He vuelto.

lunes, junio 30, 2008

Seis, cinco, nueve, etc

Miró fijamente el número de teléfono que, escrito sobre un trozo de papel mal arrancado, dormía boca abajo encima del recibidor junto a la cartera, las llaves, el móvil que la noche anterior cayeron casi aleatoriamente ahí.

No podía recordar su nombre.

Todo era resaca a su alrededor. Los colores estaban apagados, filtrados por unos ojos que apenas reaccionaban a la tenue luz que llegaba desde la ventana entreabierta de la habitación del fondo. ¿Casandra? ¿Ana? ¿Aurora? ¿Eran las tres la misma persona? ¿Hermanas? Recordó un bolígrafo minúsculo, de esos de agenda, escribiendo sobre una hojita; Seis, cinco, nueve, etcétera. Era rubia, aquello sí pudo visualizarlo. No muy alta, y de facciones suaves aunque brillantes por el fuego etílico que encendía sus mejillas desde dentro.

Le iba a estallar la cabeza.

Apenas podía retener un pensamiento medianamente lógico entre las paredes craneanas. Tan solo una estúpida idea recuerrente: no supo por qué acababa sacando números de teléfono de mujeres más o menos jóvenes cuando en la cama de matrimonio le esperaba su fiel y consentidora esposa, amante voluntariosa y generosa en el sexo. No sabía por qué nunca destruía esos números, por qué no los borraba del teléfono móvil cuando era el soporte elegido. Las escapadas eran por diversión, las consecuencias inesperadas siempre mal recibidas. Sin embargo ese número había atrapado su atención, mezclándola con todo lo pasado unas pocas horas antes (algo que habitaba más en el subconsciente que en otras zonas de su memoria). Era la resaca. La resaca lo era todo. Miró la hora en la pantalla brillante del Nokia: las doce pasadas. Apenas había dormido tres horas. Marcó el número.

Los pitidos recurrentes del aparato bailaron en su tímpano, atravesando el cerebro hasta estamparse en la pared. Tono a tono se fueron formando palabras, un concepto: "cu-el-ga ya i-dio-ta. No se-as gi-li-po..." No lo entendió, mucho exigía el teléfono para lo que podía comprender.

-¿Sí? -Aquella voz, casi un susurro, le sorprendió. Sonaba a último aliento de vida en el valle de los muertos. El timbre era extraño, suave, no sonaba a mujer.- ¿Sí? -Repitió, con mayor fuerza. Confirmado: el cincuenta por ciento de aquella voz era de varón, el resto era un despojo vocal dañado por los excesos tóxicos de una larga noche.

Goteaban las preguntas resinosas, que si era su hermano, su novio, algún compañero de piso. Este último le convenció. Se arriesgó asignándole un nombre de aquellos que recordaba. Casandra. El resto era demasiado habitual.

-¿Está Casandra? -preguntó, temeroso. Unos pocos segundos de silencio se alargaron hasta casi competir con el infinito.

-Sí, soy yo. ¿Eres Orlando?

Se le heló la sangre. Era la misma voz, pero forzada. Afeminada.

Se puso lívido. Un carraspeo llamó su atención. Era agosto, aún así le costó descartar a Papá Noel como el origen de aquel sonido, pensó, tan desagradable. Solo había otra persona en aquella casa, seguramente acababa de escucharlo todo. Y no parecía muy contenta.

domingo, junio 29, 2008

¡Ueee Euro2008 pa España! ¡Hemos (somos, más bien) ganado!

¿Alguien me quiere explicar por qué debería estar contento con la victoria de España en la eurocopa sin usar términos abstractos o pseudo religiosos como patriotismo o nación?

No sé, veo algo tonto celebrar la victoria de un grupo humano en el que uno, como individuo, no ha participado en nada más que en financiar sus sueldos astronómicos.

viernes, junio 27, 2008

Ленинград (Leningrad) otra vez

Estoy muy muy, pero que muy enfadado. "Alguien" me ha jodido una entrada sobre Ленинград (Leningrad) que puse hará cosa de ocho meses. Aquí está la original, con el vídeo reventao. Repito: estoy muy enfadado, eso no se hace. Malditos castradores de libertad, ocio y creatividad.

Así va el mundo.

Una puta mierda.

Y para compensar voy a colgar tres vídeos.




(¿Quién dijo Pocoyo?)


(Resulta que esto está en la banda sonora del GTA4. Habrá que echarle un oído)

Los vídeos son una pasada (y no pongo otro que tienen por ahí con muchachas enseñando carne). Lástima que también hablen en raro.

jueves, junio 26, 2008

Ilusión de verano

Aquel veintiocho de junio, martes, día de San Ireneo; pasó a formar parte de la memoria de la gente no por alguna fiesta en honor a tan ilustre obispo, sino por el terrible calor con el que amaneció, rompiendo las estadísticas meteorológicas del ya de por sí asfixiante verano del que formaba parte. El sudor, mezclado con el agua salada de la playa, perlaba los cuerpos semidesnudos de los afortunados que pudieron escaparse para tentar el melanoma a orillas del Mediterráneo. Todos sabían que tan solo hay dos formas eficaces de torear la depravada temperatura: una era la que acabo de describir, mientras que la otra ocurría a pocos metros de la arena húmeda, en los puestecitos y chiringuitos que crecían a ambos lados del paseo marítimo apenas transitado por algunas parejas jóvenes, guiris y niños recién salidos del agua. Aquel año pocos turistas habían llegado a la zona, y los que estaban no se despegaban de las toallas de colores que, apiñadas, luchaban por estar lo más cerca posible del punto medio entre el fin de la costa, el inicio del mar y el látigo incesante del sol.

Si la mayoría de visitantes estaban quemando sus cuerpos los pocos nativos ya habían abandonado la playa para tomar un refrigerio bajo los techados de obra de los merenderos. Seguramente el adjetivo que mejor podría describir aquellos establecimientos, o que más se aproximaba, era "cutre". Se notaba a la legua la velocidad y la temporalidad de sus muros de ladrillo, los toldos reutilizados y las mesas desconchadas de la gran mayoría. Alguno había cuyo mobiliario tenía aspecto de nuevo, pero era más por defunción masiva del anterior que por intentar ofrecer imagen de calidad. Había demasiados clientes, y de características demasiado similares (mojados, llenos de arena y aturdidos por el sol) como para malbaratar beneficios en "pijadas". Así pensaba Manolo, el dueño del Sirena, uno de los locales que se repartían a partes iguales los bañistas.

Precisamente en el Sirena, en una de las mesas enclavadas en el paseo, entre una sombrilla de CocaCola y el futbolín, estaban sentados Mara y Prometeo, ocultos cada uno tras sendas gafas de sol. Las de ella a la última moda, reflejando mil matices de color entre el fucsia y el azul claro, y las de él negras, clásicas, bastante similares a las del chico Martini. Llevaban ya cerca de cinco minutos parados, en silencio, con los bañadores húmedos junto con camiseta o pareo, según conviniera. El camarero acababa de marcharse, dejando entre ellos una barrera formada por dos vasos vacíos y dos tercios de cerveza cercanos a los cero grados.

Desde donde estaban podían apreciar la música de alguna emisora comercial que escupía reggaeton mezclado con homofobia y sexismo. Aquello les daba igual, tenían cosas más importantes en la cabeza. Se conocían demasiado bien, ya eran varios los años compartidos coleccionando primero ilusiones, después desengaños. Él, Prometeo, el muchacho de provincias al que todo le daba igual, observaba impertérrito el boceto de unos ojos que se intuían tras las tantas lentes. Ella hacía lo mismo. Permanecían pensativos, aunque cada uno en extremos tan opuestos que casi compartían simbolismo, causas y consecuencias. Ella, Mara, la reina de la ciudad que tuvo la mala suerte de que su nota en selectividad cayó en una universidad de zona rural, evaluaba la relación que mantenía con aquel que era, tal y como dijo la primera vez que lo vio, tan mono y con unos ojillos tan tristes. Su pelo castaño oscuro con mechas rubias se movió con la brisa, agitándose con él el calor de ese veintiocho de junio.

