vivimos para morir, el resto es un mero pasatiempo. Quien te diga lo contrario miente.

¡Gracias por tu 'crítica'! Parece que la práctica tiene consecuencias, ya era hora de que empezara a escribir medianamente bien, ¿no crees, querida?

@Andrea: Cuando quieras, tenemos todo el tiempo del mundo para reflexionar, hablar y discutir; que por algo somos inmortales hasta que se demuestre lo contrario.

María dijo...

He llegado, me he ido, he vuelto, me he tornado a ir y otra vez aquí de nuevo. Ese nihilismo del que hablas, que al final sí acaba encontrando un sentido... en la muerte... Bueno, yo siempre (ese siempre es relativo) he pensado que siempre teníamos opción. Que no tenemos derecho a decir que estamos hartos de nuestra vida, y que la vida no vale nada, etc. ¿Qué esperas? Siempre tienes la última opción, el "comodín" del suicidio. Hazlo, si tan harto estás de lo que te rodea, si realmente no encuentras más sentido a esto.
Es la última opción, para mí, la elección de los cobardes. O los valientes, no sé. Pero ya que tenemos la oportunidad de estar vivos... aprovechémoslo al máximo. Total, lo peor que puede pasar es que acabemos muertos.

A mi también me gusta conversar contigo, Vico. Como mínimo, pongo en práctica esto del pensar, que hoy en día se estila cada vez menos. Un saludo!

PD: Justo ahora, que estaba leyendo la Divina Comedia... jajaja.

Vico dijo...

Realmente yo no pienso esto sobre el suicidio, aunque sea el autor. Éste es un blog de ficción donde lo que pretendo es ejercitar la escritura y la creatividad, sobre todo con los relatos: ya sabes, tomar una idea y estirarla un poco.

También creo que el suicidio es la salida fácil a los problemas, la cobarde; sin embargo el protagonista lleva suicidándose toda su vida, y le da vértigo pensar en ello, por eso se niega a profundizar en su juventud. ¿Es de cobardes dar el paso y reconocer el estado de muerto viviente en el que se encuentra? ¿O no querer cambiar?

Que disfrutes la Divina Comedia!!