Ambos habían sido mutuamente infieles. Si bien eran plenamente conscientes de ello jamás se habían dicho nada, y si no había salido a la luz era por el peso de la inercia: se querían. La consecuencia era la misma, pero las causas totalmente opuestas; si ella lo hacía por hedonismo puro él se acostaba con otras por la indescriptible sensación de poder que obtenía subyugando pasionalmente a muchachas tan o más hedonistas como su novia. Aquello era como estar con su amado pero con otro rostro y olor. Sin embargo, por mucho que se quisieran esa infidelidad constante desgastaba la confianza que se tenían el uno para con el otro, resquebrajando viejos conceptos como estabilidad emocional o seguridad. Eran conscientes de que el reloj continuaba escupiendo granos de arena sobre ellos, pronto verían que aquella persona que tenían delante no era ni mucho menos la criatura perfecta que se tropezó casi por arte de magia con sus huesos, pero les daba igual.

Fueron pasando los minutos en puñados de diez, las cervezas vaciándose y el sol bajando, siempre en velado silencio disfrazado de vez en cuando de conversación sobre cualquier cosa intrascendente. Siempre pensando en qué hacer. Sí, se querían, pero...

"...seguro que me es infiel, a saber lo que hará cuando sale por ahí." Él mismo se negaba a reconocerlo pero no entendía ese sexo por el sexo que Mara tenía con cualquiera que estuviera de buen ver a ojos de Mara, más que él, algo que según pensaba y conociendo su carácter pasado de moda (al contrario que su novia, fashion victim) era más que fácil.

"...seguro que me es infiel, y encontrará otra mejor que yo." Aquella frase se clavaba en sus sienes como el piolet de Ramón Mercader. El miedo a quedar relegada de la vida de su enigmático compañero salpicaba su subconsciente y, con ello, cada decisión que tomaba.

Una idea transitaba violentamente por su cabeza, la idea de acabar con todo aquello, tomarse un respiro, recuperar algo de autoestima y un silencio cada vez más menguante. Todavía se querían, y era precisamente eso lo que evitaba que alguno de los labios la formulara en voz alta convirtiéndose en la chispa que prendería la renovación de aquella pareja.

El sol, desde un ángulo cada vez más extravagante, les recordó que ya empezaba a anochecer. Pagaron y se fueron dirección casa, decididos a exorcizar sus fantasmas compartiendo sábanas, besos y mordiscos. "Quizá mañana todo haya acabado", pensaron al unísono. Quizá alguno de los dos se decidiera a hablar, a sacar a la luz lo que verdaderamente mantenía unida su relación. O quizá no, al menos mientras continuara aquel verano tan asfixiante.

miércoles, junio 25, 2008

Volviendo a las 65 horas


Pensándolo bien, he cambiado de idea aunque no por los motivos que enuncian los derechosos del mundo. Tienen que poner esta medida. Todos a trabajar 65 horas semanales, ¡y más! ¡Hasta desfallecer! ¡Y sin cobrar un duro!

No. No me he vuelto loco.

¿Hace falta que me explique? ¿Es necesario que recuerde a tantos y tantos (la auténtica mayoría absoluta de este país) que pasan de la política pensando que es la distracción de cuatro ladrones o, peor aún, que defienden a una u otra posición política de boquilla? ¿Es necesario que recuerde que todo lo que cree la gente que es normal se ha conseguido a base de millones de litros de sangre honrada que se ha sacrificado inútilmente si vuelve la derecha a gobernar (PPSOE + clase alta), como ya está haciendo?

¿Que las ideologías han pasado de moda? Gilipolleces. Olvida los significados y lo olvidarás todo. Es lo que pretenden. "Eso de la lucha de clases no es más que una reliquia de un pasado violento, ahora el presente es El Corte Inglés".

Sí. Tengo mucho resentimiento hacia mi generación, y hacia mí mismo, por qué no decirlo.

Todos esos idiotas que ignoran sus derechos deberían trabajar todo eso y más. Y luego todos quieren acabar de funcionario, ¿cuántos hay cuyo sueño es vivir de Papá Estado? ¡A doblar la espalda hasta morir! Este país de aborregaos, de idiotas profundos hasta decir basta, ha elegido su destino. Y luego se atreverán a llorar cuando los grilletes nos destrocen manos y pies.

¡Ah! ¿Que hay alguien ahí? ¿Qué haces leyéndome? ¡Corre, corre! ¡Ve a ver el fútbol!
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PD: Y tú mirándome con cara rara cuando digo que quiero estudiar políticas.
PD: Y tú mirándome con cara rara cuando digo que no me gusta tu vida hedonista y superficial, fácil.
PD: Y tú mirándome con cara rara cuando digo que me interesa alguien más que yo.
PD: Y tú mirándome con cara rara cuando "¿por qué?" vive en mis labios y siempre le dejo salir.
PD: Y tantas miradas de caras raras, mezcla de desprecio y extrañeza. Tantas que ya ni recuerdo, si es que no sé ni por qué me molesto en escribir esto. Digo yo que alguien habrá por quien merezca la pena seguir...

(Imagen fusilada de aquí)

martes, junio 24, 2008

Y sin embargo



En el fondo suele ser un simple cruce de caminos, entre la rumba, el blues y un puñado de versos arrancados desde los abismos del cerebro desbocado de un cantautor cualquiera cuyo nombre, más por casualidad que por otra cosa, pueda recordar a algún árbol. Por ejemplo: ya lo sabes.

Ahí estoy yo, en medio de los cuatro puntos cardinales, escuchándole decir eso de "y sin embargo te quiero". Sélène. O si no otro nombre de mujer, de esos que este viejo vagabundo de alma rasgada acostumbra a coleccionar sin más razón que la más honesta de todas, esa que coincide con la inercia, la contemplación y las respuestas sin pregunta, que solas se aparecen y revelan las sombras que se ocultan tras las luces de la belleza femenina. Supongo que por eso mismo, ese apocalipsis grabado a fuego entre mis cejas y la nuca, estoy retorciendo las palabras esperando que alguien consiga, algún día, no sé si de este siglo o de esta especie, comprenderme. Si ni siquiera me atrevo a subir los ojos y rebuscar un significado en los renglones de aquí arriba.

Canta, Sabina. Canta, recuérdame los besos envenenados que yo mismo he dado esperando intoxicarme accidentalmente al beber de los cuerpos siempre sin alma de la gran mayoría de hembras que he conocido. Recuérdame tantas cosas que tú, maestro, has sabido expresar mucho mejor en un solo, un puto verso de una puta canción de esas que construyes casi con eructar; que yo en kilómetros de tinta azul, mezcla de la aristóctrata sangre enajenada que corre por mis venas y las lágrimas de tantas y tantas apodadas Esperanza.

Canta, Sabina. Canta y cuéntame como todas las historias tienen siempre un mismo principio y un mismo final, una misma forma de canción de rima consonante. Poeta suburbano de hígado roto y cerebro infartado, canta y mézclate con el viejo Tom Waits para construir un universo con un mínimo de sentido.

"...y me envenenan los besos que voy dando, y sin embargo..."

Canta, Sabina. Canta y revélame el auténtico motivo por el que sigues vivo, y por el que yo también aún sigo aquí. Mientras, voy a dejar que mi cuerpo se desparrame sobre el helado suelo de todos los días para escucharte en plena oscuridad. Con suerte mañana no saldrá el sol.

lunes, junio 23, 2008

Sélène

Hoy me he vestido de gala para asistir a mi propio funeral. En él no hay flores ni plañideras, sino vasos de cristal rotos que gracias a los rayos de luz que caen con fuerza (son las tres de la tarde y parece que le ha dado por jugar fuerte a ese cabrón al que tantos y tantos han adorado como un Dios) entretejen destellos que no me dejan abrir mis enrojecidos ojos. Y encima me he dejado las gafas de sol.

Miro a mi alrededor, escrutando como puedo las caras de los transeúntes que se arrastran bajo estos cuarenta grados largos. A nadie le importa que esté tirado en esta silla, intentando mantenerme medio erguido, y bebiendo mate (sí, uno tiene sus vicios de bohemio repelente con sello de importación) ya a temperatura ambiente después de tantas horas preparado y pegado a mi mano derecha. No hago nada más que pensar en todo lo pasado anoche con Sélène, la rubia francesita menor de edad. En cómo la follé. En su cuerpo desnudo, poseído por un demonio sexual bajo los efectos de las drogas y el alcohol. Tengo el cuerpo lleno de marcas de dientes y moratones. Tan estirada que parecía. La verdad es que esas son las mejores. Se reprimen tanto que cuando alguien consigue romper su coraza liberan tal energía que podría derretir los polos con tan sólo una mirada.

"¡Sí, fóllame! ¡fóllame como solo tú sabes!" Repetía sin cesar. Y yo claro, no sé decir que no a una dama. Y tanto la follé que, antes de hacer que alcanzara el orgasmo número no-se-cuantos paré. Me había aburrido de ella. "Sélène, tú y tu melena rubia me cansáis". Me separé violentamente de su cuerpo con la energía que da la mezcla reactiva de varias sustancias ilegales con la sangre. Me miró estupefacta, me insultó y se cagó en mis muertos por haberle jodido el polvo y, por extensión, la noche. Una descarga eléctrica atravesó mi cerebro, me levanté, me vestí y me fui de su casa. Aquella no fue la primera vez que hacía algo parecido con ella. Había algo en nuestra relación que, cuando estaba colocado y después de mil horas compartiendo algo más que unas sábanas (o mesa, o asiento de atrás, o...) saltaba y me obligaba a abandonarla.

Ahora estoy chupando aire húmedo con regusto a yerba. En una mano la calabaza y en la otra el teléfono móvil. Sélène me ha llamado hace cosa de una hora. Tenía la voz llorosa y me dijo algo sobre que estaba harta de mis juegos y que le dejara los orgasmos a mitad. Que hasta ahora había sido una niña estúpida y siempre me lo perdonaba. Ahora no. Me había dicho que no quería volverme a ver. No sé qué creer, no era tampoco la primera vez que acababa perdonándome. Esto es una mierda, cada vez que me posee el demonio de la droga me transformo en algo que no soy yo: salvaje y mutable, bien puedo amar la creación de Dios como puedo querer convertirla en cenizas psicotrópicas. El problema es que la amo. Si no fuera por eso seguramente ni me preocuparía de qué puede pensar; o por qué, como estoy a punto de hacer, voy a llamarla intentando convencerla para que me perdone.

Tengo su número en la pantalla pero no me decido a apretar el botoncito verde para intentar hablar con ella. ¿Vale la pena? Ahora es el Sol quien azota mi cabeza. No me deja pensar bien. Siempre acabo en este mismo banco bebiendo de un pequeño recipiente que siempre llevo en el coche. Y con resaca. Soy plenamente consciente que esta relación, esta historia, no tiene ni pies ni cabeza, mucho menos sentido; aún así soy un adicto a ella y no puedo detenerla. No soy fuerte y no quiero luchar contra mis más bajos instintos, todos ellos representados por la blanquísima y rasurada piel de Sélène.

La preciosa francesita de nombre Sélène. Lolita deshumanizada.

Escucho su delicada voz, está cansada y debilitada por la falta de sueño. Creo que ya se le ha pasado el enfado. Cada palabra que le suelto es un clavo más en mi ataúd, soy consciente de ello. Pero la amo.

-Sélène, escucha...


Dentro de una hora volveré a estar, otra vez, desquiciándome entre sus piernas. Qué suicida puede ser el amor.

El mercado viejo


El mercado viejo de las buenas intenciones ha cerrado por defunción. Da igual, Nadie compraba en sus viejas paradas. Nadie lo echará de menos. Nadie.



(Imagen extraída de aquí.)

jueves, junio 19, 2008

El gran timo del "calientamiento" global



Está muy muy interesante este documental. Sobre el "calientamiento" no sé si es un juego de palabras o un error, pero bueno, ahí está.

Explica la gran verdad sobre la gran mentira del mundo en el que vivimos.

El universo en un punto entre mi garganta y el punzón

Hay momentos en los que todo el universo, el tiempo y el espacio quedan reducidos a un único punto. Momentos en el que los cinco sentidos desaparecen: los ojos no ven, los oídos no oyen y la piel, bueno, la piel sí. Ahí está, sobre ella el punto previo al Big Bang, justo en el microscópico espacio entre la epidermis que cubre mi nuez y la punta del punzón del ladrón que me está amenazando con atraversarme el gaznate si no le doy la cartera.
Mi corazón late a diez mil pulsaciones por minuto, sin embargo tengo la impresión de que entre un latido y otro pasan horas. El punzón, de unos cinco centrímetros, se hunde en mi carganta. Me cuesta respirar. Tengo todos los músculos en tensión y la mirada perdida, no está fija en ningún punto concreto del cuerpo de mi enemigo. Es un pobre yonqui, de esos desesperados por un pico: una bomba de relojería. Este es de los más peligrosos que hay ya que no tiene nada que perder. No sé por qué me metí por un callejón como éste, la luz de las farolas es tenue cuando no inexistente, y toda la escena se desarrolla en semioscuridad. Sus ojos están fuera de sus órbitas, inyectados en sangre y brillantes; son una mezcla de mono, ansiedad y miedo. Mucho miedo.
Estoy seguro de que él tiene más que yo. Es extraño, jamás me había encontrado en una situación similar pero mis nervios están calmados, como si hubiera pasado una vida entera recibiendo atracos. Mi cerebro sabe cómo actuar, y él solo ha bloqueado cualquier tipo de pensamiento racional. La amígdala ha tomado posesión de mí.
-Dame la cartera, ¡y no hagas nada raro!
Me encojo, balbuceo intentando engañarle. Recuerdo a Sun Tzu y aquello que decía, algo así como cuando seas débil aparenta fortaleza, y cuando seas fuerte aparenta debilidad. Hago caso a mi partenaire y extraigo el objeto de cuero del bolsillo trasero derecho de mi pantalón vaquero. La izquierda está abierta, mi palma está casi en frente de su cara cubriendo parte de su visión e intentando distraerle. Casi no lo consigo ya que, de una forma hipnótica, observa fijamente cómo voy subiendo la cartera lentamente, a menos de un centímetro por segundo.
Intento tranquilizarle con algunas palabras típicas. Corta mi piel con su mano temblorosa.
-Vale tío, ya está.
Ya es mío.
Farfulla algo. Sostiene su arma con la mano izquierda así que para coger la cartera ha de cruzar las manos. Esto no ha sido casualidad.
Cae en la trampa.
Desplaza su centro de atención de la punta del punzón a mi cartera. Ahora es el momento. Lanzo mi cartera contra su cara cogiéndole desprevenido. Me arriesgo mucho pero no puedo evitarlo. He de hacerlo, esto no va a acabar así. Bajo la mano derecha hasta su antebrazo, me desplazo girando dejando el objeto metálico más allá de mi cuello y de un golpe seco con ambas manos provoco un espasmo que bloquea toda su extremidad izquierda.
De revés con la izquierda en su cara.
De revés con la izquierda en sus genitales.
Luxo su brazo.
Lo lanzo por los aires.
Cojo mi cartera y me voy corriendo, hacia una calle más transitada. No creo que vuelva a intentar robar a nadie en una buena temporada, probablemente ni siquiera a sostener cualquier cosa con ese brazo. Espero que aprenda la lección.
Recupero la sensatez normal y pienso en todo lo ocurrido en poco menos de diez segundos. Un poderosísimo temblor se apodera de mis piernas, sudores fríos de puro miedo me invaden y mi voz se tambalea pero, lo más importante, he salido vivo de esta. Por si acaso me he quedado con su cara y no me volverá a coger desprevenido.

_____


Realmente todo este pequeño y mal texto tiene origen en una conversación que he podido escuchar hoy. Versaba en torno a la competitividad, eso tan extraño que se supone que sirve para que los empresarios se hagan supermegahiperricachones de la muerte. Uno de los postulados escuchados decía algo así: la competitividad anula la creatividad, puede hacer que el más competitivo tenga mejores resultados, pero éstos siempre serán mediocres. Tan solo alguien no competitivo podrá hacer cosas realmente grandes.

Eso me ha recordado a algunas de las técnicas que ejecutamos en la disciplina de artes marciales que practico. No se basa en la fuerza bruta (competitividad) sino en dejar que el cuerpo fluya (no competitividad), golpee en los puntos nerviosos (creatividad) y ejecute técnicas que con un esfuerzo mínimo puedan derrotar al más poderoso de los enemigos (innovación).

Para que luego me digan que practicar una disciplina de combate marcial es malo ya que convierte al artista en una máquina de matar provocando malestar y desconfianza en la comunidad. Manda cojones...

Dedicado a la gente del curso de la FUE, profesoras y compañeros.

martes, junio 17, 2008

En el bosque


Primera colaboración entre Letty, ilustradora, y servidor. Suya es la imagen.

Para ella, Flora, el mundo estaba dividido en dos categorías. Por una parte la ciudad, con sus carreteras, vehículos, enjambres habitacionales; prisas, estrés y materialismo. Odiaba la ciudad, no podía soportar la frenética danza de todos los días: madrugar, atascos, horario de oficina, comer con ansiedad, más atascos, un polvo con el idiota de turno (si había suerte ese idiota demostraba un poco de cortesía esforzándose en algo más que en el mete-saca habitual) y dormir un puñado de horas hasta el siguiente madrugón. Se sentía aprisionada y aquello, así se lo decía su consciencia, era falso.
La otra categoría, la real, la de verdad, era el bosque. Sí, el bosque. Donde el silencio y la quietud escondían millones de latidos, millones de sonrisas y mordiscos, de litros de sangre derramada. De pasión congelada en un infinito pliegue temporal. Era tan extraño todo aquello... se sabía observada, pero más que estar controlada por unos ojos invisibles lo que sentía era que éstos la acompañaban, la acariciaban. Todo un universo de seres vivos, y así lo sabía, estaban allí por y para ella; creados mil lustros antes por algo infinitamente superior a su pequeño y frágil cuerpo de aspecto postadolescente. Era ese lugar tan diferente a la ciudad. Recordaba aquellas excursiones con su padre, saliendo de la urbe para acabar siempre en el mismo claro; las largas conversaciones con él sobre las criaturas mágicas que habitaban entre los árboles o sobre la armonía que existe en todo aquel aparentemente caótico festival natural. Se habían acostumbrado a ir el primer fin de semana de cada mes, y podía recordar perfectamente (recuerdos que se extendían hasta antes de los seis años) cómo se despertaba más de dos horas antes de la salida, presa de una extraña sensación que brotaba de su estómago. Aquella misma sensación se volvía a producir, pero de cariz agridulce, cada vez que anochecía y tenían que volver a su casa. Un mes era mucho tiempo de espera, y más para una niña.
En todo esto pensó cuando, acunada por la luna llena, dejó que sus piernas flaquearan. La época de niña traviesa, en la que siempre andaba corriendo de un lado para otro entre viejos árboles, ya había pasado. Ahora todo aquel ímpetu había desaparecido; estaban ahí el alma del bosque, su alma y la sensación que desde que tenía memoria siempre había habitado en su estómago. Hacía ya tiempo que decidió cambiar la vieja costumbre familiar, convirtiendo una escapada diurna en rito nocturno de purificación. Había llegado el momento. Esa noche, en ese momento, se iba a producir. Sus rodillas tocaron las hojas resecas del lánguido otoño, dejando que las insustanciales manos de los espíritus del bosque recorrieran su piel desnuda ascendiendo por sus pantorrillas. Notaba unos dedos inexistentes buscando poder atraversarla y llegar hasta su corazón. Estaba enamorada del bosque, del viejo roble que presidía el claro, de la luna y de todo el conjunto en el que ella, Flora, era la invitada, esposa y reina.
Iba abandonándose a la fuerza elemental de las plantas y animales, renunciando a la consciencia y haciendo el amor con el bosque. Finalizando uno a uno los orgasmos reprimidos durante tantos años de vida urbana, alcanzando otros que jamás ningún varón o mujer habrían podido hacerle conseguir. Eso era el bosque para ella: el amante perfecto que sin hacer nada conseguía romper en añicos la realidad para crear en un solo instante una nueva Flora.
Cayó en trance. Nunca quiso saber cuanto duraban aquellos momentos (tampoco habría podido, pues se negaba a meter objetos de la civilización en su lugar sagrado) en los que se quedaba ahí, estática como los árboles que tanto amaba, con los brazos abiertos, mirada perdida e interiorizada convertida en mera observadora de la relación amorosa entre todas las almas allá reunidas. Cada vez que despertaba, muchas veces con las primeras luces del alba, volvía a brotar en ella la misma sensación agridulce que de niña: tenía que irse y dejar atrás temporalmente el único lugar donde era feliz para sumergirse en el caos materialista de entre semana. Pero desde hacía ya bastante no era la única quien lo sentía. El mismo bosque, Gea, quedaba invadido por la melancolía de despedirse de su dríada reencarnada hasta el primer fin de semana del siguiente mes.

Sobre la reina católica

Realmente no era por admiración o respeto por lo que se humillaban los súbditos ante la reina católica, Isabel de Trastámara; sino por el desagradable aroma, de toda una vida sin bañarse, que desprendía.

lunes, junio 16, 2008

domingo, junio 15, 2008

Piero Napolitano

Una pregunta obsesiva asediaba su cabeza a cada instante. ¿Cómo había podido acabar en un lugar como éste? Él, Piero Napolitano, el idealista y fanático seguidor de Benito Mussolini. Él, todo un camisa negra veterano de Abisinia, voluntario en el frente oriental, héroe del pequeño pueblo siciliano donde había pasado toda la vida hasta marchar a África. Él, una sombra más en el infierno helado del peor invierno que se recordaba por aquellos lares.

Había amanecido ventoso. No sabía qué era peor, si cuando la nieve le enterraba vivo o el aire atravesaba los harapos hasta cortar los huesos. Aquello ya le daba igual. Todo había dejado de importarle. Se había separado de su unidad tras un ataque de los rusos, y ahora estaba plantado en medio de la nada en algún punto entre Kotelnikovo y Stalingrado. A su alrededor veía cadáveres, algunos desmembrados, otros tintados por su propia sangre y todos congelados. Pensó en su padre, en las pocas jornadas de pesca que pudo compartir con él antes de su afiliación al movimiento fascista. En Sofia, aquella pecosa de ojos azules que era su novia. Estaba seguro que le era infiel, pero sus emociones estaban tan congeladas como los dedos de sus pies. Le era totalmente indiferente. Tenía preocupaciones más importantes, como conseguir víveres para sobrevivir un día más. Había tanteado la idea de pegarse un tiro, que rechazaba obstinado. "Piero Napolitano no se suicida".

No tenía ninguna esperanza de salir vivo de ahí. Lo sabía. Iba a morir. Inició la marcha, medio ciego por el reflejo de la luz en la superficie nevada. En la mano derecha sostenía un extraño objeto: un libro en caracteres cirílicos del que no tenia la más remota idea de lo que podría contener. Había escrito en sus páginas algo de su historia, su nombre y algunos buenos recuerdos de su compañera. Se desplazaba lentamente, como hacen aquellos que no tienen nada mejor que hacer que dejarse llevar por la inercia de los segundos. No lo sabía, pero estaba volviendo a Stalingrado y alejándose de los pocos italianos que quedaban vivos y sin capturar por aquella zona.

El ataque había sido devastador. Los soviéticos, abundantes en manos, fusiles y artillería habían decidido golpear las posiciones fascistas, más débiles que las alemanas, y cercarlos. Piero era incapaz de ubicarlo en el tiempo. Podrían haber pasado horas, semanas o milenos, no lo sabía. Aquel ataque, a las seis de la mañana, en plena noche esteparia los había destrozado; nada pudieron hacer con el anticuado y escaso armamento con el que disponían. Además, la moral estaba por los suelos: nadie sabía qué hacían en un lugar como aquel, junto al Volga, en una guerra que ni les iba ni les venía. Muy pocos sobrevivieron, y muchos de los que lo lograron ya se encontraban muertos o prisioneros de los rusos.

Todo era liso, plano... eternamente plano. Había avistado unas ruinas, algo que parecía una pequeña casa donde poder sentarse y descansar. Aceleró el paso, notando cómo sus escarchados labios crujieron tras fruncir el ceño (solía repetirlo cuando pretendía autoconvencerse, obstinarse). Estaba ileso, al principio algo magullado por la onda expansiva que le había lanzado tan lejos. Podía desplazarse bien. Una hora y algo después llegó a la casa. Sacó la Beretta (le quedaban cuatro balas) y entró. No había nadie. No quedaba techo, había una mesa rota apoyada en un rincón, otro cadáver también congelado y más de un palmo de nieve lo cubría casi todo.

Se dejó caer sobre el cuerpo. Era de un alemán, podía distinguir sus enseñas. Estaba en buen estado, aunque poco comunicativo y distante. La única diferencia con un alemán vivo, pensó, era que este no le miraría por encima del hombro. Le empezó a contar historias de su niñez, contó con todos los detalles que pudo recordar su primer encuentro sexual con una mujer. Lo hizo fatal, era un manojo de nervios y estuvo bastante tiempo dándole vueltas a aquello, a ver si es que no era bueno para eso de follar, teniendo que hacer como muchos de su generación: exagerar. Junto a Helmut el silencioso alemán(así lo bautizó, siempre le había hecho gracia ese nombre) se rió, recordando el impacto de aquel fracaso y lo echo polvo que estuvo. Le pareció una gran estupidez. Se creía tan especial allá en Sicilia, rodeado de muchachas y amigos. Él había sido el centro de atención, del universo, allá. Aquí, en el invierno de Stalingrado, no era más que un punto en medio de la nada. Tantas historias para nada. Hablaba y se reía a carcajada limpia. Se reía de sí mismo, consciente de que aquello debía ser algo así como el juicio final. Al menos desentumecería las cuerdas vocales para gritarle a pleno pulmón su nombre a Dios.

Como es lógico, tanto escándalo no solía pasar desapercibido, y más en aquel lugar. Piero estuvo hablando durante horas, contento por haber podido encontrar aquel refugio contra el viento sin ser consciente de una patrulla de postadolescentes soviéticos que habían rodeado la ruina.

Uno de ellos, de una patada, desencajó la puerta que mal que bien pendía de un solo gozne. Al italiano el corazón se puso a temperatura ambiente. Tenía ante sí un subfusil Tokarev sostenido por un imberbe que gritaba en un idioma que tan solo podía ser ruso. Se alegró de verlos, sonriendo como buenamente pudo. Levantó los brazos, e intentó levantarse. Aún sostenía ese extraño libro en la mano. El asaltante lo encañonó tembloroso y asustado, y no le quedó más remedio a Piero que tirar la Beretta y salir con los brazos en alto. Uno de ellos cogió el libro y lo ojeó curioso. Le dijo algo a su superior. Parecía sorprendido y asustado.

Más tarde, tras ser interrogado por un oficial de la NKVD descubrió que aquel libro le salvó la vida. Aquello agradó al interrogador, era de Stalin. Un enemigo con un discurso del más igual entre los iguales.

Hoy, ya viejo, guarda una copia de ese texto (el original se lo quedaron) junto a su cama, en el mismo lugar donde antes estuvo una biblia y unas memorias del Duce.

viernes, junio 13, 2008

Resfriado

Lo que más le jodía de haber pescado un resfriado era que no podía oler aquel suave aroma primario o saborear el sexo de su compañera. Mezclar mocos con flujos vaginales era de lo más antierótico que podía concebir.

miércoles, junio 11, 2008

En la estación


Se sorprendió al notar un suspiro nostálgico escapándose de entre sus labios. Estaba en apoyado en una barandilla inclinado hacia delante con el cuerpo casi en suspensión sobre los andendes de la estación de ferrocarril. Recordaba la primera vez que había estado en ese mismo punto: fue a los cinco años, cuando su padre le llevó a ver los trenes salir. Eran los olores, los sonidos, el flujo de gente entrando y saliendo de los vagones. Las caras, cargadas de emociones. Aquello, pensó, era mágico. De esas estrechas y alargadas habitaciones encadenadas una tras otra salían personas. ¡Personas! ¿No le habían dicho papá y mamá que los niños venían de París? Ellos eran niños grandes (como descubrió después la mayoría eran universitarios) y él uno pequeño. Él estaba arriba, y abajo nacían de esas cosas. "¿Ves hijo? Eso es un tren." Las palabras de su padre revivieron, reverberando desde sus recuerdos y haciendo vibrar sus tímpanos.

-¿Tren? -Masculló, repitiendo exactamente lo mismo que le contestó. Había vuelvo a tener cinco años, en su rostro se formó la misma expresión, su mirada, brillante por la emoción, se clavaba en la imaginaria fugura de su antecesor, que estuvo situado a su derecha. Incluso sintió la fuerte mano de su padre acariciar su ya no tan infantil cabeza.

Cada vez que se sentía turbado, nervioso o simplemente tenía mal cuerpo iba a la estación. Generalmente se quedaba por los alrededores, sentado en un banco y mirando el bullicio viajero de estudiantes y profesionales. Se fijaba en las caras de prisa de algunos, de cansancio de la mayoría, y disfrutaba cuando veía entrar a alguien solo pero con una expresión poco habitual: alguien que buscaba a alguien. Veía en los ojos de los jóvenes y no tan jóvenes los destellos del amor, esas mejillas turbadas por la ansiedad de reencontrarse con el ser amado. Cuando estaba desanimado y localizaba a alguien a esas características se alegraba, porque sabía lo que vendría después. No lo vería, tan solo cómo caminaban cogidos de la mano, sonriendo o besándose como si aquello fuera un accidente provocado por las prisas y la necesidad de llegar a un lugar más íntimo. Ver algo así disipaba sus propias tristezas, así que ya no tenía más razón de ser permanecer en ese lugar y volvía a sus quehaceres.

Sin embargo esa vez, precisamente esa vez y no otra, había decidido entrar para acabar apoyándose sobre la barandilla donde su padre le explicó todas aquellas maravillas, casi mágicas, que cambiaban el aspecto a la gente, o creaba personas de la nada. Como las cigüeñas de París pero siendo de algo que es como una serpiente de casas con ruedas. Si estaba ahí, además de por la nostalgia infantil que se había despertado en su interior (realmente ésta era consecuencia de lo siguiente) era por la pequeña decepción que acababa de vivir. No era nada importante, sino un conjunto de detalles que de por sí pasan desapercibidos pero acumulados acabarían minando hasta la moral de los héroes grecorromanos. Se acordó de cómo la relación con su novia, después mujer, había ido enfriándose hasta convertirse en un intercambio más o menos constante de reproches, silencios y malas caras. Pensó en el trabajo y en sus ideas de estar siempre yendo de un lado para otro del país conduciendo una de esas preciosas locomotoras, y en por qué había acabado encadenado a una silla acolchada y con ruedas en horario de oficina. Pensó en sus hijos, unos malcriados; en su entorno falso e hipócrita. Nada era como se imaginó cuando estaba ahí apoyado, de niño. "¿En qué me he equivocado?" Apartó ese concepto de su cabeza. En nada, pensó. Había sido su ruta, estación a estación, desde la de salida hasta la de llegada. Había hecho ya tantas paradas, había visto subir y bajar tanta gente de sus vagones que había acabado viendo siempre los mismos gestos repitiéndose una y otra vez. Pensó que hacía mucho que había llegado ya a la estación de destino, y ahora estaba volviendo a la de partida, por eso poco a poco todas las ilusiones de la vida, todas las cosas se habían ido desmoronando.

Se sintió otra vez niño, casi en suspensión sobre la baranda, tanto que el guardia de seguridad le había dado un toque de atención para que se retirara un poco. Otra vez ahí, casi cuarenta años después y un puñado de estaciones desandadas. Era el momento de decidir qué hacer. ¿A qué tren iba a subir ahora?

-Papá, me gustan los trenes -dijo desde sus cinco años. Fue la última vez en mucho tiempo que puso esa expresión. Ésta cambió a la de eterna sabiduría que lucía su padre en su memoria-. Pero esta vez yo elegiré el destino. Y sin billete de vuelta.

martes, junio 10, 2008

¿Viene Max?


Dos días, dos putos y tristes días de huelga de cuatro mataos que se creen con derecho de pedirle a papá estado que les dé dinero porque han sido tan gilipollas que ni siquiera han calculado los posibles riesgos que tiene MONTARSE UNA EMPRESA, porque sí, la mayoría de estos cabrones que han bloqueado las carreteras (recordemos, una cosa es protestar y otra joder a los conciudadanos) se subieron al carro del camión al fuego de la burbuja criminal y estafadora que ha gobernado este país desde la época de Felipe González. Como si fuera un juego. Putos irresponsables. Una empresa es una apuesta, si sale bien consigues dinero, si no te jodes y toca cerrar. Que cierren. Que paguen sus riesgos y le echen dos huevos asumiendo su responsabilidad. Imbéciles.

Dos días y el país ya está bloqueado. Los supermercados vacíos, las gasolineras secas, las vías saturadas y un muerto sobre la mesa. ¿Qué pasará dentro de una semana? Y eso que esto es por mantener margen de beneficios y no reconocer su error. Hipócritas.

-¡Papá Estado! ¡Papá Estado! ¡Dame dinero!

¿Acaso ya no somos conscientes de nuestros actos?

Y todo esto, recuerdo, es por querer mantener beneficios. Si se alarga un poco más aquí habrán hasta tiros. No quiero ni imaginarme cuando debido a la falta de petróleo (Gazprom dice que pronto llegará a los 250$ el barrilete en 2009) no haya, literalmente, combustible para llenar los camiones. Ni para generar luz eléctrica. Ni para la calefacción.

¡El milenarismo va a llegar! ¡MadMax!

Sesenta y cinco horas


Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.
Sesenta y cinco horas.

¡Ha caído la máscara! ¡Volvemos a la edad media! ¡Capitalismo salvaje!

Unión Europea... de amos y esclavos.

lunes, junio 09, 2008

El blues de la cola del paro


Ahora estoy en la cola del paro
esperando poder entrar
he de conseguir pronto un trabajo,
para poderme alimentar.

Un cigarro humea en mis dedos,
todavía no puedo pasar.
Seis horas esperando el momento
apoyado en este ventanal.

Me dicen que no tengo experiencia
o cincuenta y no soy útil ya,
muy pronto abrazaré la indigencia
y ni esperanza me quedará.

Ahora estoy en la cola del paro
esperando poder entrar
he de conseguir pronto un trabajo
para poderme alimentar.

Tres letras en blanco y el banco
amenaza con ejecutar
la hipoteca de un tipo tan alto
que yo ya no puedo pagar.

Y si rompo con todo y reviento,
y decido ponerme a robar
ni se te ocurra venir a mi entierro
pues nada podrás encontrar

Ahora estoy en la cola del paro, mi amor,
esperando poder entrar
he de conseguir pronto un trabajo
para poderme alimentar.


Esta mañana, mientras me daba un garbeo por la oficina del servef, se me ha ocurrido esta pequeña canción. Quizá en algún momento me anime a meterle un ritmo o algo. Ja vorem.

domingo, junio 08, 2008

Yo maté a Federico García Lorca


Hoy al llegar a casa he visto que había una extraña carta en el buzón. No tenía ningún elemento identificativo: ni destinatario ni remite. Nada. La miré con cuidado, comprobé que estaba bien cerrada y a contraluz vi que contenía un folio doblado. Sopesé si abrirla, pero me dije "qué hostias, si la tengo en mis manos es por algo" así que rasgué el lateral del sobre y extraje el contenido.
No puedo quitar la vista del papel que hasta hace unos minutos ni existía para mí. Es de una gran calidad, me ha impresionado su grosor, su textura agradable y su blanco inmaculado. Reposa desdoblado encima de la mesa, la tinta azul con la que está escrito brilla cuando impacta sobre ella la luz. La caligrafía es fuerte y decidida, diáfana (salvo el nombre a quien va dirigido el saludo, no he logrado descifrarlo); ligeramente inclinada hacia delante y los renglones son rectos, bien distribuidos y espaciados. Me ha atrapado, no dejo de leerla, una y otra vez, intentando comprenderla. La transcribo.

Estimado (ininteligible),

Yo maté a Federico García Lorca. No fue mi mano la que apretó el gatillo del fusil que apuntaba directamente a su testa ni mis ojos los que vieron esparcirse sus sesos por los aires. Aquel fusilamiento no existe para mí, mi memoria no lo recuerda. Tampoco di o transmití las órdenes. Sin embargo yo lo maté aunque no estuviera presente o tuviera vinculación alguna; ni siquiera habían nacido mis padres. Lo que hice es mucho peor.

Yo maté a Federico García Lorca porque maté por todo lo que luchó. Maté sus ansias de liberación, de amor, de tradición. Maté todo lo que redescubrió y para ello no me hizo falta mancharme las manos con su sangre. Soy tan culpable o más que los que lo ordenaron o lo ejecutaron. Para hacerlo no he usado ningún arma asesina, sino algo más sencillo pero a la vez infinitamente más diabólico y eficaz: el olvido. No sé nada de Federico García Lorca, ni de lo que representa este hombre; no sé ni quiero saber el mensaje de sus versos y sus obras de teatro. No me interesan sus sueños, sus motivaciones. Le desprecio.

Nada de lo que quiso comunicar existe en una vida, la mía, que se resume a continuar en la inercia del silencio de las respuestas sin pregunta. Disparo a Federico García Lorca cada vez que tomo como vano aquello por lo que murió. Ahora, mientras escribo estas líneas soy consciente de lo abominable de mi acto. Soy una bestia, un animal inconsciente capaz de cualquier salvajada criminal por mantener su ignorancia como la cima de la sabiduría que puede alcanzar. Depredo con avaricia mi entorno por puro placer destrozando el cuerpo dentellada a dentellada de cualquier aspirante a verso del poeta. Nada queda ya.

Atentamente,

Usted.

PD: Realmente, ¿quién mató a Federico García Lorca?

Inquietante.

sábado, junio 07, 2008

En el muelle


-Guapo, ¿buscas compañía?
He de reconocer que aquella puta era muy hermosa. Su largo cabello rubio caía ondulado sobre la espalda; su cuerpo, exhuberante, apenas era retenido por una minifalda negra y un top rojo, ambos de material plástico. Sus largas piernas estaban cubiertas por una malla, y bajo sus pies unos zapatos cuyo exagerado tacón obligaba a su musculatura inferior a estar en constante tensión. Me maravilló su forma de moverse, de agitar el bolso a juego, tanto en color como material, con la falda. Sus ojos, fieles imitaciones de la luna, brillaban como las estrellas de aquella noche oscura.
Por desgracia no había arrastrado mi cansado cuerpo hasta la zona portuaria atraído por la generosa oferta sexual. De una fuerte calada sentencié el cigarrillo que se consumió apoyado en mis labios. Tiré la colilla y la pisé. Aquel gesto, desde siempre, había actuado como un catalizador en mi cerebro: había llegado el momento. Inicié la marcha buscando mi objetivo. Ya lo tenía controlado de anteriores noches. Pensé que era el encargo más sencillo que jamás había recibido.
Me cuesta olvidar aquella luna menguante reflejada sobre el océano y las estrellas que caprichosamente salpicaban el firmamento nocturno, algunos pesqueros anclados en el otro lado del puerto y el perfil de la ciudad como fondo. A la derecha, escondido en los soportales de la lonja estaba él. Dormía. Extraje de la cartuchera mi más que fiable Colt 1911 y le coloqué el silenciador.
Contemplé su aspecto detenidamente. Hacía poco que había superado la cuarentena aunque aparentaba tener mil años. Su barba hirsuta convertía su perfilada barbilla en una selva de alfileres. Su ropa hablaba de antiguas batallas vencidas, de una gloria que le abandonó cuando las cosas empezaron a ponerse feas.
-Don Manuel -dije, con la intención de despertarlo.
-Ya era hora que viniera alguien a por mí -me sorprendió su gesto relajado-. Lo esperaba. ¿Cómo te llamas?
-Eso no importa.
-Me vas a matar, dime tu nombre y te contaré mi historia.
Aquello me interesó, así que me inventé un nombre falso y dejé que me hablara. A pesar del fuerte olor a alcohol aprecié que estaba completamente sobrio.
-Una vez, y no hace mucho tiempo, yo y los que éramos como yo lo tuvimos todo. Todo, ¿entiendes, Javier? -pues así le dije que me llamaba- Cada vez que alguien necesitaba ayuda para cumplir los sueños nos consultaba, cada vez que alguien necesitaba un apoyo para hacer felices a los suyos nos llamaba. Nosotros hicimos todo lo que puedes ver. Fíjate, al otro lado de la bahía, esos impresionantes edificios, esos antiguos barrios donde antes sólo había putas y yonquis, ahora todo eso son zonas residenciales de alto standing, ¿gracias a quién? A Nosotros. Y ahora observa, no soy más que un mendigo esperando que el arcángel vengador me llene de plomo y me lance al mar.
Su historia no me conmovió. Levanté el arma, apuntándole directamente a la testa. Tuve la impresión de que mi sencillo gesto desmoronó toda su máscara de orgullo y honor; empezó a lloriquear como un niño.
-¿No sientes lástima por este pobre viejo que ya no puede hacerle nada a nadie? -suplicó- Aquí no soy nadie, ¡esto es peor que la muerte! Si hubiera sido más valiente me habría suicidado, pero ni siquiera me atrevo a hacerlo. ¡Déjame aquí! ¡Te lo ruego!
-Levántese -ordené.
Intentó ponerse en pie pero sus piernas le fallaron. Al retirar la manta que le cubría me golpeó la peste a orina y excremento que desprendía su cuerpo consumido. Se había hecho sus necesidades encima. Me acerqué y puse mi cañón a un metro de él. El olor era insoportable. Ni en los peores barrios había encontrado algo así; éste no sólo provenía de las heces, sino de lo más profundo de su pútrida alma de ladrón y estafador.
-Vamos, dese la vuelta.
-¿Qué haces? -me contestó con voz histérica- ¿No me vas a matar?
-Le aconsejo que no grite, será peor. Ponga las manos tras la espalda.
Me mareé ligeramente. Le puse las esposas y de un empujón le obligué a caminar hacia mi vehículo. Lo noté más agradecido que confundido por haberle salvado la vida.
-¿A dónde me llevas? ¿Quién te ha encargado encontrarme?
-No se lo diré, aunque seguro que se lo imagina.
-No... a ellos no. Por favor, no lo haga. ¿A los acreedores? ¿O a los que dejé tirados en la calle y con enormes deudas? ¿A todos ellos juntos?
Sonreí, aunque él, que caminaba frente a mí, no me pudo ver. Había acertado a la segunda. Tenían muchísima sed de sangre.

viernes, junio 06, 2008

Nour

Fusión rock + música moruna. De Barcelona. (Sí, ya sé, no me quedan ganas de escribir tras haber puesto lo de ahí abajo)

Vida moderna (videoclip)



En Rabat

Kultur!

"Kultur!" no es una palabra cualquiera. "Kultur!" es más, es un símbolo grabado a fuego en mi mente. Una imagen, un universo comprimido en seis letras y una exclamación. Una ciudad en llamas, destruida por la guerra, una grafía sangrienta que recurrentemente vuelve a mí. Una imagen en escala de rojos, en escala de grises. De retaco me violó desde la página de aquel libro de texto de historia, no recuerdo si en la sección de la guerra civil española o la segunda guerra mundial. Ahí estaba ella, esperándome con toda la paciencia del mundo, creada para mí hace más de sesenta años, convertida en material de apoyo a la formación institutaria en una época oscura donde todo lo que fuera "Kultur!" queda relegada a la marginalidad.

"Kultur!". La Guerra. Antibélica. Destrucción total. Ahora soy consciente de que me cambió la vida. "Kultur!" es mi objetivo, lo único que pretendo encontrar en mis años errantes: entender, comprender, saber. Abrazarla y amarla hasta acabar en el psiquiátrico o bajo un puente, cubierto de harapos y vestido por las más bellas prendas del conocimiento humano para poder luchar contra la ambición y la avaricia humanas. Cara a cara: luz frente a oscuridad, humanidad frente a barbarie.

De vez en cuando me animo e intento buscar ese póster que tanto me ha marcado. Google no me ayuda, como todas las amantes "Kultur!" es caprichosa y sutil, sé que volverá, tarde o temprano podré contemplarla, desnudarla con la mirada y estudiar todos y cada uno de sus trazos, de sus colores y simbología. Ahora no está y me siento vacío. La Musa me ha abandonado, me ha dejado con un recuerdo intemporal e intermitente. Está escondida, observándome tras cada mirada, tras cada palabra que se escapa de mi boca o agrede mis tímpanos, evaluándome. Soy su Avatar. Su esclavo.

Todo lo demás no importa nada. "La verdad os hará libres", "Kultur!" es la verdad. El resto, simplemente, es una ilusión. Estudiar, leer, comprender y amar, lo único que sé hacer, lo único que puedo hacer para honrar a la Diosa.

Ojalá no estuviera tan solo en este desierto de ignorancia.

(Si alguien tiene o sabe cómo puedo conseguirla que me lo diga, se lo agradeceré eternamente)

jueves, junio 05, 2008

Café tocado


La primera luz del día atravesaba la sencilla cortina de lino blanco que colgaba en la ventana de su tercer piso, saturando la habitación de, según ella, una tenue y fantasmagórica iluminación. Ni siquiera eran las siete de la mañana y ya estaba recostada junto a su café expresso, bailando su mirada con el fino humo que brotaba de la superficie del amargo elixir. Muy de vez en cuando daba un sorbo, dejaba reposar la mágica sustancia sobre su lengua, la deslizaba hacia sus papilas gustativas para poder saborear el alma del arábigo amante.

A Ariadna le gustaba desayunar en la cama siempre que podía, acompañada por Franz, su austríaco amante, compañero y amigo durante los últimos seis años. Los aromas del desayuno de fin de semana y el sexo de unas pocas horas antes creaban una atmósfera sensual, pudiendo transportarse a las lejanas regiones del golfo Pérsico, el mar Rojo y las haimas esparcidas por los desiertos saudíes con sólo cerrar los ojos y abandonarse a ella. Antes podía estirar el brazo y acariciar el fuerte torso, algo peludo, de Franz; o contemplar su rostro alpino, de explorador decimonónico en las grutas de Petra. Le encantaban sus facciones marcadas, su rudo aspecto de montañés; era tan diferente a ella: delicada, pequeña y morena. Cuando se dio cuenta estaba buscándolo entre las sábanas, buscando ese cuerpo que ya no estaba ahí. Lo único que apareció fue una lágrima que a medida que se abría paso por su mejilla la obligaba a sumergirse en un infinito océano de tristeza. Esta lágrima, la primera de la mañana, se deslizó hasta precipitarse dentro de la taza, contaminando el exótico elemento, mutándolo en veneno emocional.

Fue ella quien rompió la relación, se había cansado de su rutina germánica, su mentalidad cuadriculada tan lejana a la energía que sus pequeños músculos necesitaban explotar. Su pene, generoso pero torpe y repetitivo en la actividad sexual, le aburría ya; le había dejado porque necesitaba sentir un orgasmo en condiciones y no tener que fingir más. Su vagina tomó posesión de su mente y la obligó a buscar fuera del hogar compartido aquello que en él no podía tener; no lo encontró pero tras su búsqueda decidió sacrificar a su rubio adlátere: tal era su apetito sexual tanto tiempo reprimido. Esa mañana se arrepintió, como todas las mañanas, pero la de domingo... la de domingo era especial, era la de tomar el café, o zumo, o tostadas, o té (el qué era lo de menos) al lado de su amante. Sorbió un poco del contenido del pequeño recipiente de cristal, buscando en su sabor un escape, un alivio; no lo consiguió.

Se acabó el café de un trago y se levantó. Estaba desnuda, había estado masturbándose antes del desayuno, esperando encontrar en la estimulación artificial del clítoris una "petite mort" que la animara. Consiguió correrse, pero no fue suficiente para hacer que se sintiera bien, lo único que había logrado era empapar las sábanas con sus flujos.

-¡Ya está bien de llorar! -gritó. Sacudió la cabeza y decidió que no podía perder más tiempo de aquella mañana preciosa. Encerró su melancolía bajo llave y abrió la puerta de su habitación con la intención de pensar a quién llamaría después de ducharse para follárselo.

(* Imagen robada de: http://www.exitopersonal.org/articulo-uncafe.htm)

miércoles, junio 04, 2008

Necesidad

Los segundos escupen impaciencia, el ritmo cardíaco corre desbocado hacia el infarto por saturación de adrenalina. El destino cada vez más cerca, el aire me frena, el acelerador está al límite y noto el tiempo rompiéndose contra la luna de mi coche en forma de restos de exoesqueletos de insecto. Acelero, adelanto, destrozo el cuentakilómetros con ansiedad. La vida me va en ello, infringiendo la ley por necesidad. Veo la salida, salgo, giro, freno, "ceda el paso". Joder, llego tarde, no puedo más, necesito llegar, es algo animal, bajar los pantalones y hacerlo como si fuera la última vez que puedo.

Por fin llego, cierro la puerta del coche de un manotazo, activo la cerradura con el mando, corro. El veneno se expande y corre por mis venas, invadiéndolo todo. Todo mi yo se centra en un solo punto, provocando temblores en mis piernas, agitación en mi voz, sudores. Abro la gran puerta de cristal. Intento contenerme, nadie puede verme en este estado. No. Jamás. Recorro visualmente el habitáculo buscando el mágico pasillo que me lleve al Nirvana, me dirijo hacia él. Lo atravieso. Giro a la izquierda, entro en la habitación deseada. Otra puerta. La empujo. Soy todo necesidad. Mis manos fallan al desabrochar el botón, lo vuelvo a intentar. Lo consigo. Casi arranco la cremallera. Me contengo como puedo, ya casi está. Bajo los calzoncillos de un tirón, me acuerdo demasiado tarde de comprobar si algún hijo de puta ha dejado hecha unos zorros la tapa del inodoro. Da igual, ya ha llegado el momento; no puedo ni debo retrasarlo más. Abandona todo un universo mi bajo vientre, dejando en él el Vacío hindú. La Nada absoluta sacia mi intestino grueso, la conciencia se escapa de mí a cada constricción interna, sumiéndome en un estado semicomatoso más parecido al orgasmo que al alivio. Pierdo la noción del tiempo y del espacio, estoy paralizado, convertido en una Real Estatua en su trono de cerámica blanca y con una sonrisa bobalicona en la cara. Miro a mi derecha.

-Mierda. No hay papel.

Violines

Dos percepciones del violín. Dos formas opuestas de manipularlo. Dos sonidos. Dos universos.

Aquí el primero: Leahy, que según leo es un grupo formado por 8 hermanos canadienses con un sonido folk de ese que hacen los irlandeses.



El segundo de ellos: Lokyo, 2 violines, una guitarra y sonidos gitanos salpicados de otras músicas del este.

martes, junio 03, 2008

En torno a una vieja mesa de roble

Estaban todos ellos sentados en torno a la gran mesa de roble, sonrientes. Los rostros velados por el humo del tabaco se observaban con detenimiento. No era la primera vez que se veían en una circunstancia similar, ni sería la última. Eran cinco, todos de aspecto similar: blancos, altos, fuertes y avariciosos. Sobre todo avariciosos. Si estaban sentados en torno a esta pervertida artúrica tabla era por culpa de su única pasión. Más allá de esa estancia se extendía su poder como infinitos tentáculos sombríos hasta todos y cada uno de de los corazones de bien, tal era su poder.

El mundo vivía a sus pies. Pero algo ocurría, sabían que las cosas no podían seguir así mucho tiempo, en cualquier momento surgiría alguien que levantaría la cabeza y diría aquello de "¡ya está bien de vivir bajo su dictadura!" o "¡Queremos pan!" o "¡Queremos libertad!" llevando la mentira en su corazón y esperando cortar la más imponente cabeza de la hidra para que sea la suya la que lleve la voz cantante. Eran inteligentes, sabían que iba a ocurrir un fenómeno similar tarde o temprano: es más, ellos mismos lo hicieron antes. Recuerdan las revoluciones financiadas, los golpes de estado dirigidos desde la sombra, los hombres de paja.

"¿Qué hacer?" Propuso uno de ellos. Era el más viejo de todos, el más peligroso y el que acumulaba tras él la mayor fortuna. Era su cuello el más deseado. Él ya tenía la respuesta, pero quería ver si había enseñado bien a sus viejos alumnos sus teorías. "Destruyámoslos antes de que nos ataquen" Contestó uno de ellos. "No, esa solución sería temporal. Después aparecerían otros, nos envidian y desean destruirnos." Contestó el hierofante, cerrando su réplica con una larga y profunda calada. Sus pulmones se hincharon y su efigie mostró su naturaleza afilada una vez más. "Droguémosles, démosles pan y circo como hicieron los romanos." dijo otra voz de timbre desagradablemente castigado por el alcohol. "Amigos, necesitamos ver más allá, los estupefacientes tanto químicos como psicológicos son herramientas, no fines."

"Hagamos que se destruyan entre ellos." Se escuchó decir a la tercera voz. Alguien lanzó un murmullo de aprobación. Otro asintió. Esa idea había gustado a los neófitos, pero no al maestro de ceremonias. "¿Y luego? lo mismo, aparecerán otros". Sonrió. El quinto hombre, el que no había dado muestras de vida decidió hablar. "Dejemos que sus protestas salgan a la luz, apoyémoslas y dirijámoslas contra nuestros títeres. Creemos doctrinas que esclavicen sus ideales y convirtámoslos en el contrapeso de nuestro poder. Indiquémosles dónde y cuando golpear, así estaremos preparados, podremos soportar sus débiles agresiones y lograremos que no sospechen nada."

Y el viejo sonrió, satisfecho.

lunes, junio 02, 2008

Pa ver a Tom Waits...

...70 minutos comunicando... ¡qué odisea!
...90 minutos comunicando... ¡qué odisea!

Comentario del blog Máquina de huesos
El hecho de que te cojan el teléfono para preguntarte si quieres hablar en catalán, español o ingés y que después te pasen con un operador para en seguida decirte que están todos ocupados, que lo vuelvas a intentar en unos minutos me parece una aberración y un insulto. Que después de hora y media por fin te dé tono genera esperanzas que de pronto se van a la mierda...
Y lo peor es que escribo esto con una sola mano, porque en la otra tengo el teléfono... Y todo para que al final descubramos que se agotaron hace ya mucho, seguro...
...105 minutos comunicando... ¡qué odisea! Y vaya mierda lo de lo operadores. Humillante, la verdad es que se me están yendo las ganas de seguir llamando... ¡Joder!
...120 minutos comunicando... ¡qué mierda!
...140 minutos comunicando... ¡ME CAGO EN TODA LA PUTA CAIXA CATALUNYA, SU SERVICIO DE ENTRADAS Y EN TODO CRISTOOOOOOOOOOOOOOOO!

He conseguido que me salte el contestador ese para elegir idioma. Es un paso (he tenido que llamar al número internacional, el 933262946). Aún así me cago en tó. (llevo ya 135 minutos)

Las doce menos diez. Llevo tres horas. ¡Esto está calentito calentito!

¡¡¡¡YO DESDE AQUÍ TE MALDIGO, CAIXA CATALUNYA, Y TE CONDENO A TENER UN FIN TRÁGICO Y TERRIBLE!!!! (3h20min) Que tengo cosas que hacerrrrrrr

...gracias por mantenerse a la espera... (si ellos supieran....)

Ya está. Martes 15 julio en barnaciti. En primera fila (algo escoradico pero bueno) DIOOOOOOOOOOOOS!!! 3h40m no está mal.